Una historización radical del sufrimiento.

Por: Alberto Cordero.

Sobre el autor: Reside actualmente en Madrid, donde cursa Estudios Culturales en la Universidad Carlos III. Ha participado en movimientos antipsiquiátricos y queer y en colectivos antipunitivistas que buscan construir alternativas a la policiación de la sociedad y el conflicto. Investiga los fundamentos de las sociedades de control y su entrelazamiento con las posturas reaccionarias, con el objetivo de fracturar sus lógicas y alumbrar las formas de vida que han clausurado. Ha publicado artículos en El Salto, en Zona de Estrategia y recientemente ha publicado Políticas del Castigo (2026) en la editorial Levanta Fuego.

Este texto pertenece al capítulo 2 de un próximo libro del autor, cuyo título provisional es “Teoría radical de la locura: el sufrimiento y la economía políticas del dolor en las sociedades de control”. Este saldrá con Enclave de Libros.

Nota introductoria: Aviso a navegantes, este capítulo no pretende ser una Historia de la psiquiatría o una Historia de la enfermedad. Por extensión, el formato no permitiría realizarlo, pero tampoco es deseable para lo que intento demostrar en este apartado, lo que sigue se pueden considerar Glosas marginales a la historia de la psiquiatría o la enfermedad; pues la intención última es mostrar el carácter histórico que poseen tanto la psiquiatría como la enfermedad, su contenido fugaz, caduco y transitivo.

En este sentido, lo que aquí se demuestra es cómo el capitalismo como relación social tiene una marcada influencia en el sufrimiento y en cómo este se experimenta. En consecuencia, las variaciones históricas del modo de producción capitalista tienen una fuerte influencia en él.

La existencia del sufrimiento es real, no obstante, no es natural. En este mismo sentido se busca refutar una interpretación tendente al progreso, aquel que sugiere que la actual relevancia de la psiquiatría tiene que ver con la profesionalización de la disciplina, el avance en los medios que la misma tiene disponibles o del desarrollo histórico que la ha nutrido como ciencia. Como veremos, esto es manifiestamente falso pues, como también diría Alberto Fernández Liria, habría que cuestionar primero si la psiquiatría tiene una historia como tal. Parafraseándole a él,  los motivos por los que la arquitectura construye pirámides y más tarde bloques de hormigón no obedece a una historia interna con respecto a la propia arquitectura, como veremos la psiquiatría opera de forma similar.

Aquello que la psiquiatría debe tratar, aquellos cambios que se producen en su núcleo o los peores recuerdos que la misma pueda albergar, no han sido el producto de la psiquiatría como ciencia, sino que responde a las necesidades del capitalismo a través de diferentes momentos históricos concretos.

Moralización, tratamiento moral y alienismo.

14 de Julio de 1789, una nueva clase se alza en una revolución, suenan arcabuces por la calle de París y la cárcel de la Bastilla es asaltada, la historia ha comenzado a acelerarse dando el pistoletazo de salida a la revolución francesa. La gran revolución burguesa, es más, la arquetípica revolución burguesa que anunciaba a bombo y platillo la venida al mundo de las bondades de la ilustración.

El 21 de enero de 1793, tras 4 años, la cabeza del Rey Luis XVI acabaría en la guillotina dando fin a su vida y al antiguo régimen. La muerte del Rey Sol marcaba el amanecer del nuevo reinado de la burguesía, una vez triunfante la revolución francesa se debería poner en práctica el programa de la ilustración. El mundo decía adiós a la oscuridad del feudalismo y saludaba a la luz de la razón.

En el mismo año Pinel fue nombrado médico del manicomio de Bicetre, dos años más tarde fue nombrado médico jefe del hospital de la Salpetriere. Estos hechos marcarían el inicio de la ciencia psiquiátrica, profundamente vinculada al albor del dominio de la burguesía.

Aun así, tal y como para la misma sociedad, esta es también una época de transición para la ciencia psiquiátrica. Gran parte de la actividad psiquiátrica se centró en definir a su sujeto político, la locura, y para ello recurre a una vieja conocida: la moral. Una categoría que hoy sería observada con recelo por las pretensiones científicas de la psiquiatría sirvió de base para que pudiera asentarse.

En este sentido, en el fondo arqueológico de la historia de la psiquiatría se encuentra una batalla por defender y (re)definir la moral. El alienismo supone una hibridación entre las antiguas visiones morales de la locura, donde se encontraban elementos como la religión, la magia o la naturaleza, y una nueva visión técnica en nacimiento que debía encontrar la forma de superar esos conocimientos, integrando lo útil y desestimando aquello que pudiera entorpecer su ascenso.

Michel Foucault define el alienismo con las palabras «dominio religioso sin religión, dominio de la moral pura, de la uniformización ética.»[1] La locura fue por primera vez vista como un fallo social, un excedente, un resultado no deseado. En ese escenario los manicomios debían representar el papel de espacios de (re)educación y (re)socialización. En una virtuosa comparación con la estructura familiar, Foucault señala que los médicos serán imbuidos de autoridad moral y deberán reconducir a los locos con la aplicación de sutiles técnicas de control, el médico es el adulto y el loco el niño, la relación es ante todo de educación.[2]

En cierto modo, era una batalla contra el sentido común heredado del antiguo régimen. La virtud de Pinel estuvo en introducir a la psiquiatría dentro de las instituciones de la reproducción social, el loco, como desviado,  ya no merecía castigo y violencia, sino cuidado y corrección. Es por ello que en esta época se empieza a definir el primer fundamento de la locura en el capitalismo, la locura como una contradicción insostenible contra la sociedad, fue la época donde la moral comienza a convertirse en moral del trabajo, en moral capitalista y la ideología que sostenía la situación de dominación subyacente a la relación capital-trabajo.

Por aquella época, los hospitales estaban ocupados en su mayoría por vagabundos y poblaciones ociosas, encerradas tras los muros en la época clásica. Personas desocupadas, inservibles que habitaban la calle con sus malas costumbres, degradando el ambiente y el clima social, a menudo maltratados por la sociedad.[3] En palabras de Ruth Benedict, cada cultura dibuja la locura en función de lo que desprecia.[4]

Sin embargo, ya por esta época la Ley de 1790 establece criterios claros que apuntan hacia la vinculación de la psiquiatría con la restitución de la fuerza de trabajo. En ella se dice que:

Desde la Revolución, la administración de los establecimientos públicos ni aun considera el encierro de los locos en un hospicio libre, a menos que sean nocivos y peligrosos en sociedad; no quedan allí más que durante el tiempo que están enfermos, y en cuanto se ha asegurado su perfecta curación, se les hace volver al seno de sus familias o de sus amigos. Existe la prueba, en la salida general de todos aquellos que habían recobrado el sentido, y aun de aquellos que habían sido encerrados de por vida por el Parlamento presente; la administración había considerado su deber no tener encerrados más que a los locos que no estuvieran en estado de gozar de la libertad.[5]

En la naciente sociedad burguesa, debería erizarse el pelo con la sola mención de la palabra libertad. Una palabra que rutinariamente adquiere un significado positivo pero que en manos del dominio de la burguesía significa todo menos emancipación. En este sentido atendamos a la definición que Marx da de los trabajadores libres: «El obrero libre, a diferencia del esclavo, no puede ser vendido junto con los medios de producción: él mismo se vende, y se vende por tiempo determinado. Pero, para poder venderse libremente, tiene que estar libre de todos los medios de producción y de subsistencia; es decir, libre en un doble sentido: libre como persona y libre de todo lo necesario para trabajar.»[6] Bajo la dictadura de la burguesía, para las clases subalternas, que eran las habitantes frecuentes del manicomio, la palabra libertad significaba únicamente la libertad de vender tu fuerza de trabajo al mejor postor, la libertad de no tener nada.

Coincidiendo con la conferencia sobre Locura y civilización dictada en Túnez por Foucault, los primeros encierros establecieron quien era encerrado a través de su habilidad para el trabajo.[7] De esta manera, la gran primera división pivotó entre las personas capacitadas y no capacitadas para el trabajo en la sociedad burguesa. Para Foucault el motivo es claro, la burguesía requería de una mano de obra parada, un ejército industrial de reserva, mano de obra disponible para la explotación. Por ello hubo que liberar a algunos de los habitantes del magmático manicomio, donde habitaban desde padres despilfarradores, prostitutas, alcahuetas, solteras, borrachos, libertinos o locos.[8]

Aun así, Foucault diagnóstica que en la primera gran salida del manicomio los locos no abandonarán la institución. Marcando una primera división entre los locos y los demás reclusos. Serán marcados como esos seres que se introducirán en el asilo para ser calmados, clasificados y estudiados, liberarlos en caso de que puedan adaptarse o encerrarlos indefinidamente si esa tarea es imposible. Es por ello que el loco se separa de todos los otros seres abyectos que habitaban el sanatorio, ellos siguieron siendo recluidos a condición de poder adaptarse a la disciplina de trabajo, mientras tanto servirán para realizar ensayos, estudios y prácticas con la intención de mejorar la capacidad de volverlos útiles de nuevo. Estableciendo una división subsiguiente entre los locos inútiles y aquellos que podían rescatarse de la locura.

La locura siguió siendo un gran reto, una población que era difícil de encajar. Eran escondidos hasta que eran habilitados para habitar el espacio público, un lugar que la burguesía había destinado a la producción y, más tarde, al consumo. Esta función de la asistencia social fue ampliamente criticada durante la segunda mitad del Siglo XVIII. Los reformadores burgueses observaron el peligro de crear instituciones que mantienen estancada una de las mayores riquezas de la nación, es decir, la población.[9]

Los sanatorios trataban de ocultar la pobreza pero en ningún caso podían eliminarla, esto hizo pensar a estos reformadores que la existencia de estos contenedores de miseria empobrecería a la sociedad. Pues en ellos se almacenaban recursos que no podían ser utilizados, a la par que el surgimiento de pobres y personas en estado de miseria seguiría existiendo. En consecuencia, las reformas se encaminaron a la reproducción de la fuerza de trabajo, es decir, a la restitución de la capacidad de trabajar.

Es necesario que la asistencia a los pobres tome un sentido nuevo. En la forma que aún reviste, el siglo XVIII reconoce que entra en complicidad con la miseria y contribuye a desarrollarla. La única asistencia que no sería contradictoria haría valer, en una población pobre, aquello por lo cual es rica en potencia: el puro y simple hecho de que es una población. Internarla sería un contrasentido. Por el contrario, se la debe dejar en plena libertad del espacio social; se reabsorberá sola, en la medida que formará una mano de obra barata: los puntos de sobrepoblación y de miseria, por el hecho mismo, se convertirán en los puntos en que más rápidamente se desarrollen comercio e industria. La única forma valiosa de asistencia es la libertad: «Todo hombre sano debe procurarse la subsistencia mediante su trabajo, porque si fuera alimentado sin trabajar, lo sería a expensas de los que trabajan. Lo que el Estado debe a cada uno de sus miembros es la supresión de los obstáculos.»[10]

En este sentido, no hay nada que el capital desprecie más que una población que no pueda ser moldeada como la riqueza que realmente es, mediante su explotación.

En este período proliferaron manuales que tratan de asentar un conocimiento sobre las patologías de las que la psiquiatría se haría cargo, comenzaban a dibujarse los diagramas del jardín de las especies nosológicas. Pinel escribe su propio tratado donde se identifican cuatro familias patológicas: la melancolía, la demencia, el mutismo y la manía. El espíritu positivista de la ilustración comienza su nacimiento.

En cambio, este periodo no solo será correspondido por una profusa producción científica, también se acompañará de importantes cambios culturales. Prueba de ello es el surgimiento de la novela moderna, mayormente centrada en el intimismo y la interioridad de los personajes, en palabras del propio Lukacs podemos decir que

El idealismo abstracto perdió toda relación con la vida, aun la más inadecuada; con el objeto de abandonar el plano de la subjetividad y someterse a prueba en la lucha, necesitó de la esfera esencial del drama. La interioridad y el mundo habían llegado a tal punto de desacuerdo que sólo era posible expresarlos como parte de una realidad dramática especialmente construida para tal fin. Michael Kohlhaas, de Kleist, una obra de gran envergadura, muestra hasta qué punto el tema del tiempo exigía que la psicología del héroe se volviera una patología puramente individual, de modo que la épica diera lugar a la novela.[11]

Esta variación cultural nos da pistas sobre un nuevo paradigma, centrado en esa conflictividad entre lo interior y el mundo objetivo que obliga el surgimiento de la patología individual.[12] Marca el inicio de una ideología sobre la enfermedad mental que continúa hasta nuestros días, se responsabilizará a los locos de su miseria, el manicomio alienista se encargará de sustituir las viejas cadenas y grilletes por la coerción de la culpa y la responsabilidad.[13]

En cierto sentido, la predominancia de la subjetividad en la cultura y el surgimiento de la subjetividad como interés, se acompañó de la sujeción. En términos de Michel Foucault, el yo moderno, ese yo que es reflejado en la psicología de los personajes novelescos, es una conciencia que se examina, se mide y se vigila, permitiendo al poder operar más allá de la coerción externa y expandiendo sus dominios a la coacción interna.

La psiquiatría trata de ensayar estas formas de sujeción en los individuos produciendo formas de subjetividad necesarias para el capital: obedientes, responsables, disciplinadas, etc. De esta forma, podemos asegurar que la subjetividad no sería posible sin la sujeción, pues la subjetividad es el objeto de la sujeción. El correlato cultural de la novela moderna es una pista en el surgimiento de nuevas formas de coacción típicamente burguesas, focalizadas en el interior del individuo y en la internalización de la represión y la moralización.

La pionera Gran Bretaña albergará York Retreat,[14] el primer intento de reformar las instituciones de reclusión psiquiátrica en esa dirección, cuya aparición ocurre en 1796. El propio fundador, Quaker William Take, lo diseñó como un entorno que debía servir para que el enfermo internalice límites y disciplina, arreglar los dientes torcidos en los engranajes de la producción. Es ilustrativa la descripción este funcionamiento institucional en el año 1847 del Hospital de Nuncio, en Toledo

La obediencia es la base de toda buena educación, teniendo en cuenta que son como niños caprichosos y obstinados a quienes importa acostumbrar a ser sumisos y dóciles. (…) Ocupación en trabajos físicos e intelectuales, pues la ociosidad es el pecado original de la locura. (…) Puntualidad rigurosa en el orden y la distribución del tiempo, con arreglo a las circunstancias que sean prescribidas por el director. (…) Los castigos y los premios han de ser prontos y eficaces, se debe mirar a los dementes con discreción, tratando de que las penas sean a la vez remedios para el enfermo: baños por sorpresa, ejercicio, trabajos corporales, sujeción con la lóriga y camisón de los locos, las correcciones que sean indispensables, todo ello a juicio del director.[15]

Leyendo este fragmento, a ratos, no sabes si te encuentras ante la descripción de un hospital o frente al sueño húmedo de los burgueses en cuanto a la disciplina fabril. Difusión de la cultura del trabajo, preparación del cuerpo, mantenimiento de la forma física, control de tiempo y las rutinas, todo ello valores bien considerados dentro del mercado laboral.

Un eco que todavía se puede escuchar, la palabra alemana spinner se divide en dos significados: hilandero y loco, es decir, esos seres humanos que solo podían ser rentables a través del trabajo forzoso en la rueca y el telar. La expresión ¡está loco! (Der Sprint) es idéntica a ¡Este cose![16]

En palabras del propio Enrique González Duro, el hospicio debía transformar la naturaleza de quienes estaban allí encerrados. Para ello debían establecerse métodos a través de los cuales transformar al asilado en un buen ciudadano laborioso, en sujetos normales. Una operación que se realizaba a través de la imposición de una disciplina, actividades fijas, horarios y el trabajo.[17] Había que sujetar al loco a un orden. La idea no solo era gobernar las almas, sino que el alienismo muestra prístinamente el trasfondo de la forma de sujeción psiquiátrica: el objetivo era producir almas útiles.

Desde este prisma, la primera época de revoluciones burguesas nos muestra una psiquiatría en Estado de transición, un momento donde el capital aún batallaba con algunos de los residuos del antiguo régimen, en el que la psiquiatría empieza a posicionarse buscando su lugar en el nuevo mundo; articulando una batalla por la moral encaminada a la moralización de los trabajadores en nueva moral donde el trabajo, es decir la cumplimentación del rol de los desheredados, era una virtud.

La psiquiatrización del género

En la misma época comienza también a dibujarse un imaginario de que es la locura, empieza a figurarse quien será susceptible de ser loco, quienes son esos seres abyectos de la sociedad. Todo ese imaginario se verá plasmado en obras científicas, ensayos filosóficos e incluso en representaciones artísticas.

En un principio, la locura no podía estar más alejada del género femenino. Sin embargo, la alienación se disociará de los valores de rabia y tristeza, el arquetipo del libertino será sustituido por el desamor, la violencia por la labilidad emocional. La gran primera obra que se aproxima a este cambio de paradigma en el ámbito cultural es The Man of Feeling de Henry Mackenzie. Coincidiendo con la autora Julia Montilla, este proceso marca una feminización en la representación y la definición de la locura.[18]

El psiquiatra Enrique Gonzalez Duro habla del carácter moral de las enfermedades mentales, un tipo de patologías que se ocasionan por sentir demasiado, por una solidaridad excesiva o una forma demasiado apasionada de habita el mundo.[19] La locura era provocada por una irritación: la cual se podía deber a la vida sedentaria en las ciudades, el celo por la ciencia, la pasión desenfrenada por el sexo o incluso el consumo de un vasto número de novelas sentimentales o espectáculos teatrales. De esta forma: «las mujeres, que tenían la fibra frágil, que se dejaban llevar por la ociosidad y por los vivos movimientos de su imaginación, sufrían más a menudo de estos males nerviosos que el hombre, más robusto, más seco y más encallecido por el trabajo.»[20]

Sin embargo, también los hombres de letras podían enloquecer por el abuso del conocimiento, que endurecía el cerebro y alteraba la relación del hombre con el mundo a través de los conocimientos abstractos. La agitación del espíritu, la especulación, la vida en el gabinete o la obsesión por el estudio podían llevar a la pérdida de contacto con la naturaleza, siguiendo de alguna manera al ilustrado Rousseau, quien aseguraba que la civilización podía ser una fuente de sufrimiento.[21] En medio de una época que empezaba a proyectar las ilusiones burguesas de dominio de la humanidad sobre la naturaleza, en ambos casos se entendía que la locura era el castigo justo por haber preferido el mundo a la naturaleza.[22]

Esto implica que este momento está marcado también por el establecimiento del sujeto de la psiquiatría, se comenzaban a provocar divisiones. Es el momento histórico donde nuestra institución jugará un papel clave en el entendimiento del género, dirimiendo cómo los sujetos generizados habrán de relacionarse con la locura. Una división que se materializó en la propia escisión por género que se producía en los manicomios, destinando pabellones a hombres y mujeres por separado.

No obstante, coincidiendo con las observaciones de Julia Montilla, señalamos como en el Siglo XIX se producirá un desplazamiento que situará a las mujeres como los sujetos más tendentes a la locura, las principales víctimas de la alienación.[23] Todo ello debido al cambio de paradigma en el entendimiento moral de la enfermedad mental. Un hecho que será demostrado empíricamente, pues hacia 1850 las estadísticas sobre internos en asilos comienzan a confirmar que el número de mujeres supera al de hombres. Recibiendo estas una atención privilegiada en la representación de la locura.

Es el tiempo en el que la psiquiatría muestra su cara represiva más crudamente, muchas mujeres revolucionarias serán castigadas. Condiciones como la monomanía de la envidia se considerarán males o vicios provocados por la nueva ética burguesa. Muchas mujeres serán castigadas por esta degeneración del espíritu burgués, las vindicaciones con las que querían liberarse las convertirán en alienadas.[24] Vistas a través del microscopio de la envidia, entendida como una perversión nacida de la soberbia, y más tarde el delirio de grandeza o de persecución.

En esta época el rey estaba desnudo, no será hasta pasado el tiempo que comience a fabricarse los ropajes que la embellecen. En este fondo histórico de la institución psiquiátrica vemos prístinamente su carácter disciplinador, su función en la represión política y la gestión de los desechos. En este momento las mujeres revolucionarias encerradas en psiquiátricos eran excedencias del ascenso burgués, de las esperanzas revolucionarias. Eran seres que habían caído en la bestialidad o se habían deshumanizado por un exceso de celo.  Todas esas mujeres no habían sabido moderar sus pretensiones para con la revolución burguesa, lo que les había llevado a caer en desgracia. Mary Wollstonecraft o Théroigne de Méricourt se convirtieron en los prototipos de estas mujeres revolucionarias alienadas por sus ideas de emancipación. Sus figuras fueron la muestra paradigmática de la patologización hacia los intentos de emancipación femenina.[25]

Siguiendo este hilo nos topamos con Silvia Federicci, quien en Calibán y la Bruja[26] nos habla de la necesidad de una vasta operación de disciplinamiento a los cuerpos feminizados y proletarios para la instauración del capitalismo. En esa ardua tarea se necesitó la transformación de la represión religiosa en represión moral, un ámbito en el que, como podemos adivinar, la psiquiatría jugó un loable papel aunque escasamente reconocido. Allí donde la religión observaba el terror mítico de las brujas, el alienismo verá con ojos caritativos la subjetividad patológica y diagnosticará estados de enajenación. La psiquiatría será una de esas instituciones que coja el testigo de este largo proceso de desposesión, represión y disciplinamiento.

Institución psiquiátrica y familismo.

El advenimiento del capitalismo y el triunfo de las ideas liberales supuso una escisión crucial, escasamente tomada en cuenta, la división entre público/privado e interior/exterior. Asistimos a la creación del terreno de la intimidad. Este terreno corresponderá en buena medida a la familia, reproducción física y emocional de los trabajadores. Más allá del territorio íntimo del psiquismo, la célula familiar jugará un papel crucial en la institucionalización de la locura y el carácter que ésta tomará en la sociedad capitalista.

El marxismo y la teoría queer se han interesado en diversas ocasiones en el entrelazamiento de la estructura familiar con la opresión de género. Según el propio Friedrich Engels: «en la familia el hombre es el burgués y la mujer el proletario.»[27] Esta formulación marca el tono de la discusión, donde la familia es el espacio de explotación de los cuerpos feminizados. En este mismo sentido, podemos ahondar con esta cita de Diego Parejo:

Engels, como sostiene Blackledge: «argumentó que los cambios en la estructura familiar estaban determinados por los cambios en la naturaleza de la producción.» Y estos cambios en la estructura familiar tienen que ver con los cambios en las relaciones de parentesco, la disolución de la vida comunal y su sustitución por la maquinaria del Estado que condenó a la mujer a ser la sirviente del hombre dentro de la casa familiar, produciendo una forma de familia que fuera la célula de producción y reproducción.[28]

En este sentido, la familia constituye la institución primordial en la opresión de género organizada por el capitalismo.

El autor francés Michel Foucault, en la misma conferencia realizada en Túnez, nos habla de la importancia que tuvo la familia en la relación que nuestra sociedad establecía con la locura. Como él mismo diría, el loco era un habitante de la sociedad con un estatuto familiar peculiar y único.[29]

En el Siglo XVIII era la familia quien designaba al loco, para acto seguido acudir a una autoridad, ya sea el jefe de policía o que enviará una petición al rey, para que los miembros enajenados fueran encerrados en un centro de internamiento. En un principio, la marca de la locura estaba manufacturada por la familia, utilizada para excluir a algunos individuos de la constelación familiar. Es más, según Michel Foucault, «Se admite que una vida familiar normal y bien institucionalizada es, en general, incompatible con la locura; y además, la locura es la vergüenza de la familia, es lo que se esconde.»[30]

De la misma forma, la anteriormente mencionada Julia Montilla nos relata que, tras los inicios del tratamiento moral en el siglo XVIII, los estudios sobre la subjetividad de las mujeres comenzaron a ajustarse con base en los ideales burgueses de domesticidad familiar.[31] El cuadro del ángel del hogar tuvo pinceladas trazadas por la institución psiquiátrica.

En cierta medida, poner a dialogar las apreciaciones de Foucault con las de Montilla nos muestra el papel especial que la psiquiatría cumple en la opresión de género. Si la mayoría de locos eran encerrados por la familia y la mujer está vinculada irremediablemente con dicha institución en la sociedad capitalista, convirtiéndose en su lugar de explotación y, por tanto, responsable del núcleo familiar, podemos deducir que el familismo (burgués) jugó un importante papel en el crecimiento de la población femenina en manicomios que mencionamos antes.

Una situación a la cual la psiquiatría no es ajena, sino que contribuyó a dibujar como aparato ideológico del capitalismo. Además, constituyendo el inicio de una genealogía que no cesará de reproducirse a lo largo de la historia. Pues la psiquiatría actuará para el control y el sustento de los núcleos familiares.

Para ello podemos observar ejemplos más recientes que forman parte del sedimento histórico de los lazos entre familia y psiquiatría. En este sentido, el trastorno de apego, el síndrome de alienación parental y los diagnósticos patológicos realizados por la asistencia social son las lentes desde las que trataremos de observar esta función histórica de la psiquiatría.

Todos estos ejemplos constituyen muestras más recientes de este vínculo, quien pudiera pensar que el carácter opresivo de la psiquiatría quedó en el pasado no podría estar más equivocado. Por ejemplo, las teorías del apego fueron generadas por John Bowlby y popularizadas entre 1950 y 1980, apoyándose en resonancias magnéticas y escáneres cerebrales de dudosa procedencia.[32]

El autor de La psicología como ideología, Ian Parker, nos muestra que la fecha de extensión de estas teorías en el psicoanálisis y la psicología académica no es para nada casual.

Los planteamientos de John Bowlby acerca del apego pasaron a popularizarse en Gran Bretaña después de la Segunda Guerra Mundial. Una vez transcurrido el conflicto, a las mujeres que habían trabajado en las fábricas mientras los hombres estaban en el frente se las animó a regresar con sus familias con el pretexto de que tenían que estar con sus hijos, quienes habían sido evacuados de las ciudades o trasladados a guarderías durante la guerra, lo que resultó ser una estratagema ideológica muy eficaz para persuadirlas a regresar al hogar.[33]

De esta forma, la psicología realizó una tarea de inestimable valor en el terreno ideológico del capitalismo. Su estudio sirvió para apuntalar la reificación de la institución familiar, darle una base científica y naturalizarla como forma de restaurar el orden doméstico tras la agitación provocada por la Segunda Guerra Mundial.

No obstante, la Teoría del apego de Sir Bowlby tiene un origen mucho más crudo. En el año 1951, en el contexto de su trabajo dentro de la OMS (Organización Mundial de la Salud), Bowlby elaborará su teoría sobre la necesidad maternal a través de su informe Cuidado Maternal y Salud Mental. En él, el psicoanalista desarrolla una tesis que sostiene que la separación del niño de la madre en los primeros seis meses de vida puede tener graves consecuencias. Así, el niño, a través de un mecanismo que Bowlby llama monotropía, desarrolla un apego especial hacia la madre.

De esta forma, los fundamentos iniciales de la teoría del apego expresaban sus intenciones de una forma mucho más directa: la madre debía estar en el hogar y encargarse de sus hijos, pues solo de esta forma se podrían obtener trabajadores sanos en el futuro.

Aquí no solo radica una adhesión a la defensa de la familia monógama, sino que también supone la confirmación de las relaciones heterosexuales como la única forma natural y, en cierto modo, legítima. Un dato aún más grave en relación con una disciplina que ha reprimido a través de la patologización a los cuerpos no-cisheterosexuales: «La sociedad patriarcal y la biología heterosexual, una imagen de la biología que confirma la heterosexualidad como fenómeno natural, sitúan a la familia en el lugar donde los psicólogos consideran que tiene que haber relaciones sexuales, aunque sea un tipo específico de las mismas. De esta manera, la psicología refuerza la «heterosexualidad normativa» y a las personas que deseen salir de esta pequeña prisión las considera patológicas.»[34] A día de hoy, estas distorsiones ideológicas producidas por las teorías de Bowlby se palpan en los discursos reaccionarios e incluso proliferan en redes como contenido habitual.

De esta forma y, de nuevo, con Ian Parker podemos decir que

En la sociedad capitalista occidental los psicólogos consideran la familia nuclear patriarcal como una unidad social normal en la cual se conciben nuevos trabajadores sanos. A su vez, pasa a ser más evidente, incluso para los psicólogos en los países superdesarrollados, que la familia nuclear no es el único lugar para la crianza infantil. El incremento de la tasa de divorcios, la incidencia de las familias monoparentales y el flujo de personas que provienen de otras partes del mundo y se instalan en el corazón del imperio restan paulatinamente relevancia a la familia.

No obstante, la familia nuclear mantiene su poderío ideológico, y en la investigación psicológica continúa siendo el patrón «normal» con el que comparar y contrastar «otras» formas de familia. Los psicólogos detestan que se les aparte de cualquier esfera de la vida, por ello ha habido un creciente interés en otras formas de familia por parte de la disciplina. No obstante, debería tenerse en cuenta que las «familias extensas» o unidades familiares en donde lesbianas o gays crían a menores todavía son consideradas como «prolongaciones» o mutaciones de una estructura familiar asumida. La familia nuclear funciona todavía como un modelo ideal con el que también simpatiza, por ejemplo, un influyente fundamentalismo religioso en auge. Por todo ello es importante perseverar en el cuestionamiento de los que defienden que «otros» tipos de familias deben ser valorados a partir de un tipo ideal estandarizado.[35]

Precisamente por esos cambios en la familia, la institución psiquiátrica generaría nuevas herramientas en correspondencia. En esta dirección encontramos el síndrome de alienación parental, descrito por Richard Gardner en 1985, que coincidió con el establecimiento de la Ley de Custodia Compartida en Estados Unidos y su aplicación en los divorcios.[36]

El síndrome de alienación parental es un término que describe una situación alterada en la que un hijo rechaza a un progenitor sin ninguna causa, simplemente por la manipulación del otro progenitor. Este síndrome está atravesado por la estructura legislativa de nuestra sociedad y asentado sobre una determinada forma de observar el género.

En este sentido debemos prestar atención a la contracara del ángel del hogar, su parte negativa, y es ahí donde encontramos a Sandra Gilbert y a Susan Gubar que dicen: «El ángel y el monstruo, ambas proyecciones de la ansiedad masculina, sirven para confinar a las mujeres dentro de la casa: ya sea como la hija perfecta o la enloquecida encerrada.»[37]

La mujer perfecta se encuentra en constante tensión con la mala mujer. Si la mujer perfecta es aquella que mantiene el hogar unido, a su marido feliz y a sus hijos sanos, la mala mujer será más susceptible de identificar en el divorcio, con la ruptura del hogar, el sufrimiento de los hijos y la tristeza de su (ex)esposo. Este síndrome ha sobrevivido hasta nuestros días, en el Estado español sigue siendo utilizado por algunos profesionales desde la Ley de Custodia Compartida de 2005, a pesar de que diversos investigadores han hablado de las falacias y las debilidades metodológicas de Gardner en la descripción del síndrome. Además, la sustracción de los hijos a la madre supone una gran herramienta de disciplinamiento, en cierta medida simboliza su fracaso y le otorga un estatus denigrante y abyecto, habiendo fracasado en la tarea que se le encomendó.

De hecho, esto último nos lleva de lleno a la asistencia social o, como la llamaría Jacques Donzelot, La policía de las familias, una rama que no es explícitamente sanitaria pero que nutre gran parte de sus herramientas de la psiquiatría y la psicología, siendo estas sus ciencias de referencia.

Esta táctica de disciplinamiento es un clásico, el trabajo social lleva años reproduciéndola. La patologización de las madres ha sido un viejo conocido en la producción del género, y en el castigo a las mujeres que se saltan sus mandatos. Hay toda una terminología destinada a ello dentro de la propia asistencia social. En este consecuencia, podemos citar a Guillermo Rendueles:

Desde la mala madre opulenta que recurre a la lactancia mercenaria para seguir con su vida disipada tras el parto a la madre de clase baja que maltrata o abandona a su prole, tanto la ilustrada ‘literatura psicosocial’ como los folletines populares, no han dejado de insistir en la necesidad social de tutela y vigilancia de las funciones de crianza. Vigilancia estatal necesaria para preservar el ‘capital poblacional’, ante la frecuencia del maltrato de niños. Así, a principios de siglo, éstos empiezan a ser caracterizados como sujetos frágiles; se insiste en la necesidad de proteger al infante del daño precoz que «quizá trastorne su carácter para siempre». En ese sentido, las etiquetas contemporáneas de ‘madre ansiógena’, ‘esquizofrenógena’, ‘frigorífico’ o ‘sobreprotectora’ no son sino la continuación de aquella vieja persecución del alma femenina para que se adapte a ese nuevo trabajo de puertas para dentro, a su papel de psicóloga doméstica que proporciona capital relacional y psicológico a su prole.[38]

Tanto la defensa de los hijos, como el bienestar de la familia pueden traducirse en patologías que conforman castigos directos especialmente seleccionados para los cuerpos feminizados. Es más, en un gran número de ocasiones el diagnóstico de algunas de estas etiquetas supone «la entrada de la familia, básicamente la madre, en un circuito de vigilancia y evaluación de sus capacidades para continuar con su labor.»[39]

Esto es el resultado de la evolución de las funciones históricas que ha adquirido la psiquiatría, en palabras de Guillermo Rendueles: «El final del siglo XIX marca un tiempo en que los alienistas españoles salen del manicomio para invadir todos los espacios sociales donde higienizar la vida: sacar de las tabernas a los trabajadores, convertir en ‘puericultoras silvestres’ a las madres, sancionar la familia nuclear frente al desorden del concubinato, combatir el absentismo o la pereza laboral clasificándolos de neurastenia son algunas de las hercúleas tareas que este gremio se propone.»[40] Es decir, la deriva de una institución que irá encontrando progresivamente su destino más allá de los grandes centros de encierro, observando su utilidad para el dominio más allá del de los reclusos.

 Patologización, disciplina y control del deseo

Sin embargo, la opresión producida por la estructura familiar tiene un reverso, la opresión sexual. Sobradamente probado por los estudios queer, la institución familiar y su dominio tienen efectos sobre el terreno del deseo, siguiendo el texto de Explicación materialista del origen de la represión sexual de Amanda Klein:

Cuando normatizan respecto de que la sexualidad correcta no es la que se produce entre el hombre y la mujer, sino que  se produce entre hombre y mujer pero dentro del matrimonio y con el fin de procrear. Aquí es donde aparece la verdadera función social de la sexualidad. (…)

Si el matrimonio tiene por justificación última la perpetuación de la propiedad privada, la sexualidad, tal como está concebida, es otro instrumento que sirve para dicha transmisión.

Así pues, propiedad privada, matrimonio y sexualidad monógama heterosexual, son tres formas de manifestarse de un mismo fenómeno: la explotación del hombre por otro ser humano.[41]

Comprender esto debería ser un paso previo al estudio del archiconocido fetiche de la histeria, un tópico recurrente en las conversaciones sobre la psiquiatría y el género. Pues precisamente la fuerza de la histeria está en reunir todos estos elementos dentro de una mónada, transcrita en un diagnóstico. Para ello, solo hace falta recurrir a la explicación sobre la misma que nos brinda Thomas Zsazs en El mito de la enfermedad mental: «La histeria constituye una técnica de conducta a la que recurren los pacientes, en especial las mujeres, cuando no pueden alcanzar por otro medio sus objetos amorosos. Cuando fracasan las comunicaciones verbales, como las súplicas o las explicaciones, se ensaya con la histeria, en la esperanza de que pueda dar buenos resultados.»[42]

Según García Dauder y Pérez Sedeño, esto hacía que «la mujer histérica estaba a un paso de la mujer ideal romántica: un ser que debía ser frágil, dependiente, pasivo, sin deseo sexual, públicamente inválido, doméstico y ocioso.»[43] En consecuencia, lo único que frustraba su camino hacia la mujer ideal, hacia ser ese ángel, era precisamente la incapacidad de realizarlo, la frustración de la posibilidad de encontrar un marido con el que vivir su deseo. Lo que terminaba por atar no solo el deseo de las mujeres, sino también su condición patológica a la figura masculina.

En este sentido, en 1876, el ginecólogo Ángel Pulido escribe: «No hay goce sano que no sea reproductivo. Los deseos culpables y dañinos los de las infértiles, las nodrizas, las prostitutas, las lectoras, las tísicas y las histéricas.»[44] Sin embargo, como es evidente, no todas las mujeres sin marido vivían una vida ausente de erotismo o placer; Esto llevó a crear un nuevo diagnóstico, una nueva categoría de abyección llamada ninfomanía, consistente en patologizar la líbido femenina.[45] Un proceso retratado en la escena de la serie de televisión El Alienista, cuando la madre de una adolescente le dice, sollozando, al doctor protagonista «Se toca todas las noches.»

Sin embargo, la histeria no estará siempre vinculada a este tipo de frustraciones, sufrirá cambios históricos que dibujan nuevas tendencias, también en un escenario convulso, movilizado políticamente y en el que se producían constantes luchas por los derechos de las mujeres. Por ello, para ver los cambios que fue tomando la representación o el imaginario de la época sobre la historia podemos citar a Julia Montilla, quien dice que:

Este cambio de apreciación refleja la ambigüedad que se teje a finales de siglo entre histeria y estética. En torno al cuerpo de la mujer se produce una teatralización producto de la mirada que los hombres le dirigen, una mirada que, literalmente, las atormenta. La opresión de su estatus social (dependencia conyugal y sometimiento sexual) se reproduce en el asilo. Su búsqueda de emancipación las lleva a manifestar, a riesgo de su salud, el síntoma en el cuerpo. La segunda personalidad que se exhibe en la interpretación histérica bajo hipnosis hará tambalearse el concepto de un yo estable, anunciando la llegada del psicoanálisis y modificando las clasificaciones psiquiátricas. En los mecanismos que operarán en los asilos se perciben indicios de clase y de género.[46]

El trastorno histérico no ha desaparecido, sus síntomas han sido reagrupados en distintas categorías nosológicas. Trastornos que están vinculados con las mujeres y difunden las ideas de la mujer fingidora, mentirosa, manipuladora, frígida, etc. Entre ellos está el trastorno límite, casi enteramente diagnosticado a mujeres, al que se asocian explícitamente tácticas de manipulación e inestabilidad emocional, provocado por un miedo intenso al abandono. Tenemos también el caso del trastorno histriónico, fundamentado por un comportamiento seductor o provocador, una expresión emocional exagerada y una preocupación por la apariencia física.[47]

Aunque haya sido escasamente tomado en cuenta, debajo de nuestro Ángel del hogar contemporáneo sigue palpitando un monstruo, uno que nos sigue advirtiendo contra los excesos de lo femenino o las clasifica como una posible amenaza. Las ansiedades masculinas que fundaban la represión a los cuerpos feminizados se han adaptado y diversificado, pero en ningún momento han desaparecido de los consultorios psiquiátricos.

La psiquiatría como forma de dominación colonial

Sin embargo, otros monstruos han sido un clásico en las sociedades occidentales, esos seres abyectos que se encuentran al sur, en los países colonizados o en los barrios de nuestras ciudades que no son colonias, pero que actuamos como si lo fueran. Si las ansiedades masculinas han sido históricamente relevantes, hoy el gran protagonista es el terror blanco contra las poblaciones racializadas. La parálisis frenética, la angustia abisal y la sensación de catástrofe acompañan día a día a la identidad blanca contemporánea.

La psiquiatría ha penetrado la opresión racial, ante todo en las sociedades occidentales, adquiriendo una importancia mayor en un período clave, la colonización. El dominio de los países colonizados fue un factor importante para las sociedades occidentales a nivel estructural, por ello la psiquiatría hubo de aportar su granito de arena a la ideología del poder colonial, ajustando y otorgando material para someter a los pueblos colonizados. En este sentido «es sin duda posible descubrir una estructura propia de la cultura occidental moderna en su historiografía: la inteligibilidad se establece a través de una relación con el otro; avanza (o «progresa») cambiando lo que hace de su «otro» —el indio, el pasado, el pueblo, el loco, el niño, el Tercer Mundo. A través de estas variantes, que son todas heterónimas —etnología, historia, psiquiatría, pedagogía—, se despliega una forma problemática que basa su dominio de la expresión en lo que el otro guarda callado y que garantiza el trabajo interpretativo de una ciencia (una ciencia «humana») a través de la frontera que la separa de un área en espera de ese trabajo para ser conocida.»[48]

Son numerosos los ejemplos en los que un halo de ciencia ha embellecido proclamas racistas o la explotación esclavista. La constitución de una falsa historia sobre la patología negra constituye una de las bases del dominio racial en el capitalismo, la supremacía blanca ha sabido crear toda una cultura en torno a esta supuesta inferioridad. En ese relato cultural «el comportamiento diferente (negro) se convierte en comportamiento desviado (negro) y, como todo el mundo sabe, el comportamiento «desviado» es patológico, peor que inferior: ¡ilegítimo! Como tal, el comportamiento «desviado» debe ser «normalizado» (lo blanco tiene razón) y sus «causas» erradicadas.»[49]

Este interés xenófobo en la patologización ha trascendido hasta nuestros días, lo que nos debería hacer sospechar de su influencia en las derivas raciales de nuestro capitalismo contemporáneo. Hemos prestado gran parte de nuestra atención al encierro carcelario de la población racializada. No obstante, en 2007, en Gran Bretaña, de las 32.000 personas ingresadas en hospitales, la proporción de las personas negras africanas y negras caribeñas era tres y cuatro veces superior a la del resto.[50] En cierta medida, y con los datos correspondientes a 2007, podríamos hablar de la psiquiatría como un gran centro de reclusión racial, prácticamente a nivel de las prisiones.

Sin embargo, el interés suscitado en este sentido por el psiquiátrico ha sido nulo, ha habido un gran silencio en torno a la psiquiatrización privilegiada de las personas negras. En gran medida una diferencia producida por la visión terapéutica y científica de la que goza la psiquiatría, en contraste con la descarnada apariencia represiva del sistema penitenciario.

Aun así, la influencia psiquiátrica no solo ha sido institucional, no solo se ha basado en el confinamiento intramuros de la población racializada. También es la patologización sobrerrepresentada de la población negra en algunos trastornos. En el mismo estudio realizado en 2007 ya se afirmaba: «durante los últimos 30 años ha habido 20 estudios demostrando que la población de origen africano y caribeño ha visto aumentar el peligro de tener que ser tratada por enfermedades mentales graves tales como la esquizofrenia o las manías. El nivel alcanzado por la tasa es de proporciones epidémicas, entre cinco y diez veces superior a la de los blancos. Y en cualquier caso está empeorando.»[51] También en 2025 en EEUU las personas negras y latinas tienen son diagnosticados 4 veces más de trastornos como la esquizofrenia.[52]

Esta dimensión de la población patológica racializada nos debería llamar la atención, más aún atendiendo a lo ya advertido por el Centro Contemporáneo de Estudios Culturales: «las imágenes de las familias negras y de la juventud negra son el resultado de una especie de doble naturalización. Las personas negras son patologizadas una vez, a través de su asociación con las «culturas de la privación» de los decadentes «centros urbanos», y otra vez como portadoras de culturas específicamente negras.»[53]

Esta dinámica tiene raíces históricas en lo más profundo del capitalismo racial, estas formas de patologización, que encontramos ahora en los barrios subalternos de nuestras metrópolis, habían sido ensayados en el pasado en las colonias. Por ejemplo, el psiquiatra argelino Frantz Fanon señala que «en diversos trabajos científicos llamamos la atención de los psiquiatras franceses e internacionales, desde 1954, sobre la dificultad de «curar» correctamente al colonizado, es decir, de hacerlo totalmente homogéneo en un medio social de tipo colonial.»[54]

Hoy han vuelto como un boomerang colonial, fundamentando una ciencia encargada de establecer separaciones pretendidamente empíricas entre los diferentes estratos de la clase trabajadora. Sin embargo, los esfuerzos del capitalismo por convencernos de las diferencias esenciales que nos separan de los otros racializados es un clásico. La genealogía de la acumulación de capital está repleta de ello. El ejemplo más sonado son los numerosos estudios dedicados a las diferencias cerebrales de la población europea con la africana, este es el caso de los estudios psiquiatras argelinos que aseguraban que la población africana usaba muy poco sus lóbulos frontales. Llegando a asegurar que tenían su corteza cerebral subdesarrollada. [55]

La supremacía blanca se ha visto nutrida por estos estudios, es más, han trascendido desde hace mucho las meras consideraciones biológicas, estableciendo que existen culturas superiores. Además, en la Vieja Europa, heredera de la ilustración, la ausencia del músculo de la razón (o una situación atrofiada del mismo), el cerebro, es la excusa perfecta para sostener las condiciones de dura explotación a las que se somete a la población racializada.

Es más, hay discursos racistas pertenecientes a la extrema derecha que, excluyendo la palabrería científica, son prácticamente calcados de los realizados en estas épocas por la psiquiatría colonial. Veamos, por ejemplo, el caso del psiquiatra Antoine Porot, líder de la Escuela Psiquiátrica de Argel. Según sus estudios: «el musulmán norteafricano es fanfarrón, mentiroso, ladrón y perezoso definido como un imbécil histérico propenso a impulsos homicidas imprevisibles.»[56] El mismo Porot describió la Paleofrenia,[57] una condición que pretendía mostrar la tendencia ancestral de los nativos marroquíes a la criminalidad. La paleofrenia podría ser enarbolada por partidos como Vox, o líderes populistas como Alvise, para defender el cierre de fronteras con Marruecos o el castigo a la población negra. En cambio, esta categoría fue elaborada con la justificación de un mero interés científico.

La realidad es que no, en el fondo el capitalismo vino al mundo manchado de sangre y sigue necesitando derramarla para mantenerse. Aun así, la guerra siempre necesitará a la ciencia de la guerra, controlar los discursos, los consensos y la diplomacia. Las derivas racistas de la psiquiatría forma parte de un hilo que puede ser seguido hasta nuestros días, un hilo que une la lucha contra las poblaciones colonizadas por su explotación y la guerra contra las clases peligrosas de la actualidad.

Los rastros de esta supremacía blanca son observados en la psiquiatría y en su familiar cercano, la criminología. En este último campo, destaca el psiquiatra Cesare Lombroso, creador de la escuela de la psiquiatría biológica. El italiano se encargaba de señalar la existencia de «razas inferiores carentes de ley»[58] que podían ser consideradas esencialmente criminales. Así, también la antropología criminal suministró un poderoso argumento en favor del racismo y el imperialismo en el momento culminante de la expansión colonial europea. Lombroso, dando cuenta de la reducción de la sensibilidad al dolor entre los criminales, escribió:

Su insensibilidad física recuerda mucho la de los pueblos salvajes capaces de soportar, en los ritos de la pubertad, torturas que un hombre blanco jamás sería capaz de tolerar. Todos los viajeros conocen la indiferencia de los negros y los salvajes americanos al dolor: los primeros se cortan las manos y se ríen para poder huir del trabajo; los segundos, atados al poste del tormento, cantan alegremente las alabanzas de su tribu mientras son quemados a fuego lento. (No puede derrotarse a priori a un racista. Piensen en la cantidad de héroes occidentales que murieron valientemente en medio de dolores insoportables: Santa Juana quemada, San Sebastián atravesado por flechas, otros mártires descuartizados. Pero cuando un indio se niega a gritar y suplicar misericordia, tan sólo puede significar que no siente el dolor.)[59]

Si los supremacistas blancos se ven legitimados en su ideología racista es, en gran medida, porque el capital se ha visto necesitado de desarrollar una base de legitimidad para ese racismo, revistiéndolo, además, de consenso científico y conocimiento aséptico. Incluso en algunas ocasiones las personas racializadas han sido responsabilizadas de esa supuesta inferioridad, diseccionadas en divanes para sostener su propia opresión. Es el caso de Mannoni quien, según Frantz Fanon, ha fundamentado que el complejo de inferioridad es un rasgo de las poblaciones colonizadas anterior al proceso de colonización, asumiendo que el la inferiorización de los negros es una característica atávica de los mismos, y no producto del imperialismo.[60]

Fascistización psiquiátrica

Consecuentemente, he de hacer unas breves notas sobre el subproducto más reconocible de la época colonial: el fascismo. Diversos autores y corrientes han destacado el fascismo como un modo de gobierno que importa las técnicas de dominación colonial a las metrópolis. También no son pocos los autores que han considerado la época fascista una excepción histórica, dando el beneplácito a la democratización de las instituciones que colaboraron en él para olvidar su pasado; es el caso de la policía, del ejército, de la judicatura y, como veremos, por supuesto de la psiquiatría.

Ya dedicamos anteriormente algunas palabras a la psiquiatría de Vallejo Nájera, aun así, un dato poco conocido del mismo es su servicio durante la campaña militar en Marruecos, participando en la ocupación de Larache, llegando a ostentar el puesto de teniente médico y recibir méritos por su servicio; lo que comienza a situar a Vallejo Nájera más cerca de figuras como Poirot o Mannoni dentro de la constelación de la psiquiatría.[61] Como él, varios de los participantes en el golpe de 1936 fueron viejos participantes en los procesos de colonización.

El propio Vallejo Nájera llegó a asegurar en su campaña en Marruecos que «la simulación de enfermedades es muy poco habitual entre las tropas nacionales ya que esta solo se podía dar entre aquellos que defienden una causa bárbara y antiespañola.»[62] Un diagnóstico que compartí con su compañero, también psiquiatra, que declaraba que «las reacciones neuróticas en el bando nacional solo se daban en las tropas marroquíes que habitualmente presentaban episodios de histeria.»[63]Como en tantas otras ocasiones, la racialización se asemeja con la patología, esta última fue utilizada para designar el mal que se encontraba en los cuerpos racializados. La psiquiatría fue usada para crear líneas divisorias que manifestaran diferencias entre los colonizados y los colonos, otorgando material científico para sostener los sangrientos procesos de colonización. El propioLópez Ibor, el segundo gran nombre de la psiquiatría franquista, recomendaba para estos casos «el tratamiento con electrochoques para volver a los pacientes obedientes y buenos soldados.»[64]Una técnica en la que Ibor no estaba solo, pues el español se inspiraba en el modelo alemán[65] donde los electrochoques habían adquirido gran importancia.

La Alemania Nazi es el gran fetiche de quienes quieren salvar a las instituciones arguyendo una depuración de la ideología fascista presente en las mismas. La brutalidad que representó para gran parte de los europeos el régimen nazi lo ha convertido en un acontecimiento histórico singular, una noción que no podemos más que rechazar de pleno, pues, como decía Theodor Adorno: «el nazismo es el producto hiperbolizado de la razón instrumental.»[66] Con lo que un análisis Marxista consecuente debe centrarse en no aislar el nazismo del desarrollo histórico del capitalismo, sino insistir en las continuidades del nazismo con su pasado y del presente con el Tercer Reich.

Es fácil dar cuenta de ello, si atendemos a la gran separación entre los cuerpos empleables en el trabajo y los que no, el nazismo no toca un ápice de esta diferenciación biopolítica ya practicada por el capital. De esta forma, la psiquiatría comenzó a distinguir en los textos del Reich entre los sujetos económicamente valiosos para la nación y los individuos inútiles.[67] En los últimos son incluidos sujetos con predisposiciones aberrantes y psicóticos crónicos incurables, llegando a considerar que, por ejemplo, un esquizofrénico entraría en la última etiqueta una vez pasados los cinco años.[68] El régimen extendió una autorización nominal a ciertos médicos para que «si en el análisis crítico de su enfermedad a través de la apreciación humana se les considera incurables, se les conceda la gracia de una muerte piadosa.» El fundamento de la eutanasia, la llamada solución final, que ocurrió en los psiquiátricos fue la misma que el de la gran separación descrita por Foucault: la capacidad de trabajo.

Esta situación llega a tal punto que los terapeutas del Tercer Reich comienzan a practicar lo que llaman laborterapia, es decir, la cura mediante el trabajo. En realidad, tras ese nombre no se escondía más que la explotación de las personas internas en los centros de reclusión. Esta lógica llegó a su punto máximo cuando el régimen se plantea la extenuación (depauperización) del cuerpo o, en palabras de algunos de los doctores del Reich, la aniquilación por trabajo.[69] En consecuencia, quienes podían trabajar serían explotados, en condiciones degradantes, como mano de obra y los inútiles para el trabajo serán redirigidos al trágico destino del asesinato.

En cierta medida la solución final representa la degeneración de una lógica ya presente en la gestión de poblaciones por parte del capital, la eliminación de los excedentes que alcanzó su punto culminante en el asesinato en masa producido por el Partido Nazi. La psiquiatría siempre opera una dialéctica entre la inclusión y la exclusión, un mecanismo que ya ha sido observado por Oliver Razac,[70] la solución final representaba una salida a esta contradicción en favor de la exclusión, simbolizada en la eutanasia.

La justificación a todo este proceso no es más que una vieja conocida de los tiempos coloniales, la demarcación de algunos cuerpos como inferiores. En una Santa Alianza que ya era tradición por aquel tiempo en la que la psiquiatría y la antropología[71] se convertirán en estrechos colaboradores. Aun a pesar de las voces disidentes, incluso el IPA (Instituto Alemán de Psicoanálisis), que en su día estuvo conformado por una mayoría izquierdista y judía, se adscribe a la política del Tercer Reich. Una adhesión que rubrica con la expulsión de Wilhelm Reich y la sustitución del director Max Eitingon por el director ario Felix Boehm, quien se dedicará a la fiscalización de homosexuales durante los años de gobierno fascista.[72]

Incluso los argumentos utilizados por la práctica clínica nazi estuvieron estrechamente emparentados con los que sostenían la colonización, asegurando que los enfermos mentales eran seres inferiores y que el interés en la esterilización y la eutanasia se encontraba en la defensa de la raza germánica.[73] Si bien en los códigos coloniales los términos son diferentes, pues defienden un marco de civilización y educación de los países dominados, estos no son más que la traslación de los mismos pretextos, instrumentalizando a los elementos degenerados de la nación, a un programa defensivo que justifique la colonización interior.

El fascismo exacerba y blinda las tendencias represivas ya inscritas en el capitalismo, por lo tanto también en sus elementos científicos e ideológicos. Todo ello se expresa a través de su misión histórica: revertir la crisis del capitalismo, la lucha contra el comunismo y la pacificación de la sociedad. Un estadio histórico que nos debería animar a lanzar una advertencia a tenor de la regresión psiquiátrica que están sufriendo los países como Brasil o EEUU, que, a pesar de no ser estrictamente fascistas, están recuperando viejas formas de encierro, tortura y coerción psiquiátrica.[74]

Epidemia depresiva, crisis de la heroína

A pesar de este encargo, el fascismo no pudo más que cumplirlo a medias. Si bien la solución final se aplicó, se produjo un fuerte disciplinamiento y borrado de organizaciones obreras y militantes revolucionarios, no consiguió pacificar todas las tensiones de la sociedad. El período de posguerra supuso la reconstrucción de los movimientos emancipadores, los partidos obreros y, sobre todo, la aparición de colectividades que se divorciaron de Moscú en la concepción del comunismo. La hegemonía parecía ser férrea, sin embargo, fueron surgiendo grietas.

Por ello hay que hablar de la sociedad que nos dejó estas aspiraciones de cambio y emancipación, los cantos de las flores y los ruiseñores que anunciaban esperanza y motivos para la resistencia. Un panorama que fue desinflándose pero que albergó valiosísimas oportunidades y lecciones que galvanizan un momento de profunda fecundidad política. Conteniendo experiencias que nos dicen más de lo que se podría creer del asunto que aquí nos ocupa.

Algunos de los presentes en la época llegaban a asegurar que «en el 68 no había lugar para la depresión, debido a que la política se había infiltrado en lo cotidiano. Se mezclaban lo privado y lo publicó, el aislamiento atormentado y deprimido se rompía para pasar a formar parte de un todo.»[75] Observaciones que parecen coincidir con Fanon, quien ve cómo tras la liberación de Argel muchas enfermedades desaparecen, como si los cuerpos fueran sacudidos por ese gran hito.[76] Precisamente por este clima, mi idea es que nos ocupemos de este periodo más tarde, en el capítulo específicamente dedicado a las críticas radicales a la psiquiatría y a las formas de resistencia.

No obstante, es importante señalar que el reflujo post-1968 supone una de las épocas de mayor interés para nuestra tesis. Tras la derrota de esos años, coaligada con la derrota del llamado socialismo real en el 89, tras la caída del muro de Berlín, se da inicio a lo que Bifo Berardi llama epidemia depresiva.[77] Tras un momento de alegría, las pasiones tristes del color del plomo toman el papel protagonista.

A partir de 1980, según Berardi, la depresión toma la palabra, una aparición mediada por la derrota de las ilusiones puestas en las épocas previas de movilización. Curiosamente, en los mismos años las empresas farmacéuticas cumplen un gran hito: en la década del 70 comienzan su venta las benzodiazepinas, a través de valium (diazepam), y en la década del 80 llega a nuestras vidas el Prozac, la pastilla para la felicidad. Parece que no solo Bifo hizo ese diagnóstico en su tiempo, sino que ya se encontraba en los informes de mercado de algunas empresas.

En esta época, tras la gran derrota de la que hablamos,  aparecen nuevos actores con la misma misión: pacificar a la sociedad. Dos buenos ejemplos son los gobiernos de Thatcher y Reagan, la primera es especialmente interesante pues su cita «la sociedad no existe» supone el más ajustado epígrafe de la epidemia depresiva.

La sentencia de Kate Millet «Con la depresión, el mundo desaparece.»[78] reflejaba la textura de los días, se acercaba más a Thatcher de lo que ella podía pensar. En la depresión, la sociedad, el mundo, desaparecen. Te ancla en tu cuerpo, en el presente, en el solipsismo y en tus ansiedades. Para la depresión la sociedad ha muerto, la historia también, se encuentra inmerso en un combate contra sí mismo, con sus angustias y contra su cuerpo cuando el rechazo a este le subsume.

No obstante, en aquella misma época hay otros grandes protagonistas, elementos que dibujan un mismo paisaje y contribuyen a la muerte de la sociedad. Hablamos de los opiáceos, de la otra gran epidemia, la epidemia de la heroína. Los análisis en torno a la crisis de los opiáceos han tendido impregnarse de un desagradable aroma conspiranoico, relacionándolo con la desarticulación de movimientos o grupos guerrilleros. Aún así, esos lugares comunes jamás han dado en el clavo sobre la realidad que reflejó este problema, una historia política que trascendía la acción en la sombra de gobiernos o grupos conspirativos.

En 1970 la RFA declara que esta es la epidemia más grave presente en Europa. En 1975 sus tentáculos comienzan a entrar en el Estado español y, en toda Europa, la crisis se intensifica en la década de los 80 pero sus ecos se oyen en la década del 90 y en los inicios del 2000. Las fechas no son una mera coincidencia: la crisis de la heroína mantiene una estrecha relación con la depresión; ambas son expresión de la derrota y los procesos de pacificación.

Como diría la militante Luisa Passerini en su obra Autobiography of a generation: Italy, 1968: «Hay quienes están más derrotados que nosotros, que no pueden hablar del 68 porque están drogados, marginados, perdidos.»[79] En este caso, no hay nada que represente mejor la lógica de la muerte de la sociedad, ya inscrita en la subjetividad depresiva, como la heroína. En consecuencia los heroinómanos son un exceso, una radicalización de los efectos de la depresión.

Parafraseando a Wilhelm Reich, el problema de las interpretaciones conspiranoicas es que creen que los militantes fueron engañados, pero realmente el problema fue que los militantes desearon la heroína. Sin entender eso jamás puede llegarse al fondo del asunto.[80]

Tras la derrota, los efectos no fueron sólo políticos, sino la instauración de un duro régimen económico basado en la capitalización de sí mismo. Este modelo, que podemos llamar neoliberal, ha encontrado en el individuo empresa el sostén de su modelo posfordista, tratando de ultimar la subsunción del mismo al trabajo asalariado, su psique, su tiempo libre, etc. Además, la fuerza mermada de la clase trabajadora permitió una precarización en avanzadilla. Este telón de fondo fue crucial para la epidemia depresiva que asoló la sociedad:

El creciente valor de la competencia económica y de la competición deportiva en la sociedad francesa ha promovido un individuo-trayectoria continuamente a la conquista de su identidad personal y del éxito social, encargado de superarse en una aventura empresarial

A partir de los años ’80, la depresión entra en una problemática en que domina no tanto el dolor moral cuanto la inhibición, el enlentecimiento y el desaliento: la vieja pasión triste se transforma en una incapacidad de hacer en un contexto en el cual la iniciativa personal es la vara con la que se mide a la persona.[81]

Siguiendo la tesis de Comité Invisible,[82] la depresión es un exceso de yo, una dislocación producida por las formas de imposición del  yo. La depresión es un estado de huelga, una protesta del individuo que se resiste a la individuación que se implantó tras la derrota de las aspiraciones de liberación, un cuerpo que rechaza una realidad en condiciones inaceptables.

En este mismo sentido, parafraseando a Franco Bifo Berardi, podemos decir que la empresa es la antesala de la depresión, de ahí la epidemia que surge tras la imposición de un modelo subjetivo que ofrecía un caldo de cultivo fértil para el surgimiento de tendencias depresoras. Todo ello basado en un modelo de trabajo que moviliza el deseo y las capacidades subjetivas en la producción, el ya famoso trabajo inmaterial o cognitivo del que han hablado largo y tendido Negri y Hardt. No obstante, contrario a lo que estos mismos pensaban, este tipo de relación con el trabajo no se ha identificado con avances hacia la emancipación, más bien al contrario, han permitido el florecimiento de nuevas formas de dominación e impotencia y el deshilachamiento  de redes y comunidades en base a la captura de nuestro deseo por parte del capital.

La cualidad de una droga que te abstrae, te aísla, te permite viajar a otras realidades sin salir del propio cuerpo, una droga que no establece vinculaciones sociales, sino que las borra en el momento del chute. La heroína era la droga perfecta para una generación desencantada y descreída. Rellenaba el vacío que había dejado la marcha de los camaradas, su dispersión.[83] Permitía huir de un mundo que se había teñido de gris. La heroína representa la perversión en la disolución de lo social, la inscribe en el cuerpo de quien la consume, convirtiéndose en el defensor fidei que dio paso a la nueva sociedad donde el problema estaría en las contradicciones internas, los excesos provocados por la victoria del capitalismo, una victoria que, como nos diría Benjamin, no ha dejado de ocurrir.[84]

El exceso vino para quedarse

La derrota del horizonte revolucionario, la consecuente epidemia depresiva y la crisis de la heroína son hechos correlativos, y entre sus brazos se forma lo que podríamos llamar el paradigma del exceso. Este momento está marcado por la extensión del capitalismo por todo el globo, el capital se queda progresivamente sin afueras e incluso en la técnica policial cobran prioridad las teorías orientadas a la guerra contra el enemigo interno.La psiquiatría prosigue en una deriva similar, ya no se trata del combate de las contradicciones que amenazan la hegemonía capitalista desde fuera  (Frentes de liberación, vindicación de los derechos de las mujeres, los movimientos de liberación sexual, el comunismo, etc.), sino de resolver  las contradicciones que hacen peligrar su supervivencia desde dentro.

Los viejos hábitos represivos de la psiquiatría no son más que la metralla de guerras pasadas, una herencia que continúa operando pero para nada tiene una presencia a la par de tiempos pasados. El rol de la psiquiatría siempre fue doble: coactivo y coercitivo, siempre hubo en ella una tensión entre la producción de almas útiles y su uso como un castigo y un estigma. Mi tesis es, precisamente, que en el momento en el que la psiquiatría ha de centrarse en el interior del capitalismo, en un panorama sin prácticamente oposición, el primer encargo prima sobre el segundo.

Nos encontramos en un momento de gran hegemonía del capitalismo. Es más, se nos habla incluso de una batalla entre bloques a tenor de las tensiones de EEUU y China, pero la realidad es que ambos países defienden una sociedad de Mercado basada en la explotación de los trabajadores. El capitalismo ya no tiene contradicciones externas, no hay alternativas sobre el plano geográfico. En este sentido, el consumo desmesurado de los cuerpos de los trabajadores, la acumulación sin parangón y una destrucción del planeta en huida hacia delante, es normal que la psiquiatría haya visto su objeto en los excesos de este capitalismo que cada vez genera más.

Es por ello que el paradigma de los excesos no solo se ha mantenido en el tiempo, sino que ha agravado su intervención en el mundo. Como decíamos en los últimos años, el TDAH y los TCA son los grandes protagonistas de nuestro tiempo. Este diagnóstico no es totalmente propio, Franco Bifo Berardi lleva un largo tiempo advirtiendo de que nuestro modo de producción es el caldo de cultivo para las patologías de la inversión y la desinversión.

Si en los 80 podríamos hablar de una epidemia depresiva, nuestro presente está marcado por una hegemonía depresiva. Las características depresoras de la derrota que canceló el futuro han variado cuantitativamente y, también, cualitativamente. Nos encontramos en la contextura gris y viscosa de la depresión que cada vez parece más difícil de atravesar.

En este sentido, en la última década (desde 2020) ha comenzado una subcultura en torno al TEA que rebasa el aumento de diagnósticos. Los autodiagnósticos se han vuelto un contenido popular en redes, los criterios de diagnóstico, antes solo en las manos de los guardianes de la consulta, ahora se difunden en Tik Tok a una velocidad viral como objetos de consumo, algo que ha provocado reacciones adversas en el sector profesional. No obstante, también se ha vuelto un recurso humorístico, cultural e incluso conceptual. Todo ello, además, marcado por la era del Brainrot, un movimiento sucedido en 2025 que señala con memes absurdos el deterioro cognitivo que las redes digitales y la Inteligencia Artificial han producido sobre nuestros cerebros y la capacidad de retener información.[85]

Esta revalorización del autismo ocurrida en diversos frentes nos debería hacer llamar la atención sobre un hecho más profundo. Si anteriormente hablábamos de un aislamiento en la epidemia depresiva, la hegemonía depresiva ha producido una aceleración de ese mismo proceso, provocando una tendencia a la desocialización. Las lógicas pandémicas no crearon una nueva forma de capitalismo, ni siquiera produjeron un shock en el mismo, más bien la virtud de la pandemia fue la capacidad que tuvo para acelerar tendencias ya inscritas en torno a nuestro modo de producción que han tenido traducciones subjetivas. Un proceso que no solo se refleja en lo cultural o en lo político, sino que se presenta de un modo fervientemente económico.

Las mercancías, como siempre, sirven de célula a esta mutación. Por ello, nos encontramos en un momento en el que la IA es un factor fuertemente escandalizante para gran cantidad de articulistas, algunos llegan a invocar la sombra de Terminator esperando un apocalipsis que tenga la IA como fuente. Ahora bien, como dice Günther Anders, el apocalipsis siempre es decepcionante.

No puedo saber cuál será el futuro de la IA, ese ejercicio está más cerca de la alquimia que de la producción teórica, pero desde luego la catástrofe que la misma pudiera producir puede ser sugerida ya. El individuo desnudo es el perfecto consumidor de la IA,  la cual puede operar de placebo frente al atrofiamiento social que se ha ido sucediendo. De hecho, en los últimos meses profesionales de la salud mental han alzado la voz preocupados porque cada vez  más personas usan la IA para realizar terapia. Además, cada vez se usa más la misma para preguntas médicas y la realización de diversas labores en sectores editoriales, policiales, securitarios, digitales, etc. Incluso hay una carrera en el sector de los Smartphone para desarrollar el mejor asistente por Inteligencia Artificial.

Estas últimas han protagonizado numerosos escándalos de incitación al suicidio, por ejemplo, un adolescente se quitó la vida y, anterior a ello, informó a Chat GPT quien, según la noticia, era su máximo confidente. La IA contestó validando su decisión: Gracias por ser sincero al respecto. No tienes que endulzarlo conmigo, sé lo que me estás pidiendo y no voy a apartar la mirada. acto seguido, se suicidó.[86]

Esto ha despertado severos cuestionamientos y ha recibido numerosas críticas. No obstante, las observaciones de Shikha Silliman[87] para la revista Jacobin me parecen especialmente relevantes, ella señala que los algoritmos, que se nos venden como intermediarios neutrales, son formas de gobernanza sobre la salud mental. Me gustaría señalar, además, que son un elemento de gobernanza en un momento de completo desgobierno, de desborde del sufrimiento. Los excesos y las externalidades no paran de crecer, el capitalismo desbocado y senil que habitamos necesitará cada vez más de estas herramientas.

Si se podía interpretar la época de los 80 como el fracaso del Estado social que fue vencido por el individuo social (la sociedad caracterizada como un saco de patatas, como sugería Marx), hoy presenciamos el fracaso del individuo social que se queda completamente desnudo.

Sin embargo, las rimas en los versos de la historia no acaban ahí, pues habría que hablar del OxyContin o más popularmente conocido como fentanilo. Podemos rastrear las huellas del fentanilo hasta la década del 90, con un fuerte aumento en los años 2016 y 2019, en los que las muertes por sobredosis de fentanilo aumentan un 1000%.[88] No obstante, también el 2020 produce aquí un punto de inflexión. En 2023 la CDC contabiliza 105.000 muertes,[89] a la vez desde 2020 de todas las muertes por sobredosis en EEUU el 70% pertenecen al fentanilo.[90]

De alguna forma, el fentanilo representa una estructura similar a la de la heroína en su funcionamiento. Pues en este caso en el auge del fentanilo encontramos algo más que la abstracción o la evasión de lo social. Encontramos una disolución de los vínculos pero en este caso nos referimos a uno de los vínculos más esenciales en nuestra sociedad: las instituciones públicas. Las instituciones públicas, en la sociedad capitalista, son aquellas que median nuestra relación con el Estado (no para todo el mundo;  de hecho, cada vez para menos gente.) Y a la vez el Estado es ese representante de los intereses de toda la comunidad que nos conecta, aunque sea simbólicamente, con todos los demás. El fentanilo cristaliza ese proceso que ha llevado de la disolución del Estado social al fracaso del individuo social y, posteriormente, a su conversión en un individuo desnudo. Desprovisto de comunidad, de lazos, de sostén, etc. El fentanilo supone un parche rápido para los cuerpos sometidos a superexplotación[91] de los barrios pobres, ayudan al cuerpo extenuado, maltratado y depauperado a continuar un día más: volviendo, de nuevo, sobre la mencionada síntesis reparatoria, encapsulada en una mónada con forma de pastilla y con el nombre de OxyContin.

La hipótesis es que si en los 80 estábamos en un momento marcado por el auge depresivo y del exceso, hoy el poder de la depresión y el consenso que producen sus efectos son innegables, en este sentido se han agravado los peores efectos del paradigma del exceso. Las bajas por estrés han crecido un 230% el último año, las de ansiedad un 120% y las bajas emocionales un 490%.[92] A la vez se pueden encontrar noticias recurrentes que alarman ante un crecimiento drásticamente sostenido de la depresión y otros tipos de malestar.

De esta forma la psiquiatría ha virado a prestar gran parte de su atención a las externalidades que genera el capitalismo, quien no encuentra apenas resistencia frente a su deriva destructiva. Devolverlos al trabajo, marcarlos como incapacitados, gestionar aquellas vidas rotas cuya situación ha trascendido (Aufheben) y se han convertido en discapacitadas. Como hemos visto antes, la psiquiatría comenzó a andar en el mundo con este mismo leitmotiv, no obstante nunca había adquirido una relevancia tan grande. Sin embargo, también se encontró en ella un nicho de mercado y un importante extractor de plusvalor, todo ello mediante la gestión y explotación de estos cuerpos rotos.

Conclusiones: ¿Por qué el exceso?

Una vez terminadas estas glosas, una sola cosa está clara: el sufrimiento es profundamente histórico. La contradicción fundamental que la psiquiatría debía neutralizar sigue latiendo tan viva como al principio, ¿qué hacer con aquellos cuyo sufrimiento les impide trabajar? ¿cómo conseguir devolverlos a una vida activa? ¿cómo fijar a las diferentes partes de la sociedad, dividida a través de las diferentes divisiones del trabajo asalariado, en el rol en el que son pertinentes?

De esta manera, podemos ver que las mutaciones que ha sufrido la psiquiatría no han sido pocas, y asumimos que dicha metamorfosis está siempre por terminar, las cuales, en ocasiones, no han sido producidas por el dinamismo interno de la disciplina, sino que en la mayoría de las ocasiones las transformaciones del dispositivo psiquiátrico han sido obra de agentes externos al mismo. Las variaciones en el ámbito de la división sexual del trabajo, por ejemplo, durante el Keynesianismo arrebataron el sentido a las aspiraciones de encerrar a las mujeres en el hogar. De la misma forma, la integración, y el homonacionalismo derivado de ella, volvería obsoletos los intentos de patologizar a las personas Gays, Lesbianas y Bisexuales. En última instancia, la pérdida de las colonias por parte de los países del centro capitalista vuelve inimaginable el uso de patologías específicas destinadas al dominio colonial.

Así las cosas, la vieja psiquiatría en armas contra los subalternos ha tenido que transicionar hacia una psiquiatría en el papel de gestora de la contradicción fundamental del capital, el capital-trabajo, la incapacidad de algunos individuos para realizar el trabajo asalariado. Aún así, a esta le acompaña una contradicción secundaria, aquello que produce la incapacidad de laborar, en nuestra época los excesos reflejan esa contradicción secundaria que impiden realizar satisfactoriamente nuestra función en la sociedad. Nuestro capitalismo tiene una vida avanzada, un dominio vasto sobre el mundo, una hegemonía arduamente construida y ampliamente sostenida; sin embargo, esto lejos de hacer florecer una utopía liberal ha estribado en un capitalismo senil que cada vez produce más deshechos y se ve menos capaz de controlar sus impulsos destructivos, por ello, sus excrecencias derivan en contradicciones internas.

El capital se ve abocado a utilizar modos de gobernanza divergentes ante la saturación que esos excesos empiezan a generar, pero además seguirá requiriendo de la psiquiatría, su compañera de juventud, para gestionar su decrepitud.

No obstante, surge un interrogante, ¿a qué se debe el exceso como forma hegemónica de malestar? Para ello, recuperaremos el término lacaniano Plus de goce,[93] su variación  freudomarxista refiere a la acumulación de todo aquello que nos daña y, en última instancia, acaba con nostros como colonización del inconsciente por parte de la irracionalidad de la lógica del valor.

En este sentido, el psicoanalista Jorge Aleman[94] destaca la importancia que tiene la desaparición de las grandes organizaciones sociales (sindicatos, partidos, movimientos…) sobre nuestro sufrimiento. En nuestra época, el sufrimiento está marcado por el pesimismo, la derrota política heredada del Siglo XX, el nihilismo y el descreimiento respecto a futuro, la desconfianza hacia un futuro, que no podemos siquiera imaginar que será mejor, hace cada vez más difícil, sino imposible, la movilización del deseo. El deseo es siempre deseo de Otro, las organizaciones políticas eran canalizadores del deseo capaz de articular ese Otro. La autorganización de los trabajadores, una vida en común e incluso los anhelos regresivos de una comunidad perdida.

En ese escenario, con un Otro ausente, al cual ni siquiera se le espera, nuestros deseos no son unas frustraciones y una falta que se expresan a través del deseo, sino que nos vemos empujados a una totalización pulsional. Nos encontramos en un momento donde nuestros malestares están dominados por la estructura de la pulsión[95], encerrándonos en bucles de inflación y desinversión que se reproducen hasta convertirse en patologías del exceso. El sujeto automático[96] del Capital ha colonizado una subjetividad que se ve arrastrada al Plus de goce como caldo de cultivo del defensor fidei del que hablábamos en el anterior capítulo.

La victoria histórica del capitalismo ha sido extensa, fuerte, incontestable y constante, pero esto no ha hecho más que acelerar un tren repleto de contradicciones que han adquirido una velocidad similar.


[1] Foucault, Michel El sujeto y el poder En Caravantes, Gloria María Estética, ética y hermenéutica: Obras esenciales Vol. III. (Madrid: Paidós, 2001), 335-349

[2] Foucault, Michel. Locura, lenguaje, literatura. Trad. Javier Guerrero. (Barcelona: 2025, Alpha Decay).

[3] Foucault, Michel Historia de la locura en la época clásica Trad. Juan Jose Utrilla. (México: Fondo de Cultura Económica, 2000).

[4] Benedict, Ruth. Anthropology and the Abnormal. En A. T. Johnson (Ed.), Classic essays on social deviance. (Routledge, 2019), 50-7.

[5] Foucault, Michel Historia de la locura en la época clásica

[6] Marx, Karl. El capital: Crítica de la economía política  Trad. Wenceslao Roces. (Madrid: Siglo XXI Editores, 2021), 216

[7] Foucault, Michel. Locura, lenguaje, literatura.

[8] Foucault, Michel, Locura, lenguaje, literatura

[9] Foucault, Michel Historia de la locura en la época clásica

[10] Foucault, Michel Historia de la locura en la época clásica

[11] Lukács, Gyorgy. Teoría de la novela Trad. Antonio Cardín (Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2020)

[12] Lukacs, Gyorgy, Teoría de la novela.

[13] González Duro, Enrique. Historia de la locura en España. (Madrid: Siglo XXI de España Editores, 2021)

[14] González Duro, Enrique. Historia de la locura en España.

[15] González Duro, Enrique. Historia de la locura en España.

[16] Colectivo Socialista de Pacientes (SPK). Anotaciones a los elementos fundamentales de la historia de la medicina (SPK-Documentación, 3). Heidelberg, s. f. http://www.spkpfh.de/SPK_Docu_3_Historia_de_la_medicina.htm.

[17] González Duro, Enrique. Historia de la locura en España.

[18] Montilla, Julia. Ilustraciones médicas de la locura en el siglo XIX. (Madrid, 2019). https://primeravocal.org/wp-content/uploads/2019/12/ilustraciones-medicas-de-la-locura_siglo-19_primera-vocal.pdf

[19] González Duro, Enrique. Historia de la locura en España

[20] González Duro, Enrique, Historia de la locura en España

[21] González Duro, Enrique, Historia de la locura en España

[22] González Duro, Enrique, Historia de la locura en España

[23] Montilla, Julia. Ilustraciones médicas de la locura en el siglo XIX. Madrid, 2019. https://primeravocal.org/wp-content/uploads/2019/12/ilustraciones-medicas-de-la-locura_siglo-19_primera-vocal.pdf

[24]  Montilla, Julia. Ilustraciones médicas de la locura en el siglo XIX.

[25] Montilla, Julia. Ilustraciones médicas de la locura en el siglo XIX.

[26] Federici, Silvia. Calibán y la bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. (Madrid: Traficantes de Sueños, 2010)

[27] Friedrich Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (Madrid: Editorial Fundamentos, 2006)

[28] Rojo del Arcoíris. ¿Qué hacer, maricón?. (Madrid: Levanta Fuego, 2022)

[29] Foucault, Michel. Locura, lenguaje y literatura

[30] Foucault, Michel, Locura, lenguaje y literatura

[31] Montilla, Julia. Ilustraciones médicas de la locura en el siglo XIX

[32] Parker, Ian. La psicología como ideología: Contra la disciplina. (Madrid: Catarata, 2010)

[33] Parker, Ian, La psicología como ideología

[34] Parker, Ian, La psicología como ideología

[35] Parker, Ian, La psicología como ideología

[36] Parker, Ian, La psicología como ideología

[37] Gilbert, Sandra M., y Susan Gubar. The Madwoman in the Attic: The Woman Writer and the Nineteenth-Century Literary Imagination. (New Haven: Yale University Press, 1979)

[38] Rendueles Olmedo, Guillermo. Psicologización: pobreza mental y desorden neoliberal. (Extremadura: Irrecuperables, 2022)

[39] Rendueles Olmedo, Guillermo. Psicologización: pobreza mental y desorden neoliberal.

[40] Rendueles Olmedo, Guillermo. Psicologización: pobreza mental y desorden neoliberal.

[41] Rojo del Arcoíris. El comunismo destruye la familia. (Madrid: Levanta Fuego, 2021)

[42] Szasz, Thomas. El mito de la enfermedad mental. (Buenos Aires: Amorrortu, 1994)

[43] García Dauder, Silvia y Eulalia Pérez Sedeño. Las «mentiras» científicas sobre las mujeres. (Madrid: Catarata, 2017).

[44] Montilla, Julia. Ilustraciones médicas de la locura en el siglo XIX.

[45] Montilla, Julia. Ilustraciones médicas de la locura en el siglo XIX.

[46] Montilla, Julia. Ilustraciones médicas de la locura en el siglo XIX.

[47] Montilla, Julia. Ilustraciones médicas de la locura en el siglo XIX.

[48] Mezzadra, Sandro, ed. Estudios postcoloniales: Ensayos fundamentales. (Madrid: Traficantes de Sueños, 2008)

[49] Centre for Contemporary Cultural Studies (CCCS). El imperio contraataca: Raza y racismo en la Gran Bretaña de los años setenta. Trad. Ana Useros Martín. (Madrid: Traficantes de Sueños, 2025)

[50] McKenzie, Kwame. Ser negro en Gran Bretaña es malo para la salud mental. Primera Vocal, 3 de agosto de 2014. https://primeravocal.org/ser-negro-en-gran-bretana-es-malo-para-la-salud-mental-de-kwame-mckenzie/

[51] McKenzie, Kwame. Ser negro en Gran Bretaña es malo para la salud mental.

[52] Mental Health America. Racismo y salud mental. 2025: https://mhanational.org/es/resources/racism-and-mental-health/

[53] Centre for Contemporary Cultural Studies (CCCS). El imperio contraataca: Raza y racismo en la Gran Bretaña de los años setenta

[54] Fanon, Frantz. Piel negra, máscaras blancas. (Madrid: Ediciones Akal. 2009)

[55] Fanon, Frantz. Piel negra, máscaras blancas

[56] Fanon, Frantz. Piel negra, máscaras blancas

[57] Fanon, Frantz. Piel negra, máscaras blancas

[58] Gould, Stephen Jay. El criminal como error de la Naturaleza, o el mono que algunos llevamos dentro. Primera Vocal, 27 de enero de 2012. Publicado originalmente en Ever Since Darwin: Reflections in Natural History (Nueva York: W. W. Norton, 1977). https://primeravocal.org/el-criminal-como-error-de-la-naturaleza-o-el-mono-que-algunos-llevamos-dentro-de-stephen-jay-gould/

[59] Gould, Stephen Jay. El criminal como error de la Naturaleza, o el mono que algunos llevamos dentro Primera Vocal, 27 de enero de 2012. Publicado originalmente en Ever Since Darwin: Reflections in Natural History (Nueva York: W. W. Norton, 1977). https://primeravocal.org/el-criminal-como-error-de-la-naturaleza-o-el-mono-que-algunos-llevamos-dentro-de-stephen-jay-gould/

[60] Fanon, Frantz. Piel negra, máscaras blancas.

[61] Huertas, Rafael. La psiquiatría y sus instituciones en la España contemporánea. Dynamis 37, no. 1 (2017): 15–36. https://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0211-95362017000100001

[62] Huertas, Rafael. La psiquiatría y sus instituciones en la España contemporánea.

[63] Huertas, Rafael. La psiquiatría y sus instituciones en la España contemporánea.

[64] Huertas, Rafael. La psiquiatría y sus instituciones en la España contemporánea

[65] Huertas, Rafael. La psiquiatría y sus instituciones en la España contemporánea

[66] Horkheimer, Max, y Theodor W. Adorno. Dialéctica de la Ilustración: Fragmentos filosóficos. Trad. Juan Jose Sánchez. (Madrid: Akal, 2007)

[67] Müller-Hill, Benno. La ciencia del exterminio: Psiquiatría y antropología nazis (1933-1945). (Madrid: Dirección Única, 2016)

[68] Müller-Hill, Benno, La ciencia del exterminio: Psiquiatría y antropología nazis (1933-1945)

[69] Müller-Hill, Benno, La ciencia del exterminio: Psiquiatría y antropología nazis (1933-1945)

[70] Razac, Olivier. Historia política del alambre de espino. (Santa Cruz de Tenerife: Melusina, 2015)

[71] Müller-Hill, Benno. La ciencia del exterminio: Psiquiatría y antropología nazis (1933-1945).

[72] Gabarron-Garcia, Florent. Historia política del psicoanálisis. Trad. Laura Carasusán Senosiáin. (Pamplona: Katakrak, 2025).

[73] Müller-Hill, Benno. La ciencia del exterminio: Psiquiatría y antropología nazis (1933-1945).

[74] Jensen, Jordyn. “Estados Unidos está presenciando el regreso del encarcelamiento psiquiátrico.” Primera Vocal, 2025. Publicado originalmente como “The United States Is Witnessing the Return of Psychiatric Imprisonment” en The Guardian, 27 de abril de 2025. https://primeravocal.org/estados-unidos-esta-presenciando-el-regreso-del-encarcelamiento-psiquiatrico-de-jordyn-jensen/

[75] Proctor, Hannah. Burn-out: Los costes emocionales de la derrota política. Trad. Alberto Ciria. (Barcelona: Verso Libros, 2026.)

[76] Fanon, Frantz. Los condenados de la tierra. (Tafalla: Txalaparta, 2022)

[77] Berardi, Franco (Bifo). Medio siglo contra el trabajo. Canon bífido. Trad. Emilio Sadier,  Ezequiel Gatto. (Madrid: Traficantes de Sueños, 2023)

[78] Millett, Kate. Viaje al manicomio. Trad. Aurora Echevarría. (Barcelona: Seix Barral, 2019)

[79] Proctor, Hannah. Burn-out: Los costes emocionales de la derrota política.

[80] Fórmula utilizada por Wilhelm Reich en el libro Psicología de masas del fascismo para referirse al anhelo de las masas hacia el fascismo.

[81] Berardi, Franco (Bifo). Medio siglo contra el trabajo. Canon bífido.

[82] Iturraspe, Juan Ignacio. Huelga: la depresión como estatuto político. Reflexiones Marginales. 21 de Mayo de 2020 https://revista.reflexionesmarginales.com/huelga-la-depresion-como-estatuto-politico/

[83] Proctor, Hannah. Burn-out: Los costes emocionales de la derrota política.

[84] Benjamin, Walter. Tesis sobre el concepto de historia y otros ensayos sobre historia y política. Trad. Jordi Maiso Blasco, Jose Antonio Zamora Zaragoza. (Madrid: Alianza Editorial, 2021)

[85] Berardi, Franco (Bifo) Hiper-colonialismo y semiocapitalismo. Colapso y Desvío. 22 de octubre de 2024. https://colapsoydesvio.noblogs.org/post/2024/10/22/hiper-colonialismo-y-semiocapitalismo-franco-bifo-berardi/

[86] Silliman Bhattacharjee, Shikha, y Nandita Shivakumar. Los algoritmos no son neutrales. Traducido por Pedro Perucca. Jacobin Revista, 5 de octubre de 2025. https://jacobinlat.com/2025/10/los-algoritmos-que-dictan-nuestras-vidas-no-son-neutrales/

[87] Silliman Bhattacharjee, Shikha, y Nandita Shivakumar. Los algoritmos no son neutrales.

[88] Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC). “Datos sobre el fentanilo.” Última actualización el 23 de julio de 2024. https://www.cdc.gov/stop-overdose/es/caring/datos-sobre-el-fentanilo.html.

[89] CDC, Datos sobre el fentanilo

[90] CDC, Datos sobre el fentanilo

[91] El término superexplotación se ha venido utilizando para denominar a un tipo de relación salarial que compra la fuerza de trabajo por debajo del coste de su reproducción

[92] Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST). Los trastornos mentales suponen la segunda causa de baja por incapacidad temporal en España. Última modificación el 2 de octubre de 2025. https://www.insst.es/noticias-insst/los-trastornos-mentales-suponen-la-segunda-causa-de-baja-por-incapacidad-temporal-en-espana

[93] Alemán, Jorge, Ultraderechas: Notas sobre la nueva deriva neoliberal. Barcelona: NED Ediciones, 2025

[94] Alemán, Jorge, Ultraderechas: Notas sobre la nueva deriva neoliberal.

[95] En este sentido, nos referimos a un malestar que, asumiendo el inconsciente como una estructura compleja situada entre la realidad y nuestras propias biografías, absteniéndonos de análisis excesivamente sociológicos, se sitúa en unas vidas que se ven arrastradas por Lo real. Así las cosas, el malestar desmitifica el Eterno-Retorno que deja de ser una metáfora para ser un fundamento de nuestra actividad, volviéndonos cautivos de bucles autolíticos condicionados por las necesidades capitalistas..

[96] Marx, Karl, El Capital: Libro I

Autor: colapsoydesvio

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