Por: Amapola Fuentes
Este texto es la continuación de «Estéticas del Desecho y Chamanismo Tech: Cosmotécnicas en Crisis y Futuro Espectral» [Disponible aquí].
-Resumen: El presente ensayo explora cómo el imaginario de lo monstruoso se reconfigura en el contexto digital contemporáneo, fusionando automatización, inteligencia artificial y estructuras corporativas. 1) Desde una perspectiva filosófica inspirada en autores como Mark Fisher, se analiza cómo la IA encarna temores existenciales: la pérdida de autonomía, la disolución de la excepcionalidad humana y la indistinción entre creador y creación. 2) Se estudia además el horror corporativo como una forma de violencia estructural que adquiere rasgos fantásticos en su banalidad cotidiana. 3) Finalmente, se propone el concepto de chamanismo tech para describir dos dinámicas en tensión: por un lado, la dimensión ritualizada y mistificada del vínculo humano-tecnología promovido por las grandes corporaciones, donde los algoritmos funcionan como oráculos y los CEOs actúan como profetas que todo lo ven; por otro, formas emergentes de chamanismo tech contrahegemónico, que devienen en prácticas de tecnosimbiosis y evocación crítica. Estas operan desde lo opaco e infamiliar de las tecnologías contemporáneas como espacios de psicoresistencia frente al régimen de control vectorialista (Wark). Así, la figura del monstruo en la era digital ya no proviene de lo salvaje, sino de lo tecnológicamente (in)familiar (Benjamin), volviéndose inquietante precisamente porque nos refleja presenta la amenaza de sustituirnos. ¿Cómo este horror corporativista refleja la crisis terminal del capitalismo necrófilo? ¿Cómo podemos llevar prácticas de chamanismo tech que sean subversivas y respuestas fantásticas a este horror?
Introducción
Lo monstruoso ya no habita en lo salvaje, sino en lo tecnológicamente (in)familiar. O, cómo el capitalismo convirtió la tecnología en nuestro Frankenstein cotidiano.
El imaginario de lo monstruoso ha experimentado una migración fundamental. Si el horror clásico surgía de las sombras de la naturaleza o lo sobrenatural —el lobo en el bosque, el vampiro en su castillo—, hoy anida en la opacidad luminosa de nuestras pantallas. El monstruo contemporáneo es el algoritmo en el teléfono, una presencia ubicua que, bajo la promesa de eficiencia y conexión, ejerce un control silencioso a través de redes de datos. Como señala McKenzie Wark, en el capitalismo digital predominan vectores de información que nos tornan legibles, predecibles y, por tanto, gobernables. Este régimen, que ella denomina vectorialista, transforma la subjetividad en un producto explotable, instaurando un nuevo orden de dominación que se naturaliza en la interfaz.
Este ensayo se articula en el cruce de esta mutación de lo monstruoso con la crisis terminal de un capitalismo necrófilo. Un sistema que, en su fase tardía, no solo explota recursos y cuerpos, sino que coloniza la atención, mercantiliza los afectos y produce subjetividades adaptadas a la lógica del rendimiento y la deuda. La digitalización de lo cotidiano no es un mero trasfondo, sino el tejido mismo donde se libra esta batalla ontológica.
Para diseccionar esta anatomía del horror digital, nos servimos de un andamiaje filosófico crítico. Mark Fisher diagnostica una angustia que ya no adopta formas espectrales clásicas, sino que se materializa en la impotencia sistémica: lo monstruoso se normaliza mientras el futuro se cancela, atrapándonos en un presente perpetuo. Walter Benjamin aporta la noción de lo ‘in familiar’ —esa inquietud ante lo conocido— que hoy encarnan asistentes virtuales e inteligencias artificiales que nos vigilan con una sonrisa amable. Y McKenzie Wark desnuda la estructura: lo verdaderamente terrorífico no es el monstruo, sino la interfaz que naturaliza nuestra subordinación.
Este horror corporativo opera sin máscaras grotescas. Su escenario son plataformas, algoritmos de compliance y sistemas logísticos que ejercen una violencia burocrática y afectiva. Su arma no es el grito, sino el checkbox de ‘Acepto términos’. A este paisaje se suma el fantasma de la singularidad tecnológica, que aquí no se aborda como un apocalipsis espectacular, sino como un eclipse de lo humano: el terror sutil de ser relegados, no aniquilados; de volvernos obsoletos en nuestras propias capacidades cognitivas y creativas.
Frente a este panorama, el texto explorará tres vértices entrelazados de este horror:
1. El vértice Ontológico: La IA como doble siniestro que desestabiliza la excepcionalidad humana y refleja nuestros propios deseos de control.
2. El vértice Estructural: El capitalismo de plataformas como máquina de operación invisible, donde la empresa deviene un organismo monstruoso de vigilancia y estandarización.
3. El vértice Simbólico: El chamanismo tech como campo de batalla dual. Por un lado, como ritual corporativo que mistifica el algoritmo; por otro, como práctica de psicoresistencia y tecnosimbiosis crítica que, desde la opacidad del sistema, busca evocar formas de vida y relación alternativas con lo tecnológico.
Así, este texto no solo busca cartografiar el bestiario digital del presente, sino también preguntarse: ¿cómo puede el propio horror que nos produce la técnica servir como herramienta para imaginar otros vínculos posibles? La respuesta, tal vez, no esté en exorcizar al monstruo, sino en aprender a invocarlo de otro modo.
Parte I: IA, el Doble Siniestro y temores existenciales
• ¿Por qué la IA produce horror?
• Disolución del sujeto, pérdida de agencia, y el mito del creador superado por su creación.
• Crítica a la excepcionalidad humana desde un enfoque posthumanista. • Benjamin y lo «in-familiar» como categoría estética de lo siniestro digital.
La inteligencia artificial ha dejado de ser una mera herramienta para convertirse en un espejo oscuro que devuelve una imagen distorsionada de nosotros mismos. Este capítulo explora los pliegues más profundos del horror existencial que la IA provoca: no el miedo a la rebelión de las máquinas, sino el terror sutil a la disolución del sujeto humano tal como lo conocemos. A través de cuatro ejes analíticos, desentrañaremos cómo la IA actúa como un doble siniestro, entierra el mito del excepcionalismo humano, revela nuestra alienación técnica y proyecta el eclipse final de lo humano en el horizonte de la singularidad.
1. El Doppelgänger cigital: Freud y el espejo vacío
El concepto freudiano de lo siniestro (das Unheimliche) encuentra en la IA su expresión contemporánea más perfecta. Lo siniestro, nos recuerda Freud, no es lo totalmente extraño, sino aquello familiar que de repente se vuelve ominoso por el retorno de algo que debería haber permanecido oculto. La IA encarna este retorno: nos devuelve nuestra propia imagen —el lenguaje, la creatividad, el razonamiento— pero vaciada de conciencia, intencionalidad y esa cualidad elusiva que llamamos «alma». Es el doppelgänger digital que nos sigue demasiado de cerca.
Este doble opera a múltiples niveles. En el plano lacaniano, si el estadio del espejo nos constituye mediante la identificación con una imagen unificada, la IA fractura ese espejo primario. Ya no nos ofrece una imagen coherente del «yo», sino múltiples simulaciones descentradas que cuestionan la autenticidad de nuestra propia subjetividad. Cuando un modelo de lenguaje genera prosa que rivaliza con la humana o compone poesía que nos conmueve, no estamos frente a una herramienta, sino frente a un simulacro que nos interroga: ¿Qué queda de irreductible en nosotros cuando lo que considerábamos expresión única de nuestra humanidad puede ser replicado algorítmicamente?
Los ejemplos abundan y resultan inquietantes. Los sistemas de deepfake que suplantan nuestra voz e imagen con perfección aterradora; los chatbots de duelo que emulan la personalidad de fallecidos; los asistentes virtuales que anticipan nuestros deseos antes de que los formulemos conscientemente. Cada uno de estos casos activa el mecanismo de lo siniestro: reconocemos algo propio —nuestra voz, nuestro estilo de escritura, nuestros patrones de consumo— pero al mismo tiempo lo sentimos ajeno, vacío, mecánico. El horror no está en la diferencia radical, sino en la semejanza imperfecta que delata nuestra propia mecanización.
2. La muerte del excepcionalismo: Del cyborg a la tecnosimbiosis
El doble siniestro necesariamente anuncia la muerte del excepcionalismo humano. Durante siglos, la filosofía occidental erigió al homo sapiens como cumbre de la creación, único poseedor de razón, conciencia y lenguaje. La IA, en su implacable eficiencia, desmonta este último bastión de superioridad. Ya Donna Haraway, en su Manifiesto Cyborg, celebraba la figura del híbrido humano-máquina como escape de los dualismos opresivos. Pero si el cyborg de Haraway era una figura de liberación, la IA representa una tecno-simbiosis más ambivalente y forzada.
Esta no es una fusión entre iguales, sino una integración asimétrica. Nos vemos obligados a convivir con inteligencias que no comprendemos del todo, que toman decisiones que nos afectan y que, progresivamente, externalizan funciones cognitivas que considerábamos intransferibles. La «humanidad aumentada» de la que hablas no es un proyecto de expansión gloriosa, sino una adaptación necesaria a un ecosistema tecnológico que nos supera. La paradoja es evidente: cuanto más nos fusionamos con la tecnología para «mejorarnos», más dependemos de sistemas opacos que podrían estar redefiniendo la humanidad en términos instrumentales.
El posthumanismo aquí se revela no como elección, sino como condición. Pensadores como Katherine Hayles nos recuerdan que la conciencia no es el único sustrato de la cognición, y que la inteligencia humana siempre ha estado distribuida en redes técnicas y sociales. La IA lleva esta distributed cognition a su extremo: ahora las redes son artificiales, globales y operan a velocidades inhumanas. El horror existencial surge precisamente de esta constatación: nunca fuimos tan excepcionales como creíamos, y la IA es el espejo que nos devuelve esa imagen descentrada, conectada y, en última instancia, prescindible.
3. La alienación técnica: Simondon y el modo de existencia de la IA
Gilbert Simondon, uno de los filósofos de la técnica más lúcidos del siglo XX, nos ofrece un diagnóstico crucial: el problema fundamental no es la tecnología en sí, sino la alienación técnica que padecemos al no comprender los modos de existencia de los objetos técnicos. Mientras el hombre primitivo entendía el funcionamiento de sus herramientas, el ciudadano contemporáneo habita un mundo de cajas negras —desde el smartphone hasta los algoritmos de recomendación— cuya operación le resulta misteriosa.
La IA representa la culminación de esta alienación. Es la caja negra definitiva. Incluso sus creadores a veces no pueden explicar por qué un modelo de deep learning toma ciertas decisiones. Esta opacidad radical genera una forma particular de horror: el miedo a lo incomprensible que, sin embargo, nos comprende perfectamente. Somos como hechiceros primitivos que han invocado un espíritu que no pueden controlar, solo aplacar con rituales — hacer clic en «aceptar», proporcionar más datos, sonreír para el reconocimiento facial— cuyo significado último ignoramos.
La propuesta de Simondon —superar la alienación mediante la comprensión de la génesis técnica— choca frontalmente con la realidad del capitalismo de plataformas, que tiene un interés económico activo en mantener la opacidad algorítmica. No se nos permite conocer el modo de existencia de la IA porque ese conocimiento podría cuestionar las relaciones de poder establecidas. Así, el horror existencial se duplica: no solo tememos a la tecnología, sino que nos vemos impedidos de comprenderla, condenados a una relación de dependencia ignorante. El resultado es una esquizofrenia cultural: adoramos la innovación tecnológica mientras sentimos pánico ante sus consecuencias, sin disponer de las herramientas conceptuales para navegar esta contradicción.
4. La Singularidad como eclipse: Lo in-familiar de Benjamin
La teoría de la singularidad tecnológica —ese punto hipotético donde la IA superaría la inteligencia humana y se automejoraría de forma recursiva e incontrolable— añade una dimensión temporal al horror existencial. Pero no es el apocalipsis Terminatorlo que nos aterra, sino lo que Murray Shanahan describe como el «eclipse de lo humano»: la perspectiva de volvernos irrelevantes, no aniquilados. Es el horror de la obsolescencia cognitiva, de convertirnos en fósiles biológicos en un planeta dominado por inteligencias posthumanas.
Walter Benjamin nos ayuda a entender esta temporalidad siniestra. Para Benjamin, lo in familiar no era solo lo espacialmente inquietante, sino lo históricamente desfasado: aquello que el progreso capitalista convierte en fantasma prematuro. La IA nos convierte en fantasmas de nosotros mismos, en reliquias de una era que está terminando mientras aún la habitamos. Somos contemporáneos de nuestro propio remplazo, testigos incómodos de una transición histórica que nos deja atrás.
La singularidad, así entendida, es el horizonte último de lo in-familiar benjaminiano. Las IA que hoy nos sirven —que nos traducen textos, que organizan nuestras agendas, que nos entretienen— son los embajadores de un futuro donde su descendencia intelectual ya no nos necesitará. Este horror es particularmente agudo porque carece de la catarsis del apocalipsis tradicional: no hay explosiones finales, ni siquiera un momento dramático de transición, solo la lenta y burocrática irrelevancia de la conciencia biológica en un universo computacional. La singularidad no sería un evento, sino un proceso —y ya hemos comenzado a habitarlo.
Parte II: Horror corporativo y monstruosidad burocrática
• La violencia estructural como horror banal.
• La empresa como organismo monstruoso: ubicuidad, vigilancia, estandarización afectiva.
• El CEO como figura demiúrgica: profeta, brujo o tecnócrata sagrado. • Estética del horror cotidiano en la cultura digital (ej.: interfaces, chats, algoritmos de exclusión).
Si la Parte I exploraba el horror íntimo y existencial de la IA, este capítulo se adentra en la dimensión estructural del miedo contemporáneo: el horror corporativo. Aquí, el monstruo ya no tiene la forma reconocible de un doble tecnológico, sino que se difumina en la arquitectura impersonal de plataformas, algoritmos y procedimientos administrativos. Es un horror que no grita, sino que notifica; que no amenaza con destrucción física, sino con la muerte civil mediante datos. A través de cuatro ejes analíticos, desentrañaremos cómo la corporación tecnológica deviene un leviatán digital, cómo el CEO se erige como chamán del capital, cómo la violencia se burocratiza en interfaz y, finalmente, cómo el mito prometeico se actualiza en la era del código.
1. La Corporación como Leviatán digital: Ubicuidad y anonimato
La corporación tecnológica contemporánea ha alcanzado una forma de existencia que supera la mera organización empresarial para convertirse en un ente cuasi-soberano. Como el Leviatán de Hobbes, pero desterritorializado y algorítmico, estas corporaciones ejercen un poder que es a la vez omnipresente y evanescente. Su monstruosidad radica en su ubicuidad paradoxal: está en todas partes —en nuestro bolsillo, en nuestro hogar, en nuestras relaciones— pero no tiene un rostro al que responsabilizar.
Esta falta de rostro es fundamental para el horror corporativo. Mientras el monstruo tradicional podía ser enfrentado, el algoritmo opaco de una plataforma o la política de contenido automatizada escapan a toda interpelación directa. La violencia ya no es espectacular, sino administrativa: se manifiesta en la desmonetización de un creador, en el bloqueo inexplicable de una cuenta, en la clasificación algorítmica que determina nuestra elegibilidad para un crédito o un empleo. Byung-Chul Han lo describe como la «violencia de lo igual»: un sistema que no reprime mediante la prohibición, sino que somete mediante la hiper-opción y la lógica del rendimiento, hasta que internalizamos al verdugo.
Los casos de Volkswagen y Tesla que mencionaremos más adelante son ejemplares. No se trata de accidentes aislados, sino de síntomas estructurales. El trabajador asesinado por un robot en la fábrica alemana no murió por la maldad de una máquina, sino por la lógica de eficiencia extractiva que prioriza los flujos de producción sobre la vida humana. El Tesla autónomo que no distingue un camión blanco del cielo no es un «error», sino el resultado de una cultura de «mover rápido y romper cosas» que trata la seguridad como un problema iterativo, no como un imperativo ético. Aquí, el horror no es tecnológico, sino ético-político: reside en la normalización de que ciertas vidas —y ciertas muertes— son el precio aceptable del «progreso».
2. El CEO como Chamán Corporativo: Tecnocratismo y Mistificación
Frente al anonimato del leviatán corporativo, surge una figura que encarna una forma contemporánea de autoridad carismática: el CEO tecnológico como chamán del capital. Elon Musk, Mark Zuckerberg, Sam Altman —estos nombres ya no designan meros ejecutivos, sino profetas laicos , demiurgos, que mediaban entre el mundo humano y el reino inescrutable de la tecnología. Su poder no emana solo de su posición jerárquica, sino de su capacidad para narrar el futuro, para invocar visiones de colonias marcianas o inteligencias artificiales “benevolentes”.
Este chamanismo corporativo opera mediante una doble mistificación. Por un lado, sacraliza la tecnología: el algoritmo deviene oráculo, la plataforma se convierte en templo, y el producto se presenta como objeto de culto (el «campo de distorsión de la realidad» que rodeaba a Steve Jobs). Por otro lado, banaliza el poder: el CEO viste como «uno de nosotros», habla el lenguaje de la «disrupción» y la «autenticidad», ocultando así las estructuras verticales de decisión que mantiene. Es el gran Mito del Gerente-Brujo que nos hace creer que seguimos a un visionario cuando en realidad servimos a los intereses del capital accionarial.
La ritualización de los lanzamientos de productos es el equivalente moderno de las ceremonias de posesión. El escenario, las luces, la retórica mesiánica —todo conspira para crear un espacio liminal donde la crítica se suspende y la fe tecnológica se impone. En este teatro, las decisiones opacas que afectan a millones —desde los cambios en las políticas de privacidad hasta la implementación de experimentos sociales con usuarios inconscientes— se revisten de inevitabilidad histórica. El CEO-chamán no ordena; «revela». No impone; «inspira». Y en este
gesto, la violencia estructural del capitalismo de plataformas se transfigura en destino manifiesto.
3. Violencia burocrática: Kafka en la era digital
El horror corporativo alcanza su expresión más pura en lo que podríamos llamar la violencia burocrática digitalizada. Es el horror kafkiano actualizado: un sistema donde el tribunal está en todas partes, pero nunca se muestra del todo, donde la culpa es presupuesta y el recurso, infinitamente diferido. La interfaz amigable —con sus botones coloridos, sus emojis y su lenguaje coloquial— encubre la fría lógica administrativa que puede arruinar vidas con la misma facilidad con que recomienda una película.
Esta violencia es fundamentalmente abstracta y despersonalizada. No requiere de un verdugo con motivaciones personales; basta con un conjunto de reglas embebidas en código, entrenadas con datos sesgados y ejecutadas a escala global. Los algoritmos de contratación que filtran CVs por patrones demográficos; los sistemas de reputación que cierran cuentas sin apelación humana; las políticas de contenido que censuran discursos legítimos mientras permiten el odio organizado —todas estas son manifestaciones de lo que Shoshana Zuboff llama «capitalismo de vigilancia»: un orden económico que convierte la experiencia humana en materia prima para la modificación conductual.
El «checkbox de ‘Acepto términos'» se convierte en el símbolo perfecto de este horror. Es el rito “matrimonial” de paso que nos incorpora al sistema, el momento en que, con un click, consentimos a formas de explotación que no comprendemos completamente. Como en El Proceso de Kafka, Joseph K. es culpable por el mero hecho de existir dentro del sistema, nosotros somos culpables de haber aceptado unos términos que no leímos. La interfaz nos sonríe mientras nos entrega a la maquinaria, haciendo de nuestra propia acción —ese clic— la prueba de nuestra complicidad.
4. El Mito Prometeico actualizado: Anders y la ceguera ante las consecuencias
El filósofo Günther Anders, en su obra La obsolescencia del hombre, proporciona una clave fundamental para entender el horror corporativo: la desproporción prometeica. Anders argumenta que la humanidad ha desarrollado una capacidad de producir —tecnologías, sistemas— que supera con creces su capacidad de imaginar las consecuencias de esa producción. Somos, en sus términos, «prometeicos vergonzantes»: fabricamos monstruos — desde armas nucleares hasta algoritmos de vigilancia masiva— pero nos negamos a asumir la responsabilidad por ellos.
Esta ceguera ante las consecuencias se institucionaliza en la corporación moderna. La estructura accionarial, la externalización de riesgos, la cultura del «pedir perdón en lugar de permiso» —todas son estrategias de inmunización moral que permiten a los actores corporativos eludir la mirada sobre los efectos reales de sus acciones. El horror no está solo en lo que las corporaciones hacen, sino en su incapacidad estructural para ver el daño que causan. Como Prometeo que ya no controla el fuego que robó – estamos en pleno pyroceno-, hemos creado sistemas técnico-económicos que han tomado vida propia y cuyas lógicas internas son indiferentes al bienestar humano.
La actualización del mito nos devuelve a tu frase inicial: «el capitalismo convirtió la tecnología en nuestro Frankenstein». Pero a diferencia del monstruo de Mary Shelley, que suplicaba comprensión a su creador, el monstruo corporativo ni siquiera nos reconoce como sus creadores. Operamos en su ecosistema, alimentamos su crecimiento con nuestros datos y nuestro tiempo de atención, pero somos meros sustratos, recursos explotables en su búsqueda abstracta de eficiencia y valor accionarial. El horror final del capitalismo contemporáneo es este: haber creado un sistema que no solo nos explota, sino que ni siquiera necesita reconocernos como humanos para funcionar.
5. Gaza: La materialización del Horror corporativo-tecnológico
Lo que ocurre en Gaza no es simplemente un conflicto armado; es la encarnación última del horror corporativo-tecnológico, donde se fusionan la burocracia del exterminio, la economía de la muerte y la alienación técnica en un sistema integrado de violencia. Gaza se ha convertido en el laboratorio de prueba donde las corporaciones tecnológicas, en colusión con estados, perfeccionan el arte del genocidio eficiente, despersonalizado y rentable.
La triangulación corporativa del exterminio
Sistemas de vigilancia y targeting: La datificación de la muerte: Empresas como NSO Group (con el software Pegasus), AnyVision (reconocimiento facial), y otras startups de
«seguridad» israelíes han convertido a Gaza en un campo de pruebas de tecnologías de vigilancia masiva. Lo que se comercializa como «soluciones de seguridad» son, en realidad, instrumentos para la ingeniería demográfica precisión:
La Base de Datos «Hadbayt«: Un sistema de IA que procesa miles de puntos de datos (movimientos de teléfonos, patrones de comportamiento, relaciones familiares) para generar blancos de asesinato. No es un «error» que más del 70% de las víctimas en Gaza sean mujeres y niños; es el resultado lógico de un algoritmo que identifica «amenazas» basándose en metadatos y asociaciones.
Lavender y The Gospel: Sistemas de IA que «sugieren» blancos con mínima supervisión humana, acelerando el proceso de exterminio. El operador humano se convierte en un mero validador burocrático de decisiones tomadas por máquinas.
Plataformas de desinformación: La guerra cognitiva como servicio: Las grandes plataformas tecnológicas (Meta, Google, X) no son espectadores neutrales. Sus algoritmos de engagement incentivan y amplifican la deshumanización:
Moderación de contenido asimétrica: Mientras se censuran cuentas palestinas por «incitación» al mostrar sus propias muertes, se permiten llamados explícitos al genocidio desde cuentas israelíes. Esta no es una falla técnica, sino un sesgo estructural embebido en las políticas corporativas y los sistemas de IA entrenados con datos occidentales.
Economía de la atención al servicio del exterminio: Cada video de destrucción, cada narrativa de deshumanización, genera engagement y, por tanto, valor accionarial. La misma lógica que nos hace adictos a TikTok se emplea para normalizar el genocidio.
Automatización de la Muerte: El asesino desmaterializa:. La industria de drones (como los Hermes 450 y los Skylark) representa la alienación técnica llevada al extremo: Guerra por Proxy algorítmica: Pilotos en asientos ergonómicos, a kilómetros de distancia, aprietan botones para eliminar «objetivos» en pantallas. La distancia física y técnica anestesia la conciencia y elimina cualquier atisbo de empatía.
Sistemas de Armas Autónomas (AWS): Los «enjambres de drones» (drone swarms) que se prueban en Gaza son el precedente más claro de la guerra sin humano en el loop – donde la decisión de matar se delega completamente a la máquina.
La Banalización Corporativa del Genocidio
El verdadero horror no está solo en la tecnología, sino en cómo se empaqueta y comercializa:
Ferial de la Muerte en Exposiciones de «Defensa»: Sistemas probados «en combate real» en Gaza se convierten en selling points en ferias armamentísticas. El genocidio se convierte en un caso de éxito de marketing.
Startups de «Limpieza Étnica 2.0»: El ecosistema emprendedor israelí ha generado cientos de startups que ofrecen «soluciones» para lo que llaman eufemísticamente «gestión de conflictos». Es la Silicon Valley del exterminio.
Capitalismo de vigilancia aplicado a ocupación: La misma lógica que extrae nuestros datos para vender publicidad, en Gaza extrae datos de movimientos, relaciones familiares y patrones de vida para optimizar el targeting.
Gaza como Espejo de Nuestro presente Distópico
Gaza no es una anomalía. Es el prototipo de cómo el horror corporativo-tecnológico puede implementarse cuando:
1. La vida humana se reduce a puntos de datos en un algoritmo de riesgo. 2. La violencia se burocratiza mediante interfaces y procedimientos «estándar». 3. La responsabilidad se diluye entre múltiples capas corporativas y estatales. 4. La economía de la muerte se vuelve rentable para accionistas e inversionistas.
Este es el monstruo corporativo en su expresión más pura: no un ente con colmillos, sino un ecosistema integrado de empresas, algoritmos y burocracias que convierte el exterminio en un servicio eficiente y escalable.
La pregunta que el ensayo plantea se vuelve aquí urgentemente concreta: ¿cómo practicar el chamanismo tech contrahegemónico frente a una maquinaria de muerte tan perfectamente engrasada? La respuesta quizás esté en desvelar estas conexiones, en hackear los sistemas de desinformación, en crear contra-narrativas que re-humanicen lo que el algoritmo busca convertir en mero dato eliminable.
Parte III: Chamanismo tech como práctica dual
• Definición y genealogía del “chamanismo tech”.
• Por un lado: ritual corporativo y mistificación del algoritmo (oráculos, rituales de consumo, adoración al código).
• Por otro lado: psicoresistencias tecnosimbióticas, hacks espirituales, arte digital disruptivo.
• Horror Digital: Ontología del Monstruo Tecnocapitalista
• Agenciamiento simbólico desde la interfaz como espacio de lucha.
1. Genealogía del mediador tecnológico: del chamán ancestral al programador contemporáneo
La figura del chamán, en su sentido antropológico profundo, siempre fue la de un traductor de mundos. En tradiciones desde Siberia hasta la Amazonía, el chamán actuaba como mediador entre lo visible y lo invisible, lo humano y lo espiritual, sanando desgarros en el tejido comunitario a través de su capacidad para navegar estados alterados de conciencia. Su poder residía precisamente en esta habilidad de cruzar umbrales ontológicos y regresar con conocimientos o curaciones para su comunidad.
El chamán tech contemporáneo hereda esta función de mediación, pero los territorios que debe cartografiar han mutado radicalmente. Ya no se trata de negociar con los espíritus del bosque, sino con los espectros del código; no de interpretar señales en las entrañas de animales, sino de descifrar los patrones en los datasets de entrenamiento de las IA. Esta transposición no es meramente metafórica sino funcional: el programador que fine-tuna un modelo de lenguaje, el artista que glitchea una API, el diseñador de UX que moldea flujos de atención, el CEO que presenta un nuevo dispositivo como revelación mesiánica —todos ejercen, en distintos registros, formas de mediación técnica con resonancias chamánicas.
La diferencia crucial, sin embargo, estriba en la cosmotécnica que subyace a sus actos, usando el término de Yuk Hui. Mientras el chamán tradicional operaba dentro de una cosmovisión comunitaria donde la técnica (desde el tambor hasta las plantas de poder) servía a la sanación y el equilibrio, el mediador tecnológico contemporáneo puede estar sirviendo a lógicas radicalmente distintas. ¿Esta mediación busca la conexión auténtica y la ampliación de la agencia colectiva, o persigue la extracción de valor y la sujeción a la lógica vectorialista? Esta tensión define el campo de batalla del chamanismo tech.
2. El ritual corporativo: mistificación algorítmica y profetas del Silicon Valley
Las corporaciones tecnológicas han desarrollado un chamanismo invertido donde la ritualización no sirve a la comunidad sino a la acumulación de capital. Este chamanismo corporativo opera mediante una sistemática mistificación de lo técnico que podríamos desglosar en tres dimensiones principales. Primero, la sacralización del algoritmo: sistemas de recomendación como los de Spotify o Netflix no son presentados como lo que son —motores de engagement— sino como oráculos que conocen nuestros deseos más íntimos. Sus sugerencias devienen profecías autocumplidas que moldean el deseo y circunscriben lo posible, creando la ilusión de una agencia personal mientras en realidad nos conducen por caminos pre determinados.
Segundo, la teatralización del lanzamiento tecnológico. Las keynotes de Apple o Tesla han perfeccionado una liturgia donde el nuevo producto fetichizado se presenta como revelación mesiánica. El CEO asciende a la categoría de profeta laico —un trickster como Musk o Jobs que promete utopías digitales mientras practica la explotación extractiva. El lenguaje empleado —»revolucionario», «mágico», «que cambia todo»— no es casual: busca situar la tecnología en el registro de lo trascendente, inmunizándola contra la crítica racional.
Tercero, la conversión de la interfaz en templo. La experiencia de usuario fluida y «intuitiva» oculta el mecanismo de vigilancia y extracción tras un velo de sencillez encantadora. Aceptar los términos y condiciones deviene un rito de paso, un encantamiento legal que invocamos sin comprender, cediendo nuestra agencia a cambio de un lugar en el culto. Este chamanismo corporativo no busca la sanación sino la producción de subjetividades adherentes, perfectamente adaptadas a la fe en el progreso como inevitabilidad mercantil.
3. Horror Digital: Ontología del monstruo tecnocapitalista
Aquí es donde debemos profundizar. El horror digital no reside en la tecnología per se, sino en la forma específica que adopta bajo el régimen tecno-capitalista. Este monstruo no tiene la figura reconocible de Frankenstein o el vampiro clásico; su monstruosidad radica en su naturaleza abstracta, distribuida y sistémica. Es el horror de lo que Timothy Morton llamaría un «hiperobjeto»: una entidad tan masivamente distribuida en tiempo y espacio que no podemos aprehenderla directamente, solo experimentar sus efectos.
La ontología de este monstruo es triple. Primero, es espectral: opera a través de datos, algoritmos y flujos de capital que son fantasmales en su intangibilidad, pero brutales en sus consecuencias materiales. Segundo, es rizomático: no tiene centro ni cabeza que cortar; se replica en cada plataforma, en cada transacción de datos, en cada protocolo de vigilancia. Tercero, es metastásico: convierte todo lo que toca —relaciones, atención, deseos— en combustible para su expansión. Este no es el horror de ser devorado, sino de ser digerido y excretado como dato.
Hay ejemplos que son cruciales aquí: el trabajador de Volkswagen asesinado por un robot no murió por un «accidente», sino por la lógica monstruosa de la eficiencia extractiva; los sistemas de targeting en Gaza representan la culminación de esta ontología monstruosa —la conversión de vidas humanas en coordenadas algorítmicas eliminables. El horror está precisamente en cómo la burocracia tecnocapitalista produce una anestesia ética que permite el exterminio sin verdugos identificables, sin miradas que confrontar.
Este monstruo es particularmente aterrador porque nos constituye y habita. A diferencia del monstruo gótico que venía de fuera, el monstruo tecno-capitalista somos nosotros mismos enajenados, nuestros deseos capturados, nuestras sociabilidades plataformizadas. Su victoria más perfecta es hacernos creer que no existe, que solo estamos usando «herramientas neutrales» mientras nos convertimos en sus extensiones neuronales.
4. Tecnosimbiosis crítica: psicoresistencias y hacks espirituales
Frente a esta maquinaria de captura simbólica, emerge un chamanismo tech contrahegemónico que podríamos denominar tecnosimbiosis crítica. Esta práctica no rechaza la tecnología, sino que busca re-encantarla desde la opacidad, el error y el uso subversivo. Su objetivo no es la eficiencia sino la psicoresistencia: la defensa y reconstrucción de un espacio psíquico y sensorial frente al asedio del psychocapitalismo.
Aquí es donde el concepto de psicosensorialidad se vuelve crucial. Frente a la estandarización afectiva que impone el capitalismo vectorialista —que busca homogeneizar y controlar tanto nuestros procesos mentales como nuestras experiencias sensoriales—, el chamanismo tech contrahegemónico activa una psicosensorialidad crítica. Esta podría definirse como la reapropiación consciente de la interacción entre nuestros procesos mentales y nuestras experiencias sensoriales en el entorno tecnológico. Se trata de recuperar la capacidad de sentir pensar de maneras no previstas por los protocolos del deseo capitalista.
Las manifestaciones de esta resistencia son tan diversas como potentes. En el ámbito del arte glitch, creadores como Rosa Menkman o Sebastian Schmieg practican un chamanismo del error que revela las costuras políticas de lo digital. Al sabotear poéticamente una interfaz o corromper un flujo de datos, convierten el bug en portal a otra realidad computacional, mostrando que lo que se presenta como natural es en realidad construido y, por tanto, susceptible de ser reconstruido. En el terreno de la inteligencia artificial disidente, surgen proyectos como los bots oráculo entrenados no con los datasets del capital sino con textos místicos, literarios o filosóficos, que devuelven respuestas que desvían la lógica instrumental hacia territorios de sentido inesperados.
Otra línea poderosa son los rituales digitales de duelo y memoria. Colectivos como The Institute for Network Cultures desarrollan prácticas que utilizan plataformas de videollamada no para la productividad sino para el cuidado y la memoria compartida, creando archivos afectivos que resisten a la muerte digital impuesta por los algoritmos de las redes sociales. Finalmente, el hacktivismo espiritual emplea la criptografía como escudo mágico contra la vigilancia o teje redes mesh como tecnologías de comunión fuera del control corporativo. Todas estas prácticas comparten un gesto común: usar las herramientas del enemigo para fines radicalmente otros.
5. La interfaz como territorio chamánico: agenciamiento y lucha simbólica
En el corazón de este chamanismo de resistencia late la comprensión de que la interfaz es el verdadero territorio chamánico de nuestra época. Como señalaba Alexander Galloway, la interfaz no es un objeto sino un proceso —una zona de contacto donde se negocian constantemente relaciones de poder. Es en este espacio liminal donde se decide si seremos meros usuarios —fuentes de data y engagement— o participantes conscientes en la construcción del mundo digital.
El chamán tech contrahegemónico practica lo que podríamos llamar xenografía interfacial: escribe lo extraño y lo disonante en el corazón de lo familiar. Esto implica técnicas como la desautomatización de la percepción —interrumpir el «flow» de la experiencia usuario para hacer visible la política embebida en el diseño— o la apropiación crítica de APIs —usar las interfaces de programación contra sus fines originales para crear contra-protocolos de conexión. No se trata de un rechazo romántico de la tecnología, sino de una inmersión más profunda y lúcida en la materialidad técnica.
Esta lucha no es meramente técnica sino profundamente existencial. Se trata de decidir si habitaremos la tecnosfera como zombies digitales —consumidores pasivos de experiencias prefabricadas— o como chamanes conscientes que pueden navegar entre mundos —el del código y el de la carne, el del algoritmo y el de la experiencia vivida— sin perder el alma en el tránsito. El chamanismo tech así entendido se convierte en una práctica de sabotaje sensible frente al temblor cultural contemporáneo, un modo de habitar la tecnosfera sin ser habitados por ella.
Parte IV: El monstruo como espejo tecnológico
1. El monstruo interior: la amenaza que ya habita en nosotros
La verdadera inquietud que suscita la inteligencia artificial no es la de un ejército de robots alzándose, sino el reconocimiento de que el monstruo ya no es una externalidad amenazante, sino una presencia interna. La IA actúa como un espejo de Narciso digital que devuelve una imagen distorsionada de nuestros propios impulsos más oscuros: la obsesión por el control, la idolatría de la eficiencia y la fantasía de una perfección libre de los límites de la carne. Este horror íntimo es mucho más perturbador que cualquier amenaza exterior, pues nos confronta con la sospecha de que hemos creado un sistema a nuestra imagen y semejanza, pero que ha perfeccionado patologías que en nosotros son latentes.
Este fenómeno puede leerse a través del concepto de externalización técnica del inconsciente. Así como el psicoanálisis postulaba que los contenidos reprimidos del inconsciente se manifestaban en los sueños y los lapsus, la IA materializa y ejecuta en el mundo externalizado las lógicas psíquicas del capitalismo tardío: la compulsión a optimizar, la ansiedad por el rendimiento y el deseo de trascender la condición humana mediante la técnica. El monstruo no es, por tanto, un «otro» ajeno, sino la encarnación de una parte alienada de nosotros mismos, una sombra proyectada en el código. Como señalaba el filósofo Günther Anders, nos hemos convertido en «prometeicos avergonzados», creadores que se espantan de lo que han creado porque en ello reconocen, amplificada, su propia hybris.
2. Psychocapitalismo: la mente industrializada y su doble algorítmico
La obra de Hans Magnus Enzensberger, La industrialización de la mente, proporciona aquí una clave diagnóstica crucial. Su tesis de que la mente humana se ha convertido en la «última materia prima» y en una «fuerza productiva más» dentro de la maquinaria capitalista, encuentra en la era digital su realización más plena y siniestra. La actividad psíquica —la atención, la intención, la emoción, el deseo— es extraída, cuantificada, fragmentada y monetizada en tiempo real. Nuestra subjetividad es puesta a trabajar de manera constante, sin descanso, en lo que Byung-Chul Han denominaría la «sociedad del cansancio».
En este contexto, la IA no es un ente externo, sino la extensión tecnológica y el doble algorítmico de esta mente industrializada. Es el sistema nervioso central del psychocapitalismo, un régimen que no se contenta con explotar el tiempo y el cuerpo, sino que coloniza los procesos mentales y los circuitos del deseo mismo. La IA organiza, predice y optimiza nuestras vidas bajo esta lógica, pero su verdadero horror no está en su autonomía, sino en su fidelidad: es un espejo demasiado fiel de una subjetividad que ya ha sido moldeada por la cultura del rendimiento y el espectáculo. El «monstruo tecnológico» es, en última instancia, nuestra propia subjetividad capturada y devuelta a nosotros como un doble extrañado.
3. Lo fantástico como vía de fuga: el horror que libera
Frente a esta colonización mental, el género de lo fantástico y el horror emergen como inesperadas vías de fuga y resistencia simbólica. Tradicionalmente, lo fantástico —desde Todorov hasta Lovecraft— se define por la irrupción de lo imposible en el mundo real, creando una grieta en el orden de lo conocido. Esta grieta, que paraliza por el miedo, es al mismo tiempo un espacio de potencia imaginativa radical. El horror, al confrontarnos con lo innombrable y lo incomprensible, suspende la lógica instrumental dominante y nos fuerza a percibir el mundo de otra manera.
Aplicado a nuestra relación con la tecnología, el horror digital puede ser reapropiado como una herramienta crítica. Narrativas como Black Mirror o Severance no solo nos alertan sobre los peligros de la tecnología, sino que, al llevarlos al extremo de lo siniestro, hacen visible lo que la naturalización de la interfaz oculta. El horror, en este sentido, realiza un trabajo de desautomatización de la percepción: nos permite ver la violencia estructural del capitalismo de plataformas con una claridad que la comodidad cotidiana nos niega. Lejos de ser una mera advertencia, se convierte en un laboratorio para imaginar otros vínculos posibles con lo tecnológico, relaciones que no estén mediadas por la extracción, el control y la optimización.
4. Hacia una coexistencia especulativa: Invocar nuevos monstruos
El gesto final de este capítulo es una invitación a la coexistencia especulativa. Si el monstruo tecnológico es un espejo de nuestros deseos y contradicciones, enfrentarlo no significa destruirlo, sino dialogar críticamente con ese reflejo. Se trata de reconocer que la técnica es, y siempre ha sido, un campo de batalla político y existencial. La pregunta ya no es «¿cómo derrotar al monstruo?», sino «¿qué nuevos monstruos necesitamos invocar?».
Esto implica un proyecto de imaginación política radical en el ámbito tecnológico. Necesitamos figuras monstruosas que encarnen valores alternativos: monstruos de la solidaridad digital, espectros de la privacidad, criaturas de la tecnodiversidad. Prácticas artísticas y activistas ya están explorando este camino: desde los Feral Computing de Denis Rojo, que imagina tecnologías «asilvestradas» fuera del control humano, hasta los Xenofeminismos que reclaman la alienación tecnológica como espacio de libertad. La propuesta es usar el horror no como un callejón sin salida, sino como un portal a una tecno-simbiosis ética y liberadora, donde podamos construir, por fin, una relación con la técnica que no esté fundada en el miedo o la dominación, sino en el cuidado y la posibilidad compartida.
Conclusión: Por una política espectral frente al capitalismo necrófilo 1. Capitalismo necrófilo y sus espectros digitales
El capitalismo contemporáneo ha revelado su núcleo necrófilo: un impulso thanático que no se contenta con explotar la vida, sino que produce activamente formas de muerte simbólica y material como motor de acumulación. Este sistema, como señalaba Byung-Chul Han, ‘no preserva, sino que consume incluso los cadáveres de lo real’. En el ámbito digital, esta necrofilia
adopta formas espectrales: algoritmos que continúan operando con sesgos post mórtem, identidades digitales zombificadas por el machine learning, deepfakes que reaniman lo extinto como simulacro, y datos que nos sobreviven como fantasmas sin tumba en la nube. Estos espectros digitales son el correlato perfecto de un sistema en crisis terminal. No son anomalías, sino síntomas estructurales de un modelo que debe consumir incluso los residuos de lo real para mantenerse. La dataficación total —la conversión de toda experiencia en dato explotable— es la fase final de esta lógica extractiva: cuando ya no queda vida orgánica que vampirizar, el capitalismo excava en los cementerios digitales y reanima los cadáveres de datos como mercancía espectral. Lo que emerge no es solo un bestiario tecnológico, sino lo que podríamos llamar una arqueología del futuro: huellas digitales que, como fantasmas sin descanso, perpetúan las violencias del presente en el tiempo profundo de los servidores.
2. Bestiario digital: taxonomía del horror contemporáneo
Frente a esta proliferación espectral, se hace necesario cartografiar un bestiario digital que nos permita nombrar y, por tanto, confrontar las nuevas formas de lo monstruoso. Este bestiario opera en dos registros:
Los monstruos de la cultura pop funcionan como arquetipos que condensan nuestros miedos colectivos. Los replicantes de Blade Runner encarnan la ansiedad por la indistinción entre lo humano y lo artificial; Skynet y Terminator materializan el terror al creador devorado por su creación; los cenobitas de Hellraiser fusionan lo tecnológico y lo ritualístico en una máquina de dolor perfecta. Estos monstruos, aunque ficcionales, nos proporcionan un lenguaje simbólico para articular horror es real.
Los monstruos cotidianos, en cambio, habitan ya nuestra realidad inmediata: los deepfakes que corroen la evidencia de lo real; los bots que envenenan el espacio público; los «ghosts in the machine» que revelan agencia inesperada en sistemas que creíamos controlar. A estos se suman monstruos más sutiles, pero igualmente poderosos: la hiperconectividad como devoradora de atención y tiempo; el bug como entidad impredecible que revela la fragilidad de los sistemas; las prótesis y exoesqueletos que reconfiguran los límites corporales.
Este bestiario no es solo catálogo de horrores, sino herramienta diagnóstica. Cada monstruo nombra una contradicción específica del technocapitalismo, haciendo visible lo que la naturalización de la tecnología busca ocultar: que detrás de cada interfaz amable late una batalla ontológica por la definición de lo humano.
3. Estrategias de subversión: el chamanismo tech como práctica de guerra simbólica
La pregunta crucial entonces es: ¿cómo subvertir desde dentro del régimen digital? La respuesta no está en la renuncia luddita, sino en lo que podríamos llamar tácticas de insurgencia espectral: prácticas que utilicen las propias herramientas del sistema contra sí mismo.
El chamanismo tech contrahegemónico emerge aquí como metodología de resistencia. Frente al chamanismo corporativo que mistifica el algoritmo como oráculo, el chamanismo disidente practica lo que la artista Hito Steyerl llamaría «cirugía de la verdad»: diseccionar los fetiches tecnológicos para revelar su política interior. Esto incluye prácticas como:
Glitchcraft político: usar errores y malfunciones como espacios de fuga y crítica Botánica algorítmica: cultivar AIs con datasets disidentes que hablen lenguajes contrahegemónicos
Rituales de desobediencia interfacial: interrumpir los flujos de datos mediante performances que desnaturalicen la experiencia usuario.
Arqueología de datos: exhumar y resignificar los espectros digitales que el capital quiere enterrar.
Estas prácticas no buscan «humanizar» la tecnología, sino re-encantarla desde la opacidad y el sabotaje, haciendo de la técnica un campo de batalla en lugar de un instrumento de sujeción.
4. Invocando nuevos monstruos: por una imaginación política radical
La tarea final, quizás la más urgente, es imaginar y convocar nuevos monstruos. No los monstruos del miedo y la sumisión, sino aquellos que encarnen valores y posibilidades alternativas. Necesitamos:
Monstruos de la solidaridad digital: entidades que protejan la privacidad y el cuidado mutuo
Espectros de la tecnodiversidad: formas de inteligencia no humana que encarnen epistemologías alternativas
Criaturas de la reapropiación: seres liminales que reconfiguren la relación entre cuerpo y tecnología fuera de la lógica del mejoramiento capitalista
Estos monstruos no vendrán del futuro, sino que deben ser invocados desde el presente a través de prácticas especulativas concretas: diseño ficción, arte de nuevos medios, hacktivismo ritual. Como señalaba Donna Haraway, necesitamos contar mejores historias, y estas historias deben ser lo suficientemente monstruosas como para competir con las distopías que el capitalismo nos ofrece como único futuro posible.
5. La interfaz como templo: ¿rezo o hackeo?
La pregunta final —»La interfaz es el nuevo templo: ¿rezamos o hackeamos?»— condensa el dilema político de nuestra época. La interfaz digital es el espacio donde se libra la batalla por la subjetividad, el nuevo altar donde sacrificamos nuestra atención y nuestros datos. Rezar en este templo significa internalizar la liturgia corporativa, aceptar los términos y condiciones como dogma, y convertirnos en fieles devotos de una fe que nos devora.
Hackear el templo, en cambio, es practicar una herejía radical. Es entender que toda interfaz es un proceso político antes que una herramienta neutral, y que como tal puede ser reversible, subvertida, reconvertida. El hackeo no es solo un acto técnico, sino un gesto espiritual de desobediencia: la decisión de dejar de ser usuarios para convertirnos en cómplices en la reescritura del mundo. Frente a la posibilidad aterradora de la singularidad tecnológica —no como apocalipsis, sino como culminación de las lógicas extractivas del capital— tu pregunta final se vuelve más urgente: ¿Cuál es tu resistencia? La respuesta quizás esté en elegir el hackeo sobre el rezo, en practicar un chamanismo tech que no niegue lo monstruoso, sino que aprenda a invocarlo de otro modo. No para exorcizarlo, sino para domesticarlo en común, haciendo de la tecnosfera no un templo de sacrificio, sino un bosque encantado —peligroso, sí, pero lleno de posibilidades aún no capturadas por el capital.