Un levantamiento tras otro – Entrevista con Assareh Assa.

Disponible en inglés en Brooklyn Rail.
Traducción al español por Amapola Fuentes para Colapso y Desvío.

Entrevista realizada a Assareh Assa en París por miembros de Communisme Libertaire en septiembre de 2025 sobre la crisis política del régimen Iraní, la valoración del levantamiento de mujeres en 2022 y la influencia de corrientes monárquicas en la oposición al régimen.  Las últimas preguntas de esta entrevista fueron formuladas por un editor de Rail a fines de enero de 2026.

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Rail: ¿Podemos empezar volviendo al levantamiento de 2022, “Mujer, Vida, Libertad”?

Assareh Assa: Acabamos de pasar el tercer aniversario del asesinato de Jina Amini, una joven mujer kurda arrestada en Teherán por la policía de la moral por estar “mal vestida”, según la definición del régimen[1]. Fue golpeada en la cabeza, lo que le provocó la muerte unos días después, el 16 de septiembre de 2022. Durante su funeral, los habitantes de Saqqez, donde nació, escribieron sobre su tumba: “Jina, no morirás. Tu nombre es nuestra contraseña”. Me gustaría detenerme en esta frase, que terminó siendo verdadera. El nombre de Jina se convirtió rápidamente en un hilo que conectó a todas las personas que deseaban derrocar al régimen actual en Irán. Estallaron grandes manifestaciones por todas partes: fuimos testigos de escenas magníficas de solidaridad, valentía y rabia en todos los rincones del país. Sin embargo, debo añadir que el nombre de Jina también dio lugar a una profunda división dentro de la sociedad iraní. Jina no era en realidad el nombre oficial de esta joven —víctima de la misoginia estructural del Estado iraní—, sino su nombre kurdo. Por eso es importante entender si esta fase del movimiento en Irán se llama el “levantamiento de Jina” o el “levantamiento de Mahsa”. La elección del nombre no es neutral y revela la posición política de quien lo usa. Las corrientes reaccionarias prefieren “Mahsa”: lo que parece una simple elección de palabras encierra una verdad que, junto con la represión estatal, es una de las razones del fracaso del movimiento.

Rail: Al hablar del fracaso del movimiento, ¿quieres decir que no consiguió nada?

Assa: No. El levantamiento “Mujer, Vida, Libertad” cambió la apariencia de las ciudades, especialmente de las grandes urbes. En lo que respecta a la presencia de las mujeres en la sociedad, hay sin duda un antes y un después de esta revuelta: hoy, las mujeres pueden vestirse con una libertad relativa, a pesar del Estado.

Rail: ¿Es como antes de 1979?

Assa: En efecto, bajo el Sha, las mujeres no tenían que llevar velo. Sin embargo, no es cierto que todas las mujeres disfrutarán de libertad individual en la época del Sha. Antes de la Revolución, las mujeres de clase alta —de la burguesía y la pequeña burguesía— salían sin velo, a diferencia de las mujeres trabajadoras y subproletarias. No existía la policía de la moral, pero en los pueblos pequeños y en las aldeas las relaciones tradicionales estaban mucho más arraigadas. Tanto los hombres como las mujeres de la familia impedían a una joven vestirse como quisiera, incluso dentro de la casa. También quisiera añadir que el padre del Sha, considerado por algunos como “el padre del Irán moderno”, atacó violentamente a las mujeres por salir a la sociedad llevando velo. La República Islámica brutaliza en la dirección opuesta.

En cualquier caso, después del levantamiento de Jina, el régimen hizo un gran esfuerzo para impedir que las mujeres salieran sin velo. Llegó incluso a asesinar a una joven en Teherán que se negó a usarlo. También aprobó una ley que restringe de manera espectacular los derechos de las mujeres, pero no ha podido hacerla cumplir frente a la resistencia decidida de ellas. Pero hay que insistir: estamos hablando de una libertad relativa. Las mujeres de las clases más acomodadas disfrutan de mucha más libertad individual. A veces vemos en redes sociales escenas que nos cuesta creer que estén ocurriendo en Irán. Pero luego se descubre que es una fiesta de jóvenes de clases acomodadas. La clase trabajadora observa desde lejos los placeres de esta libertad individual. Hay que añadir que la vida de una mujer sigue siendo dos veces más barata que la de un hombre, que el aborto está prohibido y que —en el marco de una política natalista— el régimen dificulta cada vez más el acceso a anticonceptivos. Sin duda, el régimen ha retrocedido frente al deseo de las mujeres de aparecer “libremente” en la sociedad, pero esa libertad individual está acompañada de amargura. Si recordamos que al inicio se gritaba en las calles: “El velo es una excusa: ¡queremos la caída del régimen!”, esa amargura se vuelve comprensible. Si consideramos la cuestión del velo, la de las mujeres, la de la libertad política y la del pan como los cuatro pilares del levantamiento de Jina, solo la libertad individual —y de forma limitada— ha sido conquistada. En ese sentido, si no perdemos de vista que se trató de una revuelta radical contra todo el Estado teocrático, no me parece incorrecto decir que el movimiento fracasó. Lo importante es entender las razones de ese fracaso.

Rail: Mencionaste la represión, pero también la cuestión de cómo se llamó el movimiento.

Assa: Sí. Sin duda, la represión sangrienta e implacable del levantamiento fue una causa importante de su fracaso: miles de manifestantes resultaron heridos y asesinados, otros miles fueron arrestados y torturados, cientos fueron condenados a muerte, de los cuales ocho fueron ejecutados —el último hace apenas unas semanas, cuando se acercaba el aniversario del movimiento. Es importante señalar que estas personas provenían de la clase trabajadora. Eran mujeres trabajadoras o venían de familias obreras. En otras palabras: el régimen se permite matar a opositores que no cuentan con el apoyo de la pequeña burguesía o de la burguesía, personas que no tienen una voz social.

La represión no se limita a los militantes directamente vinculados al movimiento, sino que se ha extendido a todo tipo de opositores. Por poner solo un ejemplo: el régimen ha condenado a muerte a una militante obrera, Sharifeh Mohammadi. Hay que decirlo claramente: esto es algo prácticamente desconocido. El régimen ya había ejecutado a miles de mujeres comunistas y muyahidines durante la “década negra” posterior a 1979, junto con varias combatientes peshmerga kurdas. (Hoy, dos mujeres kurdas han sido condenadas a muerte y una tercera a cadena perpetua). Pero el hecho de que ahora apuntan a una simple mujer trabajadora por su actividad dentro del movimiento obrero muestra que buscan dar una lección ejemplar a esa clase peligrosa.

A esto hay que añadir que, con el objetivo de imponer un régimen de terror sobre la sociedad, el régimen ha acelerado las ejecuciones de presos no políticos durante los últimos tres años. Más de tres mil personas han sido ejecutadas —a un ritmo de tres por día. Por eso, como reacción a este aspecto de la represión, se ha formado un movimiento de resistencia dentro de las cárceles iraníes. Cientos de miles de mujeres y hombres encarcelados han realizado huelgas de hambre todos los martes para hacer consciente al resto de la población de la implacable maquinaria de ejecuciones. Pero, hasta donde sé, esta resistencia aún no ha logrado resonar en el conjunto de la sociedad iraní. En pocas palabras: la intensidad de la represión policial ha debilitado fuertemente el movimiento.

Sin embargo, sería un error considerar la represión como la única razón del fracaso de esta fase del levantamiento. Incluso iría más lejos: lo que ha tranquilizado al régimen respecto de la eficacia de su represión constituye, en realidad, la razón fundamental por la que el levantamiento de Jina tuvo tantas víctimas sin alcanzar su objetivo de derrocar al régimen.

Encuentro una pista explicativa en el aspecto simbólico del nombre propio “Jina”. Este nombre simboliza una relación identitaria fuerte con una región de Irán, Kurdistán, que desde el nacimiento de la República Islámica ha sido un desafío constante al nacionalismo iraní. Al optar por “Mahsa” en lugar de “Jina”, los elementos más nacionalistas mostraron su intolerancia hacia el movimiento del pueblo kurdo. Uno puede estar de acuerdo o en desacuerdo con el objetivo de ese movimiento —la creación de un Estado nación kurdo—, pero no puede ni debe ignorarlo, como hacen incluso ciertos sectores de la izquierda iraní.

La negativa a usar el nombre Jina simboliza, ante todo, el deseo de los nacionalistas iraníes de negar la existencia misma de ese movimiento en Kurdistán. El régimen se ha apoyado en este nacionalismo —o más bien en la tendencia paniranista— para frenar el movimiento y aplazar el peligro de su derrocamiento. Lo que ha limitado el radicalismo del movimiento es, sin duda, el miedo de los nacionalistas iraníes a lo que llaman “separatistas”: kurdos, árabes, baluchis y otros. Por ejemplo, cuando presos kurdos arrestados por actividades políticas fueron ejecutados en pleno desarrollo del movimiento “Mujer, Vida, Libertad”, apenas hubo reacción en el centro del país. Quiero simplemente señalar una enfermedad incurable dentro de la sociedad iraní. Por diversas razones, una parte importante de los iraníes mantiene un fuerte sentimiento nacionalista que, en los momentos más difíciles, ha terminado sosteniendo a la propia República Islámica —el ejemplo más reciente siendo el ataque de Israel contra Irán.

Rail: Volveremos a este punto más adelante, pero antes, ¿podrías decir algo más sobre la forma en que el nacionalismo contribuyó al fracaso del movimiento?

Assa: Si bien al inicio del movimiento se podía observar una solidaridad inesperada y sorprendente entre distintos grupos étnicos, más tarde apareció una división en torno a la cuestión de la integridad territorial. Esta división se cristalizó cuando el hijo del Sha, aprovechando la situación, se proclamó como el candidato más probable para gobernar el país tras la caída del régimen. Él y su entorno lanzaron una campaña bajo el lema —traducido aquí al español— “Yo delego en el príncipe”, sugiriendo que la población entregara su voto al príncipe.

Aunque esta campaña fue un escándalo político para los monárquicos y no llegó a nada, fue lo suficientemente dañina como para romper la solidaridad entusiasta entre los distintos grupos y orientar la lucha política de los sectores más radicales contra la corriente monárquica. Esto, evidentemente, sólo benefició al régimen, que supo aprovecharlo plenamente. Por eso, en mi opinión, hay buenas razones para sospechar que el propio régimen ha reforzado a la corriente monárquica. Es bastante llamativo observar que quienes hoy rodean al hijo del Sha —que hace pocos años estaba aislado y era prácticamente irrelevante en la escena política iraní— son antiguos reformistas del régimen, que colaboran estrechamente con sectores de la República Islámica.

El hijo del Sha, además, ha señalado en varias ocasiones que pretende preservar las fuerzas represivas actuales —el ejército, los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria, etc.— cuando ascienda al trono.

La República Islámica siempre ha preferido una oposición corrupta. Hace algunas décadas fueron los muyahidines quienes cumplieron ese papel. Hoy prefiere que la oposición se cristalice en torno al hijo del Sha, no solo porque así es más fácil controlarla y reprimirla, sino también porque sabe que existe una profunda fractura entre los monárquicos y los sectores más cercanos a la izquierda —o incluso simplemente aquellos que no han olvidado la corrupción del régimen real. Pero también sabe que mientras pueda apoyarse en el nacionalismo iraní, puede aplazar su caída. Por eso, me parece, las fuerzas monárquicas son sus mejores aliados.

Rail: ¿Podemos considerar el nacionalismo promovido por la corriente monárquica como una de las razones del fracaso del movimiento Jina?

Assa: Diría que sí y no. Si bien el nacionalismo ha jugado un papel desastroso en los últimos años, no se puede pensar que haya sido introducido en el movimiento por los monárquicos. Hay que abandonar la idea dualista según la cual una idea “penetra” en una “masa” y esta se vuelve activa cuando esa idea la “posee”. Es decir: las ideas no son fabricadas por un puñado de intelectuales o políticos para luego ser impuestas a las masas. Muchos creen, equivocadamente, que fue por culpa de los monárquicos que el movimiento Jina fue aplastado a sangre y fuego. Hay algo de verdad en esa idea, pero es superficial: su rol ciertamente contribuyó a bloquear el movimiento, pero no habrían podido hacerlo si su perspectiva no estuviera ya presente en la sociedad, si no existiera una base social previa o condiciones que lo hicieran posible. Algunos compañeros todavía se niegan a aceptarlo.

En realidad, existe una base social sólida para que esta fuerza reaccionaria exista y actúe. Se puede explicar bajo tres planos: político, ideológico y económico.

En los últimos años, el monarquismo ha sido promovido políticamente mediante una campaña mediática que difundió la idea de que Irán vivió su edad de oro bajo el Sha y que el país se modernizó rápidamente bajo la dinastía Pahlavi. Gracias a esta campaña, los monárquicos han podido presentarse como una fuerza progresista. Y parte de ese mérito corresponde a la propia República Islámica. Esto puede parecer paradójico, pero es cierto: al eliminar violentamente a los elementos más radicales de la sociedad —es decir, a los comunistas—, la República Islámica se convirtió en el único narrador de la historia de la revolución. Al eliminar a parte de los protagonistas de 1979, censuró la historia del levantamiento contra el Sha y la reescribió según sus propios intereses.

En ese relato no aparece la pobreza de la clase trabajadora, la marginalización de los subproletarios en los cinturones de miseria de Teherán, la lucha de clases ni la ausencia de libertad política —todo aquello que impulsó la revuelta contra el régimen dictatorial del Sha—, sino únicamente el deseo de enfrentar a Occidente y establecer un orden religioso. Los jóvenes, que solo conocen esa versión mientras viven la miseria producida por el régimen teocrático, terminan preguntándose: “¿No es todo esto completamente absurdo?”. Ese vacío es retomado por los monárquicos, que construyen su propio mito: bajo el Sha todo era armonía, progreso y estabilidad; fue la locura de un pueblo “bien alimentado” lo que lo arruinó todo.

Por eso insisto en que es la propia República Islámica la que ha dado una segunda vida al monarquismo. Gracias a su relato falsificado de 1979, ha hecho posible que una parte de la sociedad vuelva a imaginar el retorno del hijo del Sha al trono. Algunos están mejor informados y no olvidan la corrupción de la corte ni la pobreza de las clases populares, pero cometen el error lógico de pensar que la época del Sha, aunque oscura, fue mejor que la de los ayatolás —como si fueran fenómenos separados y no dos momentos de una misma continuidad histórica.

Con respecto a la economía, los iraníes —especialmente una clase media cada vez más reducida— buscan escapar de su situación deplorable, en gran parte causada por la estrategia geopolítica del régimen, a través de la idea de reanudar relaciones económicas con Occidente o, más simplemente, de convertirse en un país “normal”. Pero por “normal” entienden un capitalismo que funcione “de manera normal”. No hace falta recordar que el capitalismo nunca ha funcionado de forma verdaderamente “normal”; aun así, los sectores liberales venden ese sueño.

Los expertos cercanos al monarquismo toman una parte de la historia económica de Irán —la “modernización”— y la asocian a la dinastía Pahlavi, como si el desarrollo económico del país hubiera sido fruto de la benevolencia del Sha y su padre. Es mucho más difícil explicar esa modernización a partir de las relaciones globales del capital en la posguerra que atribuirle al supuesto buen gobierno de un rey ilustrado. Esto lleva inevitablemente a la pregunta: ¿se puede repetir hoy esa misma política económica y obtener los mismos resultados que hace cincuenta años? Una parte de la sociedad, recordando la vida de las clases acomodadas bajo el Sha, cree que la catástrofe actual terminaría si el hijo del Sha llegara al poder.

Ideológicamente, los valores encarnados por el monarquismo —como el racismo o las relaciones arcaicas entre hombres y mujeres— siguen estando muy presentes en una parte de la población iraní. Por eso no es sorprendente que el monarquismo, tras un largo período de hibernación, haya vuelto a activarse y quiera reclamar el poder. No es que los monárquicos o los sectores reaccionarios “manipulen” en general el movimiento; el hecho de que dispongan de un margen de maniobra suficiente en la escena política demuestra, sobre todo, que el monarquismo expresa el deseo de una parte de la sociedad. Yo mismo considero muy peligroso para los militantes contra la República Islámica —dentro o fuera del país— ignorar los sectores de la población que sostienen la existencia de una corriente política reaccionaria como el monarquismo.

Rail: ¿Crees que el monarquismo está regresando a Irán?

Assa: No exactamente. En realidad, la sociedad iraní es heterogénea: no solo existen aspiraciones nacionales entre distintos grupos étnicos en oposición al nacionalismo iraní, sino que además desconocemos el peso real del monarquismo en las distintas clases sociales, lo que dificulta evaluar su fuerza. Hasta donde he podido observar, solo puedo decir que la idea de tener un rey no incomoda a una parte de la población iraní. Si insisto en este punto no es para sobreestimar a los monárquicos —que no son numerosos—, sino simplemente para reconocer su existencia. Esto nos ayuda a ver qué es lo que bloquea la revolución: el nacionalismo. Y también permite mostrar que los monárquicos y los partidarios de la República Islámica funcionan, en ciertos aspectos, como aliados en el freno del proceso revolucionario.

Además, evitó hacer predicciones. Lo que está claro es que la situación política del régimen es muy inestable: muchos esperan una segunda fase del ataque israelí, mientras que la bancarrota económica del régimen permite prever un levantamiento popular en un futuro próximo [a septiembre de 2025]. Los monárquicos cuentan con que Israel aseste un golpe fatal a la República Islámica, esperando además un levantamiento popular que los apoye. Sin embargo, su llamado a salir a las calles cuando las fuerzas armadas israelíes bombardeaban ciudades no fue seguido por nadie.

También creo que la situación geopolítica de Irán es lo suficientemente importante como para que las potencias globales no permanezcan indiferentes ante su destino ni ante la forma política que adopte tras la eventual caída del régimen actual. En realidad, las fuerzas monárquicas intentan hacer creer que el monarquismo es una alternativa preexistente, pero hasta ahora el hijo del Sha no ha sido tomado en serio por los gobiernos occidentales. Su principal aliado por el momento es Israel. Recientemente, el hijo del Sha viajó a Israel para prepararse para la caída del régimen. Esta iniciativa generó numerosas críticas —incluso dentro del propio campo monárquico— por parte de nacionalistas que rechazan cualquier relación con una potencia extranjera que ha atacado a su país.

Rail: Volvamos a la guerra entre Israel e Irán. Has dicho que el nacionalismo iraní ayudó a la República Islámica. ¿Puedes profundizar en eso?

Assa: En efecto, todo ataque contra un país suele despertar sentimientos nacionalistas en su población. En el caso iraní, la situación fue particularmente ambigua durante el conflicto entre Irán e Israel, conocido como la “Guerra de los Doce Días”. La inmensa mayoría de los iraníes detesta profundamente al régimen actual debido a la violencia y brutalidad con la que reprime a su oposición. Y cómo se sienten incapaces de deshacerse de él, no les resulta incómodo ver a sus opresores sufrir golpes mortales. Sin duda, las represalias israelíes contra los mandos de la República Islámica fueron recibidas con satisfacción por gran parte de la población iraní.

Aunque el sentimiento nacional fue herido por los bombardeos israelíes, una parte importante de la población espera pasivamente el próximo ataque de Israel para deshacerse definitivamente de la República Islámica: considera esas acciones militares como algo positivo. Lamentablemente, hay que decir que la idea de ser “liberados” por un Estado como el de Benjamin Netanyahu —cuyo carácter fascista es ampliamente conocido— no incomoda a una parte de la población iraní. Esta indiferencia se explica en parte porque los liberales intentan presentar a Israel como la única democracia real de Oriente Medio, un Estado que funciona, que garantiza libertad de expresión y seguridad económica, etc. Sabemos que esto no es cierto, pero la sociedad iraní está muy lejos de buscar la verdad sobre el régimen israelí. Esto es también resultado del discurso de la República Islámica a lo largo de toda su existencia.

Quisiera detenerme un momento en este punto: Irán ya estaba culturalmente vinculado a la oposición a la ocupación israelí de Palestina mucho antes del nacimiento de la República Islámica. Al convertir la causa palestina en causa de Estado, el régimen alteró la forma en que los iraníes perciben el conflicto israelí-palestino. En efecto, al agitar constantemente la causa palestina mientras reprime a la población iraní, terminó por hacerla detestable para muchos iraníes. Por ejemplo, hace algún tiempo el régimen organizó un desfile de basijis —jóvenes mujeres pro-régimen empleadas para atacar a mujeres que salen a la calle sin velo— portando la bandera palestina.

Sin embargo, no es solo el uso del símbolo palestino lo que lleva a muchos iraníes a percibir la política represiva del régimen como vinculada a ese discurso. En realidad, durante toda su existencia, la República Islámica ha llevado una política exterior cuyo resultado directo para la población iraní ha sido un empobrecimiento constante. Evidentemente, se puede y se debe buscar la razón de esta política devastadora en los intereses económicos de sus dirigentes. Pero para un iraní promedio, el régimen envía dinero a países que considera aliados del “Eje de la Resistencia” —entre ellos, los palestinos. Por eso en los últimos años se ha escuchado —y se sigue escuchando— este lema en asambleas y manifestaciones: “Basta de Palestina, encuentren una solución para nuestra miseria.”

Parece claro que el régimen utiliza el dinero del petróleo para armar diversas formaciones militares y paramilitares en la región pertenecientes al “Eje de la Resistencia”, pero su afirmación de que ese dinero se destina a mejorar la vida de la población en Siria, Irak, Yemen o Palestina es simplemente una mentira.

En cualquier caso, la idea generalizada es que, si el régimen “ama” la causa palestina, los iraníes detestan a los palestinos y su causa, y adoran a su enemigo, Israel, que los masacra.

En mi opinión, aplaudir a Israel —psicológica, moral e ideológicamente— por lo que está haciendo en Gaza expresa un espíritu fascista. Esta actitud, producto del propio régimen iraní, es profundamente lamentable. La sociedad iraní —que apoyaba la causa palestina antes de la revolución de 1979— se ha convertido, si no en favorable al genocidio en Gaza, al menos en indiferente, ya sea por oportunismo —siguiendo la lógica de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”— o por la idea reformista de que lo malo es preferible a lo peor: Israel es malo, pero la República Islámica es peor. Una vez más, las mentes simplistas se niegan a ver la relación entre estos dos regímenes autoritarios y la forma en que se refuerzan mutuamente a través de su antagonismo.

[Protestas por el Día Internacional de la Mujer en Teherán, marzo de 1979. Dominio público, vía Wikimedia Commons. Foto: Mohammad Sayyad.]

Rail: Has descrito varias veces a la República Islámica como “fascista”, lo cual no es una afirmación anodina. Todo el mundo sabe que el gobierno en Irán es un Estado teocrático, una dictadura. Pero, ¿puede realmente llamarse fascista?

Assa: Soy consciente de que el término “fascista” está cargado: tiene un uso histórico bien definido y no debería emplearse de cualquier manera. Sin embargo, sirve para describir la situación política y social en Irán. La República Islámica es el resultado de la toma del poder por fuerzas contrarrevolucionarias: nació de una revolución popular que fracasó. Sus primeras medidas fueron la eliminación sistemática de los sectores radicales de la sociedad, lo que llevó a cabo de forma extremadamente meticulosa. También desató una guerra contra Irak, gracias a la cual pudo movilizar a las masas en torno a su ideología supremacista, una versión iraní del islam: el chiismo. Así logró sofocar toda voz disidente durante la guerra y en la década posterior.

Por todas estas razones, no veo motivo para privar al régimen del adjetivo “fascista”. Sin embargo, si se propone otro término —otro concepto que permita situarlo al mismo nivel que el Estado israelí— estaré encantado de usarlo. En efecto, considero un grave error analítico insistir en el carácter fascista de las prácticas de Israel —en particular el genocidio que está cometiendo en Gaza— mientras se considera al régimen iraní como una simple dictadura. Ese enfoque conduce, en última instancia, a prácticas políticas que terminan reforzando a la República Islámica en su política militarista y en su represión interna, bajo el pretexto de oponerse a Israel.

El discurso que califica a Israel de fascista pero no a Irán suele ser defendido por el ala izquierda del llamado “Eje de la Resistencia”. Los sectores “campistas” o “antiimperialistas” de la izquierda comparan los daños y las muertes causadas por ambos regímenes en conflicto. No comprenden —o fingen no comprender— que la República Islámica, por el solo hecho de existir como amenaza permanente contra Israel, ha empeorado la vida y la lucha del pueblo palestino. Tampoco consideran que Israel vendió armas a Irán durante la guerra Irán-Irak, lo que contribuyó decisivamente a la supervivencia del régimen en ese período. Ni toman en cuenta el discurso abiertamente antisemita de Irán, que permite al Estado israelí amalgamar antisemitismo y antisionismo.

Frente a esta comparación simplista de cierta izquierda, prefiero recordar la frase del comunista de izquierdas Otto Rühle: “Para hablar del fascismo negro, hay que hablar también del fascismo rojo”. Adaptado a la situación actual: para hablar del fascismo israelí, hay que hablar también del fascismo iraní, y viceversa.

Pero más allá de la retórica, si dejamos de lado la simple justificación del uso del término “fascista” para designar al régimen iraní, podemos mirar la cuestión desde la perspectiva de los trabajadores migrantes afganos. A diferencia de una dictadura, un Estado fascista necesita el apoyo activo de su población para llevar a cabo sus políticas. Y todo indica que, lamentablemente, este ha sido el caso en los recientes actos del régimen iraní contra los afganos.

Rail: ¿Te refieres a la reciente expulsión de inmigrantes afganos de Irán?

Assa: Sí. Quisiera aprovechar para hablar de la situación de estos migrantes en Irán. Esto me permitirá también completar mi respuesta anterior: cómo el nacionalismo iraní sostiene al régimen. Debo volver al final del levantamiento tras la muerte de Jina.

Como ya dije al inicio de esta entrevista, el fracaso del levantamiento tomó la forma de un choque entre distintas fuerzas políticas en torno a la integridad territorial. Este conflicto adquirió una amplitud considerable: las fuerzas turcas pro-soberanía se enfrentaron a los kurdos nacionalistas, estos a los persas, los persas a todos los demás, y así sucesivamente. Para controlar este conflicto nacional tras el fracaso, el régimen tuvo que reunir a todos los actores bajo un único lema nacional.

Ese lema ya no podía dirigirse contra el “enemigo exterior” —los países occidentales— porque los iraníes ya no creen en ello desde hace tiempo. Habiendo perdido credibilidad su discurso identitario contra el exterior, el régimen buscó fabricar otro enemigo interno: los trabajadores inmigrantes. Si la mayoría ya no se moviliza contra Israel o Estados Unidos, sí puede alinearse con el régimen contra los afganos que han llegado a Irán para “robar el pan” o “destruir su país”.

En los últimos años, los inmigrantes afganos y sus hijos han sido víctimas de atrocidades no solo del Estado sino también de ciudadanos iraníes. Aunque comparten cultura, idioma y religión con los iraníes, los afganos nunca han sido aceptados en Irán. Sufren todo tipo de discriminación estatal: no pueden vivir donde quieran, no pueden acceder a ciertos barrios ni espacios públicos. Ni siquiera pueden tener una tarjeta SIM a su nombre ni desplazarse libremente por el país. Es extremadamente difícil —a veces imposible— matricular a sus hijos en la escuela. Recientemente incluso se ha llegado a prohibir la venta de pan y medicamentos a los afganos.

Por supuesto, el Estado no podría llevar a cabo estas discriminaciones sistemáticas si no existiera racismo en la sociedad iraní. Pero incluso antes del levantamiento de Jina, un afgano —incluidos los afganos-iraníes— no estaba a salvo de estos actos racistas: son innumerables, especialmente en el caso de los hazaras, fácilmente identificables por sus rasgos asiáticos. Empieza con un insulto en la calle, continúa con una paliza y puede terminar con incendios de viviendas. Desde que tengo memoria, siempre ha existido en gran parte de los iraníes un sentimiento de superioridad respecto a los afganos. No entraré aquí en las razones históricas, culturales o económicas de esto, pero basta decir que circula en Irán un discurso según el cual los iraníes descienden de los arios, de “sangre pura”, lo que legitima una supuesta superioridad racial.

Este discurso se ha vuelto más visible hoy, pero la violencia contra los afganos —en especial los hazaras— no es nueva. En un contexto de crisis política, económica y social, este racismo produce prácticas que sólo pueden describirse como fascistas. También es importante señalar que la cuestión de los trabajadores afganos empieza lentamente a discutirse en la sociedad, especialmente en círculos intelectuales de izquierda.

El régimen, incapaz de garantizar un nivel de vida mínimo a la población, intenta aliviar la presión expulsando a los trabajadores inmigrantes afganos. Para ello necesita la colaboración social, y la guerra le ha proporcionado el pretexto nacionalista ideal.

Sin embargo, la “Guerra de los Doce Días” fue un shock para los iraníes de todas las tendencias políticas. Vieron evaporarse el mito de la potencia militar del régimen y su vulnerabilidad frente al enemigo. Esperaban que la situación evolucionara a su favor, pero al mismo tiempo aumentó la preocupación por su propia seguridad. Luego, tras el fin de los bombardeos, comenzaron a expresar solidaridad con el régimen.

¿De qué manera? El régimen buscó chivos expiatorios para justificar su fracaso, y los encontró entre los sectores más precarizados de la sociedad: los trabajadores afganos. Fueron perseguidos en sus lugares de trabajo, en sus casas e incluso en hospitales. La mayoría de los iraníes no cree la historia fabricada sobre los afganos, pero aun así colaboró con el régimen apoyando su expulsión masiva.

Se estima que entre cinco y seis millones de trabajadoras y trabajadores afganos trabajan en Irán por salarios de miseria. El régimen ha expulsado entre uno y dos millones de ellos en condiciones terribles. Algunos han muerto en los campamentos donde fueron retenidos durante días sin comida ni agua antes de ser deportados a Afganistán.

Los empresarios de la clase media iraní comprenden el valor económico de esta mano de obra barata. Sin embargo, el régimen está tan preocupado por su propia supervivencia que no puede pensar en el daño inmediato que esto causa a ese sector aún productivo de la burguesía. Además, la situación de la clase trabajadora iraní es tan catastrófica que el régimen asume que, tarde o temprano, tendrá que sustituir a la mano de obra migrante en sectores mal pagados y duros.

Rail: ¿No es cierto que la situación material de los iraníes también implica falta de agua y energía?

Assa: Sí, pero antes de responder quisiera dar algunas cifras para comprender mejor la magnitud del colapso económico: una familia obrera de cuatro personas necesita alrededor de cuarenta y ocho millones de toman al mes para sobrevivir en una ciudad cara como Teherán, mientras que el salario mensual de un trabajador no supera los catorce millones de toman, es decir, menos de 100 dólares. La amenaza de guerra y las sanciones han empeorado esta situación, al mismo tiempo que han empobrecido a la clase media hasta el punto de poner en riesgo su reproducción social.

Respecto a la falta de electricidad, los expertos señalan que se debe a la falta de inversión en la modernización de los medios de producción. Hay enormes pérdidas en la red de distribución, lo mismo ocurre con el agua y el gas. También parece que se mina mucho Bitcoin en Irán para obtener criptomonedas y eludir sanciones, lo que contribuye a los cortes diarios de electricidad.

Sin embargo, estos cortes no afectan a todos por igual: las ciudades pequeñas y los pueblos sufren mucho más que los grandes centros urbanos y los barrios acomodados. De esta manera, el régimen intenta reducir el riesgo de levantamientos en las grandes ciudades.

En cuanto al agua, hay que recordar que Irán atraviesa una sequía desde hace unos cinco años, pero ese no es el único factor: también hay una mala gestión de los recursos hídricos. En Isfahán, por ejemplo, el suelo se está hundiendo porque los acuíferos subterráneos han sido sobreexplotados para la agricultura, en el marco del sueño del régimen de lograr autosuficiencia alimentaria. En el noroeste, el lago Urmia —el más grande de Irán— ha sido secado por la construcción de represas.

Como resultado, en pocos años las grandes ciudades se verán afectadas por la sal transportada por el viento, que seca todo a su paso (esto ya está ocurriendo). Muchos ríos y lagos han desaparecido directa o indirectamente por intereses económicos de mafias vinculadas a la Guardia Revolucionaria, que se benefician de la extracción de petróleo o minerales en esas zonas.

Hace algunos años, en respuesta a un movimiento de protesta, un clérigo declaró: “No nos iremos. Pero si nos vamos, dejaremos la tierra quemada”. Personalmente, temo que puedan cumplir esa amenaza.

Rail: ¿Qué podría detener a los ayatolás de hacer eso?

Assa: Ah, la pregunta sagrada. En realidad, la lucha no se detendrá mientras no se responda esto: ¿qué hacer?

En un contexto de guerra, con arrestos masivos bajo acusaciones de espionaje para Israel y ejecuciones por ese motivo, siguen existiendo protestas aquí y allá. Ha habido recientemente una en Baluchistán, reprimida violentamente. Jubilados se movilizan semanalmente por sus pensiones pese a la represión. En Shiraz hubo protestas por la falta de agua y electricidad. En algunos pueblos, los habitantes bloquean carreteras por la escasez de agua.

Entre los trabajadores, destaca la huelga en la fábrica de aluminio de Arak, que ha durado más de cincuenta días. Tras semanas sin respuesta, los trabajadores fueron amenazados con despidos y arrestos por la policía política (VAVAK[2]). Algunos iniciaron una huelga de hambre, incluso negándose a tomar agua, exigiendo mejoras en las condiciones laborales tras la muerte de dos compañeros, así como la destitución del director de la fábrica y el pago de salarios.

Aunque se trata de una huelga defensiva, muestra que el movimiento obrero sigue presente en Irán.

Desde el punto de vista del militancia, es importante volver al movimiento “Mujer, Vida, Libertad”, no solo para recordar a sus mártires y su carácter radical, sino para analizar sus límites. Algunos compañeros lo fetichizan, como si conservaran la piel que la serpiente ha mudado. En mi opinión, hay que mirarlo críticamente, incluso preguntarse qué significa “Mujer, Vida, Libertad” cuando Netanyahu lo retoma.

Rail: Un artículo del Financial Times en enero de 2026 sugiere que los Guardianes de la Revolución podrían asumir un papel decisivo en un eventual cambio de régimen, especialmente tras la muerte del ayatolá, incluso como alternativa a la teocracia. ¿Qué opinas?

Assa: No es la primera vez que escucho esa idea. Prefiero no hacer predicciones. Sin embargo, quiero subrayar el papel importante de Ali Khamenei. No solo es una figura “sagrada” para el aparato represivo, sino que encarna el poder de Dios. Por eso un basiji —que no tiene los mismos privilegios materiales que los mandos de la Guardia Revolucionaria— no duda en ejecutar su voluntad de matar a quienes se oponen. Sin esa figura “sagrada”, el régimen tendría dificultades para movilizar a sus fuerzas represivas; al menos tendría que recurrir a mercenarios (lo que parece haber ocurrido en la reciente revuelta, aunque debe confirmarse).

Dicho esto, la Guardia Revolucionaria está sentada sobre una montaña de oro: no es imposible que, para proteger sus intereses económicos, negocien con Occidente para mantenerse en el poder en caso de “cambio” de régimen.

Rail: La rebelión de enero de 2026 parece haber sido una de las más importantes en años. ¿Qué lectura haces de estos acontecimientos?

Assa: Este episodio del movimiento contra la República Islámica merece un análisis cuidadoso. Hay dos elementos nuevos.

  1. Primero, el levantamiento comenzó el 28 de diciembre de 2025 con una huelga en el bazar de Teherán, extendiéndose luego a pequeñas ciudades del oeste. Que un sector como los bazaríes —históricamente conservador y en parte aliado del régimen— iniciara la protesta es significativo: muestra hasta qué punto el régimen ha perdido apoyo social y solo se sostiene por la represión.
  2. Segundo, desde el inicio aparecieron llamados al retorno del régimen monárquico, primero en el bazar y luego en ciudades pequeñas. En regiones como Lorestán, Ilam o Kohgiluyeh, se escucharon consignas a favor del hijo del Sha, lo que incluso sorprendió a los monárquicos en el exilio.

Sin embargo, sería simplista concluir que los iraníes quieren volver atrás. Pero también lo sería ignorar que el monarquismo tiene hoy una base social cuyo alcance desconocemos. Los monárquicos manipularon la información, difundiendo solo imágenes favorables y alterando videos.

Creyendo que el momento era favorable, el hijo del Sha llamó a ocupar instituciones estatales el 8 y 9 de enero, prometiendo ayuda estadounidense y apoyo militar para derrocar al régimen. Trump también amenazó con intervenir. Esto alentó a sectores de la población a salir a la calle. El resultado fue una gran movilización, seguida por una represión masiva tras el corte de internet: miles de muertos en dos noches, según estimaciones.

Desde este punto de vista, sí: se abre una nueva fase. Por un lado, el movimiento revolucionario queda debilitado por la represión. Por otro lado, queda más claro que quienes desean un cambio real están atrapados entre dos fascismos: el que gobierna hoy y el que aspira a volver.

Aun así, el intento monárquico de capitalizar la situación probablemente hará que nuevas generaciones cuestionen más seriamente su rol.

Lo que está claro es que las consecuencias de esta masacre aún no se han procesado. Si hubiera una guerra entre Estados Unidos y la República Islámica, surge la pregunta: ¿esas personas heridas y marcadas por el odio terminarán defendiendo a su propio verdugo en nombre del nacionalismo iraní? No lo creo; al menos, eso espero.


[1] Véase A. Asseh, “The Jina Rebellion,” Disponible en: https://brooklynrail.org/2023/05/field-notes/The-Jina-Rebellion/

[2] Esta abreviatura se usa a menudo para referirse al Ministerio de Inteligencia de la República Islámica de Irán, con el fin de recordar la afinidad entre esta organización y la SAVAK (Organización de Seguridad Nacional e Información) de la época del Shah, que operaba de la misma manera: responsable del terror y la tortura en el país. Muchos miembros de la SAVAK fueron reclutados por la VAVAK.

Autor: colapsoydesvio

ig: https://www.instagram.com/colapsoydesvio/

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