Por: Rhithu Sarathy
Texto originalmente publicado en inglés en Hyperspekulation, el 26 de mayo del 2026. Traducido al español por Amapola Fuentes par CyD.
La filosofía materialista se enfrenta a una dicotomía persistente: humanismo o antihumanismo. Marx encarna esta escisión. El joven Marx teorizó la alienación y afirmó la centralidad de lo humano en sus tesis sobre Feuerbach,[1] en un gesto inequívocamente humanista. El Marx maduro, en cambio, analizó la mecánica impersonal del capital, cartografiando los flujos que subyacen a las relaciones de producción[2], en lo que parece constituir un alejamiento del humanismo. Sin embargo, a lo largo de toda su trayectoria intelectual, Marx permaneció comprometido con un mismo proyecto: la superación del capital mediante la acción de las masas. De este fundamento ambiguo surgieron dos tradiciones. El marxismo humanista conserva su fidelidad a la potencia transformadora de las masas, a la negatividad constitutiva de la agencia colectiva. El antihumanismo, por el contrario, invierte esta perspectiva y se dedica a examinar los modos en que las masas son producidas por relaciones estructurales, rechazando toda orientación emancipatoria. Una tradición se aferra al sujeto; la otra lo disuelve en el juego de fuerzas impersonales.