Por: Bruno Pfeil y Cello Pefeil
Escribimos sobre algo que no se puede decir ni escuchar. Al intentar escucharlo, se inventa lo que se podría oír. Sobre el silencio, es habitual hacer referencia a la composición 4’33’’ del teórico musical estadounidense John Cage, de 1952. En un auditorio, un pianista se coloca frente al teclado, extiende las manos sobre las teclas y espera cuatro minutos y treinta y tres segundos. En el caso de las personas oyentes, se escucha lo que no se puede evitar. John Cage compuso 4’33’’ tras visitar una cámara anecoica — un recinto en el que el techo, las paredes y el piso absorben el sonido, de modo que no hay eco ni interferencia de ruidos externos — en la Universidad de Harvard, donde se construyó la primera cámara. En 1940, el gobierno estadounidense, con el fin de mejorar sus tecnologías militares durante la Segunda Guerra Mundial, financió dos proyectos de Harvard relacionados con el sonido. El ingeniero Leo Beranek se encargó de aislar el sonido y evitar el eco, por lo que la primera cámara anecoica recibió como apodo su nombre: caja de Beranek. Actualmente, con los dispositivos de grabación, se pueden utilizar dead cats o fluffys, salas acústicas y micrófonos sensibles con buena captación, para que la «reducción de ruido» sea viable y «limpie» un fragmento de audio con «ruido». En la producción musical, se considera una característica de profesionalidad la calidad del audio, equiparable, entre otros factores, a la ausencia de ruido.
Continuar leyendo «El silencio como máquina de guerra»