Este ensayo es una adaptación de una plática que se ha dado de diferentes formas en los últimos seis meses en tres reuniones en tres regiones de Estados Unidos. Surge de los esfuerzos más amplios de algunes[1] revolucionaries no blanques radicades en y alrededor del suroeste de los Estados Unidos que están realizando pláticas, talleres y discusiones en un esfuerzo por combatir formas liberales y contrarrevolucionarias de políticas identitarias que se presentan a sí mismas como militantes y anarquistas.
Aquí, Haraami ofrece un diagnóstico de cómo las formas contrainsurgentes de políticas de identidad se aprovechan de las escenas y los entornos como incubadoras de una competencia social aislada e inconstante, y hace un llamado a les revolucionaries a enfocarse en la fidelidad a los levantamientos y en cuestiones prácticas de la revolución. Pueden descargar una versión zine de este artículo en su versión en inglés aquí.
“Desaprende las políticas de identidad y de aliades que aprendiste en las universidades y las ONGs. Son herramientas de contrainsurgencia y te hacen realmente una persona jodidamente molesta.” —Wendy Trevino
1.
El radicalismo de BIPOC[2] es un nombre impreciso para una serie de dinámicas y tendencias resbaladizas que alientan hábitos represivos, discursos y patrones de cómo actuar en nuestros movimientos. No nombra una identidad o bloque político coherente, alguna fuerza externa o conspiración a ser contrarrestada, pero sí es un elemento del panorama social de la contrainsurgencia que puede fluir a través de todes nosotres de diferentes formas y en combinaciones a lo largo del tiempo y el espacio. Donde emerge, sofoca y apaga los fuegos que sostienen la cultura militante.
El radicalismo BIPOC no es sinónimo de un radicalismo no blanco, radicalismos que se toman en serio la pregunta de la raza a niveles políticos, estratégicos, personales y comunales, o de radicalismos que se basan en formas no occidentales de ser y linajes de resistencia. Nombra una mezcla particular de elementos de políticas de identidad esencialistas, una retórica de seguridad y vulnerabilidad y políticas de deferencia —con tendencias de radicalismos más rígidos— moralismo, crítica destructiva, policía interna y la formación de entornos cerrados delimitados por un lenguaje insular compartido. El radicalismo BIPOC comparte muchas características con olas previas de radicalismo que emergieron de subculturas queer y feministas, que a menudo se superpone con éstas, aunque la especificidad de identidad racial fomenta dinámicas y obstáculos únicos. Aunque se trata más a menudo y se refiere a la categoría de “BIPOC”, también puede referirse a cualquier subcategoría relacionada en cualquier momento —Negre, Marrón (o Morene), Indígena, Palestine, inmigrante, y otras.
De lo contrario, podría reconocerse como “liberalismo radical BIPOC”, “autoritarismo identitario o racial”, “esencialismo racial radical” o “contrainsurgencia racial identitaria” (incluso cuando se promulga por participantes genuinos de un movimiento). Mientras cada nombre enfatiza diferentes aspectos de esta tendencia, y cada uno tiene sus propias limitaciones, utilizó “radicalismo BIPOC” para enfatizar dos cosas: primero, cómo estas políticas se fusionan alrededor de un conjunto particular de identidades bajo el paraguas de “BIPOC” y la vista taxonómica de la identidad racial de la cual depende. Segundo, cómo pretende representar una política radical genuina, tal vez hasta la más radical, de formas que lo hace más difícil de confrontar que sus contrapartes ideológicamente más liberales. En la intersección de “BIPOC” y “radicalismo” surge un conjunto de ideas que pretenden representar la facción más radical de personas actoras políticas no blancas, y así representar la insurgencia anticolonial misma.
Ya sea que estas tendencias se manifiestan como una vigilancia internalizada de otros participantes en un movimiento o como nuestros impulsos autocanibalizantes hacia el conflicto y la crítica, actúan como multiplicadores de fuerza para las maniobras activamente represivas de nuestros enemigos en el Estado y las clases dominantes. En nombre de la liberación, retroceden clandestinamente en el marco mismo de la identidad racial, uno de los movimientos originarios de la contrainsurgencia que inauguró el mundo moderno/colonial, que convirtió los mundos de vida y las relaciones en poblaciones y cuerpos, sujetos u objetos de poder y violencia. Disfrazadas en la máscara del radicalismo, estas tendencias explotan contradicciones reales y líneas de falla en nuestros movimientos de manera autorrepresiva. Lo más importante es que el radicalismo BIPOC es represivo de aquellos de nosotros llamados “BIPOC,” locking nosotros en un ciclo de impotencia que sofoca el crecimiento de la insurgencia anticolonial autónoma.
2.
El radicalismo BIPOC no ha superado las limitaciones fatales de los radicalismos (blancos), y muchas veces intensifica o repite los mismos dramas. No es un movimiento conectado a la autoorganización autónoma de les colonizades, sino una escena dentro de una escena. Está definido por una ira impotente contra la escena existente y un resentimiento de otres por cosas de las que no nos creemos capaces. Limitado a una crítica de les otres, el radicalismo BIPOC evita la tarea de trazar una visión positiva de cómo se ve un proceso revolucionario, de cómo superar los límites que cada ciclo de luchas y levantamientos alcanzan.
Esta tendencia, implícita o explícitamente, adopta lenguaje —“impactades directamente,” “centrar,” “seguridad,” “alianza”— que viene de linajes de universidades y organizaciones sin fines de lucro, de políticas destinadas a proteger a la clase media (incluyendo a la clase media o clase aspiracional BIPOC). El radicalismo BIPOC ha heredado un lenguaje político que es producto de los límites y las derrotas de las posibilidades revolucionarias del siglo XX —las doctrinas de contrainsurgencia que desmembraron movimientos revolucionarios a nivel mundial y la desviación de la autoorganización revolucionaria de les colonizades a los diseños de las burguesías nacionales que construyeron la era actual de capital multinacional y de estados autoritarios. Aunque estos marcos políticos antes pertenecían exclusivamente a les liberales, la explosión post-2020 del Complejo-Instagram-Infografía-Industrial ha producido una nueva ola de radicales BIPOC que mezclan el marco liberal identitario con posicionamientos políticos más anárquicos sobre las organizaciones sin fines de lucro, el estado y la ayuda mutua.
Al igual que en otras escenas radicales, esta escena produce un lenguaje insular y una estructura para la actividad aceptable, que en realidad se cierra a la rebeldía desordenada de la autonomía y la autoorganización. La ejecución hipotecaria de un horizonte revolucionario, el borramiento de prácticas realmente insurgentes que animan ciclos previos de lucha y una falta de habilidad de superar los límites que enfrentan estas luchas, han llevado a una retirada de lo interpersonal a expensas de todo lo demás. El antirracismo se convierte en política de autoayuda para BIPOC obsesionades con el trauma y para las personas blancas culpables por igual.
Personas individuales racializadas combinan sus propios deseos, opiniones y miedos con aquellos de todas las BIPOC. Luego, combinan esas suposiciones con posicionamientos políticos con el medio, dando la falsa impresión de que estas emociones son sentidas de forma general. Los conflictos que son fundamentalmente sobre la ética por la cual nos relacionamos unes con otres o las estrategias que perseguimos en nuestras conspiraciones, son malinterpretadas como divisiones identitarias simples. Les BIPOC radicales son absueltes de su propia complicidad o pasos en falso en estas dinámicas, y convierten en armas las políticas de autenticidad para borrar o socavar a otras “BIPOC” que toman posturas contradictorias que socavan sus pretensiones de representación. En sus formas más destructivas, les proponentes más fuertes de dichas políticas causan la autodestrucción de movimientos en los que se involucran a través de la imposición de su doctrina política rígida, y sus hábitos de conflicto y llamadas de atención, sofocando cualquier posibilidad de que se les haya pasado algo por alto en su estrecho análisis.
3.
El radicalismo BIPOC produce una comunidad compartida de crítica infeliz que, en última instancia, no es sostenible. Borra y reprime la heterogeneidad y disenso inherentes que acechan dentro de cada identidad política, lo que eventualmente resurge como líneas de falla y fuentes de más decepción.
Muchos espacios de BIPOC están definidos casi en su totalidad por criticar o diferenciarse de la gente blanca, les blanques de izquierda, les anarquistas blanques. Esta crítica compartida produce un falso sentido de política compartida y de seguridad. Aunque los caucus BIPOC se presentan como que representan una experiencia o identidad compartida, el encuadre auto selecciona quién se presenta—se presentan aquelles que ya se alinean con un marco identitario, y aquelles de nosotres interesades en algo diferente, nos quedamos a una distancia, callades, o estamos actuando en otras partes.
Definirse a sí misme por la crítica es una salida fácil, porque la crítica es un músculo fácil. Estamos entrenades en esto por una sociedad del espectáculo y mediada por redes sociales que nos enseña a experienciar nuestra agencia a través del hecho de expresar ideas correctas–la práctica de la crítica en sí misma como poder en un mundo donde estamos separades de nuestra agencia colectiva. La crítica es fácil porque refuerza nuestra distancia del desorden de una situación en las que somos retados a experimentar dentro de un conjunto de límites prácticos. La crítica nos permite juzgar fácilmente y categorizar a las personas y los eventos en un marco moral de bueno o malo.
La ironía más cruel es que, una vez que el blanco fácil de la persona blanca es eliminado de la imagen, estos espacios usualmente se devoran a sí mismos en ciclos viciosos de crítica y conflicto. Los conflictos son amplios en contenido: las peleas sobre clasificar si alguien es blanque o “pasa por blanque” frecuentemente repasan la lógica de la ciencia racial, con les BIPOC agarrándose de sus calibradores para guardar la entrada de su espacio seguro; fragmentaciones en líneas intra-identitarias de clase y aspiraciones de clase, género, sexualidad, discapacidad, crean escenas aún más insulares en un fractal identitario; conflictos sobre políticas y estrategia en el contexto específico de luchas reales revelan nuestra falta de afinidad. Aún el marco de BIPOC anarquista es limitante, pues aún la identidad anarquista está llena de sus fragmentaciones internas en preguntas personales, teóricas y estratégicas: anarquista social, insurreccional, nihilista, comunista autónoma.
Cuando el polvo se asienta, los espacios “BIPOC” colapsan y los espacios “anarquistas blancos” permanecen, y nos quedamos con escoger entre el agotamiento o encontrar una posibilidad entre la complejidad.
4.
El radicalismo BIPOC convierte la identidad racial en una categoría moral en lugar de una política. El moralismo identitario ofrece un marco simplista de juzgar eventos y organizaciones en base a lo que se cree que son y las identidades de las que están conformadas, en lugar de lo que están haciendo. La crítica reflexiva de “este espacio/táctica/acción/ideología es blanca” realmente nos dice poco sobre el objeto de su crítica. Describir lo que un cuerpo o colección de cuerpos es, particularmente en términos de las identidades inscritas en éste, nos dice poco sobre lo que deseamos, lo que podemos hacer, lo que podemos construir o destruir como parte de la lucha en contra del mundo colonial. Animades por la búsqueda del espacio perfecto con una composición racial idealizada, donde supuestamente estará presente el “verdadero sujeto revolucionario BIPOC”, nos alejamos del desorden de la realidad: que hacemos la revolución en las condiciones en las que nos encontramos, con las personas que se presentan, no en las condiciones que desearíamos tener.
Este moralismo identitario se cierra en la identidad como posicionalidad estática que une nunca puede comprometer, desestabilizar o escapar, atrapando a la gente blanca y racializada por igual. El juicio de espacios y acciones en base a la composición racial real o percibida de un espacio, o suposiciones sobre la naturaleza “privilegiada” de la militancia, nos cierra a las posibilidades y agencia a ser encontradas en dichos espacios—sean acciones masivas, convergencias, proyectos de infraestructura o redes militantes. Lamentarse sobre la naturaleza supuestamente privilegiada de la militancia no niega la necesidad de actividades militantes como bloqueos, ocupaciones, motines, sabotaje y otras. El moralismo de esta posición participa en el borramiento real de militantes racializades anticoloniales con principios que participan en estos espacios o acciones.
El moralismo identitario amenaza con restringir las afinidades promiscuas y poderosas que fluyen a través de posicionalidades y reemplazarlas con una no-afinidad identitaria rígidamente encajonada. Las expectativas sobre “centrar” traicionan un inversión en la lógica de la visibilidad, que no logra comprender algo tan insurgente si las identidades correctas no están representadas en posiciones que se creen autoritarias. Por un lado, esta expectativa, expone a aquelles malinterpretades como “más vulnerables” a riesgos mayores de visibilidad y trabajos superiores de liderazgo. Por otro lado, nos encierra a hablar primero cómo y por las identidades que nos fueron inscritas, en lugar de hablar desde y por nuestros deseos y capacidades. La obsesión con nuestro ser, con quiénes somos actualmente en este mundo, con enlistar identidades y privilegios, suprime nuestra imaginación y experimentación con lo que podemos llegar a ser más allá de este mundo, en lo que podemos convertirnos en la lucha contra este mundo. Los intentos de capturar una foto de nuestra posición se pierden del movimiento, nuestro movimiento constante hacia algo más. Nos enfocamos tanto en ver y nombrar las paredes de la jaula en la que estamos, que la reforzamos, perdiendo el enfoque sobre las formas de escapar, pelear, sacudir y romper la jaula.
5.
El radicalismo BIPOC define la identidad a través de la victimización y la vulnerabilidad, en lugar de la agencia y la acción, y permanece atrapado en un ciclo negativo de impotencia. Cuando se invoca a las personas negras, indígenas o racializadas, usualmente es para nombrar algún tipo de lesión o riesgo: “las personas BIPOC tienen un riesgo más alto de arresto y enfrentan peor represión”, “las personas BIPOC no se sienten al centro o escuchades en este espacio”. Este encuadre es particularmente potente en activar la culpa de les radicales blanques bien intencionades, que luego se autorizan a sí mismes para pelear en nombre de sus aliades “BIPOC” y destruyen otros espacios en los que están en nombre de las Cruzadas de Culpa Blanca.
Cuando se invoca la categoría de “BIPOC”, es sumamente desmovilizante. Los miedos a la vulnerabilidad llevan a la aversión del riesgo, vigilancia de la paz y a restringir nuestras actividades a actividades puramente no confrontativas—eventos comunitarios y de ayuda mutua romantizados y sin dientes, manifestaciones espectacularizadas y la ocasionalmente altamente planificada acción directa no violenta. Cualquier otra cosa que se salga de este molde —la revuelta espontánea, acciones autónomas en una marcha grande, actividad descentralizada, marchas no planificadas o separatistas, el caos emergente de la insurgencia— es estigmatizada por poner a “otres en riesgo”. Las realidades de la represión son reducidas a casillas de verificación simplistas, descontextualizadas e materialistas de un mapeo de poder y privilegio en identidades raciales predefinidas, sin importar la cantidad real de represión experimentada—vigilancia, golpes en la puerta, interrogación, inestabilidad financiera, encarcelamiento. Las conversaciones estratégicas sobre el riesgo, el coraje y la represión, son reemplazadas con declaraciones generales sobre la seguridad que sofocan los fuegos de la resistencia; nos da miedo la otra gente que está ejerciendo la agencia y autonomía que nos negamos a nosotres mismes.
El radicalismo BIPOC desungula su resistencia bajo el marco de la victimización y la vulnerabilidad, pero ofrece una crítica impotente cuando el organizarse es inevitablemente cooptado por las organizaciones sin fines de lucro. La cooptación no es accidental, sino está construida sobre las limitaciones del radicalismo BIPOC. Los ambientes impregnados de esta política heredan mucho de su marco organizativo, no del ethos anárquico de la auto-organización, ni de las lecciones aprendidas en el desorden caótico de las revueltas masivas de las décadas pasadas, sino de un Activista™ (entorno arraigado en marcos especializados de protestas, visibilidad y espectáculo muy planificados, y una noción abstracta de construcción de comunidad y de ayuda mutua). Todas estas formas de actividad son fácilmente adoptadas por las organizaciones sin lucro, que muchas veces pueden fácilmente organizarse mejor que les radicales BIPOC, con sus redes bien financiadas y sus capacidades mediáticas. Al exorcizar el espectro de la resistencia no regulada, el radicalismo BIPOC se deja a sí mismo, abierto a un ciclo sin fin de cooptación y de crítica impotente.
Una vez desmovilizado, desungulado y cooptado, lo único que le queda al radicalismo BIPOC es una política de queja que es perversamente dependiente del entorno radical blanco que critica. La crítica de acciones, convergencias y eventos que no cumplen los estándares del entorno político, enmascaran una impotencia y dependencia subyacentes; les radicales BIPOC han renunciado a la auto-organización autónoma que les daría el poder de lucha y construir en sus propios términos, y son reducides a hacer demandas y registrar quejas de les radicales blanques. A la larga, el entorno radical blanco mantiene su posición central y su poder, mientras que les radicales BIPOC han abandonado por completo su propio poder con la expectativa de que les aliades blanques radicales van a servirles y abastecer sus necesidades. En lugar de reconocer los recursos y oportunidades únicos que están a su disposición y formar estrategias para actualizar sus propias visiones, les radicales BIPOC son reducides a una posición de insatisfacción impotente con lo que otres están haciendo.
6.
Las políticas de deferencia del radicalismo BIPOC van en contra de la necesidad de una lucha conjunta con principios, la reflexión crítica y el internacionalismo. Las invocaciones de “centrar a les BIPOC” y “seguir el liderazgo BIPOC” son constantes en estos espacios. En la práctica, usualmente significa agarrar a cualquier persona racializada presente en la habitación que está vocalizando una crítica en particular, como autoridades incuestionables. Disentir políticamente es invalidar las “experiencias vividas” de otres.
Sin duda, los espacios políticos deben responder a las emociones, deseos y necesidades de las personas en ellos. Pero esta respuesta debe ser guiada por principios, estrategias y políticas en un espíritu de lucha colectiva y de crítica mutua. No puede ser liderado puramente por la respuesta interpersonal de personas complacientes siguiendo acríticamente a líderes carismátiques —y hay muches de eses anarco-influencers y narcisistas indentitaries mezquines entre les radicales BIPOC y su ejército asociado de aliades blanques.
Para les llenes de culpa (tanto blanques y personas racializadas), esta respuesta es un paliativo fácil—no requiere que nadie desarrolle sus propios principios y políticas, que estudie y experimente prácticas insurgentes, se ponga en riesgo de un conflicto político con otres. A menudo, el “escuchar a las BIPOC” termina siendo una taquigrafía de escuchar a aquelles que están de acuerdo contigo o validan tu propio liberalismo, aversión al riesgo y activismo cómodo. En el mejor de los casos, terminas en un mar de activistas pasives que no pueden tomar iniciativa o desarrollar sus propias estrategias para empujar el horizonte de la revolución. En el peor de los casos, llevas a las masas de nuevas activistas a la manipulación de líderes autoproclamados y egoístas que tienen práctica en convertir esta culpa en una arma de silencio crítico, empujando a las personas a una moledora de carne de activistas que deja a la gente agotada y desilusionada.
Si entendemos la raza como una modalidad de gobernanza que impone roles sociales, distribuciones del trabajo y categorías de ser y no ser, entonces el radicalismo BIPOC es una inversa gerencial de esta forma de gobernanza. Usando la culpa, el control y la supresión de las afinidades revoltosas, y la purga de deseos disidentes, manipula el terreno de un movimiento. El hecho de que este gesto sea en respuesta a un sentido de impotencia de cara con el mundo colonial, no lo hace liberador.
La verdad desafortunada es que: el/la/le radical BIPOC que está en la habitación puede no tener buenas ideas sobre estrategia y táctica, y no debería ser escuchade necesariamente. Pueden estar proyectando sus propios miedos y ansiedades a la situación. Tal vez en realidad no tienen la misma “experiencia vivida” de explotación o represión que otres en la habitación. Sobre todo, no son las únicas personas a partir de las cuales deberíamos estar desarrollando nuestras políticas. Si sólo escuchamos a las BIPOC de estas habitaciones insulares, ignoraremos las fuerzas anticoloniales de insurrección que existen y de las que más podemos aprender.
¿Escuchas a el/la/le radical BIPOC ansiosa que le está diciendo a las personas que no actúen de manera autónoma, o a les alborotadores negres que están destrozando automóviles y tirándole fuegos artificiales a la policía? ¿Escuchas a les organizadores de la diáspora de clase media cuya solidaridad está contenida por su propia posición de clase y sus ansiedades? ¿Escuchas a les militantes anticoloniales que podrían no estar en la habitación que han abogado por estrategias más insurgentes —incluyendo a aquelles en el sur global exigiendo una solidaridad escalada y militante? ¿Te das cuenta cuando no hay una voz BIPOC unificada, un liderazgo BIPOC en la habitación? ¿Quién tiene mayor necesidad de tu solidaridad? ¿Cómo vas a escoger?
Des-orientándonos
El radicalismo BIPOC no tiene la verdadera hegemonía sobre las identidades que afirma representar. A lo largo de cepas previas de radicalismo y olas de insurgencia, encontramos corrientes que realmente pueden minar este identitarismo con políticas de afinidad, complicidad y acción militante autónoma a niveles estratégicos para darle fin al mundo colonial. Debemos encontrar nuestro camino hacia estas corrientes para ir más allá de los límites a los que nos enfrentamos actualmente. Algunas propuestas preliminares de cómo podríamos hacerlo son:
a.
Seguir el horizonte de un anticolonialismo insurgente, no a identidades o líderes. El anticolonialismo es un término suelto, imperfecto, pero uno que quiero salvar de la destrucción del siglo XX. Desgarrando el bagaje de la representación, nacionalismo y liderazgo que dirigió los movimientos anticoloniales hacia el capitalismo autoritario postcolonial, podemos ver el hilo vivo del anticolonialismo en la autoorganización de les colonizades y les globalmente oprimides. Este hilo se remonta a las revoluciones abortadas, parciales de liberación nacional, tomando de los legados de masas de personas colonizadas y oprimidas que rehicieron sus vidas y se han transformado en el proceso. La secuencia creciente de insurrecciones contra el estado y el capital, el derrocamiento de las élites locales o transnacionales, es donde la fuerza continúa viviendo.
Esta insurgencia aparece como una hidra, Acéfala, como masas y multitudes, campamentos y disturbios, asambleas y redes. En donde aparece un líder, una portavoz, un representante, un centro, podemos ver un arrastre de la contrainsurgencia. Aquelles dedicades a esta insurgencia deben participar en la autodefensa de estas fuerzas que frustran los intentos de aquelles que quieren recapturar la insurgencia en el terreno de la identidad, legibilidad y visibilidad.
b.
El anticolonialismo insurgente debe ahuecar y descentrar el centro, y descentrarnos a nosotros mismos. Es un proceso que no se trata sobre nosotres y nuestras individualidades, sino de un rehacer total del mundo y nuestra subjetividad. El anticolonialismo va a requerir que pensemos, sintamos, deseemos y seamos diferentes. No deberíamos confundir nuestro ser actual por les seres que el proceso revolucionario puede hacer posible. Cada paso que tomemos en este proceso va a ser espantosamente emocionante y dolorosamente transformativo. Moverse en una multitud masiva, chocar con la policía, destruir propiedades, deliberar en asambleas masivas, cultivar y preparar comida a grande escala, distribuir medicina guerrillera–después de cada experiencia que nos empuje más cerca de este horizonte, encontraremos nuestras ideas, pasiones y hábitos fundamentalmente alterados.
Este proceso requiere que nos adentremos en el poder propio—poder al que le tememos y que resentimos en otres y en nosotres. No podemos saber en qué nos convertiremos desde el inicio. Debemos aceptar esta incertidumbre, este riesgo, de sumergirnos de cabeza en lo desconocido sin las garantías cómodas que les Activistas™ nos ofrecerían. Lo hacemos porque sabemos que lo que vamos a encontrar es mucho más alegre, poderoso y sobrevivible de lo que este mundo y los entornos parasitariamente dependientes de éste puedan ofrecer. Si tomamos esto en serio, podríamos hacer a la gente blanca irrelevante para lo que estamos haciendo.
Podemos sentir nuevas capacidades creciendo en nosotres, y el crecimiento de estas capacidades nos conecta a amigues y co-conspiradores en todo el mundo. Al redescubrir nuestros recursos, tradiciones y habilidades que traemos a la guerra contra este mundo, escapamos de los hoyos de nuestro resentimiento de lo que les radicales blanques tienen. Nos convertimos en una fuerza capaz de organizar nuestras propias necesidades, construir nuestro propio material de base, sin depender ya de otres. Haciendo eco de Assata—que hizo eco de Marx—no tenemos nada que perder más que nuestras cadenas.
c.
Seguir este horizonte va a volar en pedazos las identidades que hemos heredado, habilitando nuevas formas de relacionamiento, afinidad y vida comunal sin los límites de las ficciones violentas de identidad que hemos heredado del mundo colonial. Abolir no sólo nuestras identidades, sino también un mundo que pueda producir dichas identidades, significaría comunizar todas las cosas, la toma de todos los medios de nuestra vida colectiva y el reforjamiento de las relaciones sociales que necesitaremos para mantenerlas con vida. Este proceso procede de formas lentas, moleculares, en la vida cotidiana y explota rápidamente durante rupturas y crisis. Debemos quitar nuestra atención de la pregunta de la identidad y el liderazgo y ponerla en las preguntas sobre nuestras prácticas, infraestructuras, movimientos y cómo pueden continuar avanzando las insurrecciones en contra del reino global del capitalismo racial.
Esto es un hacer, no un ser—o un hacer siendo totalmente fuera de control. No debemos dejar de pensar sobre la composición de nuestros movimientos y cómo podemos traer a nuevos sectores de la sociedad a este proceso insurgente–de cómo generalizar la insurgencia, particularmente entre les colonizades. Pero no podemos estar sólo obsesionades con quién está haciendo algo con la exclusión de lo que están haciendo. Un proceso de insurgencia tal no reforzará las líneas identitarias que hemos heredado, sino las explotará en pedazos y permitirá formas nuevas, no imaginadas, de relación, afinidad y vida comunal, sin los límites de las ficciones identitarias violentas que hemos heredado del mundo colonial. En este mundo que se resquebraja todavía hay posibilidades que se encuentran donde las personas están experimentando con este proceso, más allá de sus identidades particulares.
Ahorita no hay, y tal vez nunca lo ha habido, una experiencia BIPOC o una comunidad BIPOC. Muches continuarán habitando comunidades definidas por líneas étnicas, lingüísticas y culturales en pos de la Raza. Muches otres ya viven en relaciones mucho más promiscuas, en comunidades no normativas que desafían clasificaciones fáciles de identidad. Independientemente de dónde nos encontremos, vamos a necesitar una ética compartida de socialidad y conspiración: de cómo vivir bien entre nosotres y cómo luchar juntes.
En todos lados la gente está haciendo fuegos—fuegos para quemar las infraestructuras de este mundo y las identidades adscritas a éstas, fuegos para juntarse alrededor de éstos en formas nuevas de vida comunal con sostén, historias y canciones compartidas. Para seguir el horizonte del anticolonialismo insurgente, siga los fuegos.
Lecturas, Inspiraciones, Influencias
Athena. “Addicted to Losing.” Ill Will, 2024.
Táíwò, Olúfémi O. »Being-in-the-Room Privilege: Elite Capture and Epistemic Deference.” The Philosopher, vol. 108, no. 4. 2020.
“The Fantasy and Fate of Ethnic Studies in an Age of Uprisings: An Interview with Nick Mitchell.” Undercommoning, July 2016.
Shemon. “Fanon, Floyd, and Me.” Hardcrackers, May 2021.
Robinson, Idris. “How it Might Should Be Done.” Ill Will, August 2020.
Bey, Marquis. “Impossible Life: A Meditation on Paraontology.” Ill Will, April 2023.
Bey, Marquis. Black Trans Feminism. (Duke University Press: 2022).
CROATAN. ”Who Is Oakland: Anti-Oppression Activism, the Politics of Safety, and State Co-optation.” Escalating Identity, April 2012.
Wang, Jackie. “Against Innocence: Race, Gender, and the Politics of Safety.” LIES Journal, Vol. 1. 2022.
Moten, Fred and Stefano Harney. The Undercommons: Fugitive Planning and Black Study. (Minor Compositions: 2013).
bergman, carla and Nick Montgomery. Joyful Militancy: Building Thriving Resistance in Toeic Times. (AK Press/Institute for Anarchist Studies: 2017).
[1] [Para este texto traducido, se utilizará una “e” en lugar de una “o”, “a” o “x” para mantener un lenguaje incluyente y que además pueda facilitar su lectura o audio].
[2] [BIPOC es una acrónimo que se refiere a “Black, Indigenous and People of Color”, es decir, “Personas Negras, Indígenas y de Color” (o racializadas), o todas las personas que no son blancas. Es un término que surgió con el movimiento de Black Lives Matter (Las Vidas Negras Importan) en 2020, en Estados Unidos, para referirse (y supuestamente conglomerar) a comunidades marginadas y la solidaridad que puede existir entre personas racializadas, excluidas y violentadas dentro de un sistema racista. En esta traducción se utilizará el acrónimo BIPOC para respetar esta forma de enmarcar el concepto y sobre todo, las críticas que se plantean en torno a éste].