Más allá de la burocracia y el culto a la acción: Notas sobre la protesta y la imposición del orden social.

Por: Comunismo Acéfalo.                                                     

“¡Un oasis de horror en medio de un desierto de tedio!”

—Charles Baudelaire

Introducción.                               

El acelerado ritmo que ha marcado los anuncios de las medidas económicas de la actual administración vuelve difícil estar constantemente al tanto de cada una. Muchos se han referido a esto cómo una estrategia que busca saturar los medios y desorientar a la oposición, lo que Steve Banon (el ex-estratega de Trump) ha denominado “inundar la zona”[1]. La rápida reducción de apoyo popular hacia Kast y su gobierno (del 50% al 43%) no parece de importarles, después de todo a sus ojos el apoyo del “pueblo” fue necesario para llegar a la Moneda, pero el que perdure o no durante el gobierno, es algo meramente accesorio. 

No podemos comprender la estrategia de Estado del nuevo gobierno, sin dar cuenta de sus fundamentos en un ideario conservador, antiigualitario y antiilustrado cuyas inspiraciones trazan una línea desde Diego Portales a Jaime Guzmán. Para el nuevo gobierno es preferible que la democracia liberal y sus fundamentos queden progresivamente al margen, —pero siempre con el cuidado de no romper con ella formalmente—, para, en su lugar, imponer un orden social implacable que no tema hacer uso constante de la fuerza represiva del Estado, y que permita la proliferación de la ganancia por parte de los grandes conglomerados empresariales del país.

En este contexto, la narrativa del “Estado en quiebra” actúa cómo la justificación para el progresivo desmantelamiento del Estado social[2]. Desde el fin del MEMPCO a la reducción de la financiación a la cultura, el deporte y la educación; la política de austeridad de la nueva gestión no tiene por meta el ahorro del Estado, sino el empobrecimiento estructural de la clase trabajadora. La austeridad debe de ser entendida como un medio por el que producir y gestionar a la población precarizada, cómo un paso más en la profundización de los procesos de flexibilización y abaratamiento de la mano de obra. Es otra forma por la que se expresa la guerra de clases en la fase actual del capitalismo, a través del abandono, precarización y domesticación de la población. La reducción en un 4% al impuesto corporativo[3] sigue esta misma lógica, el aumento de la ganancia capitalista en detrimento de las condiciones materiales de existencia de la población.

Este aparente achicamiento del Estado, lo es sólo con respecto a su rol social, en cambio, se afirma paralelamente su carácter represivo, que ya había sido modernizado por el paquete de leyes de “seguridad” aprobadas y celebradas por el anterior gobierno. Entre las que destacan la Ley Naín-Retamal, la Ley Anti-Tomas, la Ley Anti-barricadas y la Nueva Ley Anti-Terrorista. La narrativa sobre la migración y la militarización de la frontera con la que impulso su candidatura y el apoyo ideológico hacia las fuerzas armadas y carabineros[4] siguen este mismo fundamento, la validación de los aparatos represivos del Estado.

Si bien la crisis económica y política, ya sea como una realidad o una invención discursiva de parte del propio Estado, actúa como justificación para el despliegue autoritario de la purificación del cuerpo nacional: la represión a movimientos sociales, población migrante, disidencias sexo genéricas, etc. Sería reduccionista decir que la crisis de la que tanto hablan Kast y compañía es sólo una invención discursiva; ésta tiene una realidad material que la izquierda no ha sido capaz de reconocer; hablamos de la crisis estructural del capital. En la medida en que la ultraderecha necesita de la crisis para gobernar, su estrategia nunca será combatirla, sino que, por el contrario, deben intensificarla. Mientras, el desconcierto que se genera es instrumentalizado, aprovechado por la administración cómo un contexto ideal.

Es este apartado lo que une a Kast con el resto de los proyectos de ultraderecha alineados con Estados Unidos y lo único relevante que lo separa de la administraciones socialdemócratas es el uso de todas las herramientas burocráticas y represivas inherente al Estado y la democracia con el fin de acelerar las tendencias autodestructivas del capital. Se trata de un intento de replicar el contexto de crisis y guerra social por el cual el denominado neoliberalismo pudo ser impuesto hace medio siglo atrás. En tanto, gestores de la voluntad del capital, la ultraderecha en el gobierno busca generar a la fuerza una situación que permita la revitalización del modelo capitalista, mediante una nueva forma de gestión posneoliberal del Estado y el capital. De esta manera la actual administración, puede ser entendida cómo un violento tránsito hacia una nueva forma de gestión que desborda lo que hemos comprendido hasta el momento cómo neoliberalismo, y cuyas características centrales estamos recién descubriéndolas.

A raíz del espectáculo mediático generado tras el anuncio de estas medidas, distintos focos de manifestaciones estallaron espontáneamente[5] durante su tercera semana desde que asumió. Aunque hubieron intentos anteriores de llamar a movilizaciones previo a que se anunciaran las medidas del gobierno, no fue hasta los días 23 y 26 de marzo que tuvieron lugar movilizaciones a gran escala, en las que nuevamente lxs estudiantes secundarixs tuvieron un papel protagónico en la irrupción del metro y en la protesta callejera, mientras que las noches del 24 y 25 de marzo cerraron con cacerolazos en distintos puntos del país.

Sin embargo, antes de seguir profundizando en las características de las protestas y el potencial que tienen, es necesario detenernos en la particular reacción de parte del izquierdismo a estás protestas.                                                                         

  1. Sobre las teorías de conspiración y la desmovilización social. 

De manera transversal el electorado de izquierda y los partidos políticos (desde el FA al PC (AP) de Eduardo Artes) han expresado un cierto rechazo a la movilización social espontánea bajo un argumento que ha ganado popularidad, según él cual la acción de protestar contra el gobierno sería caer en su trampa, pues, este buscaría generar un contexto de desorden social por el cual justificar la aplicación de un Estado de emergencia con el cual gobernar. En este escenario, las protestas espontáneas que estallan contra el gobierno y los llamados minoritarios a radicalizarlas serían una suerte de “infantilismo”, una acción descerebrada que hace más a favor del gobierno que en su contra. En su lugar, la izquierda —sostienen estos ideólogos— debe de alejarse de las calles y centrarse en recuperar una legitimidad popular que creen pérdida, y por consiguiente, las protestas también carecerían de esta.

Si bien compartimos la centralidad de la crisis en la estrategia de gobierno de Kast, si su objetivo es la represión de los sectores movilizados, la instalación de un Estado de Emergencia no es indispensable para ello. El aparato represivo ya es lo suficientemente robusto como para socavar múltiples focos de protesta en el territorio nacional de manera eficiente. Por otro lado, el riesgo potencial que el protestar representa para la integridad física es indudablemente mayor que en el pasado reciente, pero esto no es en ningún caso una excepcionalidad. El papel represivo del Estado es el mismo independientemente de quién se encuentre a su cabeza, lo demuestra el asesinato de Francisca Sandoval en 2022, la condena en 2023 de los anarquistas Francisco Solar y Mónica Caballero a 86 y 12 años respectivamente, los allanamientos del 2024 en Villa Francia (que dejaron varixs compañerxs detenidos), la captura de Héctor Llaitul en 2024 y en este año la del werken Rafael Pichún. El Estado y sus aparatos no necesitan de la excusa de la protesta para perseguir a las organizaciones sociales, ni el paso del tiempo ni el cambio de administración cambiarán este hecho, como bien lo demuestra la actual búsqueda de Galvarino Apablaza (responsable intelectual del ajusticiamiento a Jaime Guzmán).

El Estado de Emergencia ha perdido su excepcionalidad, sobre todo si consideramos que hay territorios como la llamada “Macrozona Sur” cuya aplicación por parte del Estado chileno lleva vigente desde el gobierno de Gabriel Boric. Mientras, la “crisis de la migración” y el ridículo proyecto de zanja en la frontera con Perú y Bolivia, esperan generar una situación similar en la bautizada “Macrozona Norte”.

  1. Burocracia y contra-revuelta.

Lo que se esconde detrás de los llamados desde la izquierda a no movilizarse es algo más que una preocupación por el pragmatismo y la acumulación de fuerzas. Es el fantasma de la burocracia que asfixia la potencia de la revuelta desde dentro. La izquierda partidista es incapaz de relacionarse con el movimiento de revuelta —aun cuando este existe sólo como una potencialidad—, si no es a través de un intento por conducirla, por socavar sus elementos más radicales y restituir el orden institucional. Su práctica reaccionaria no es casualidad, sino que es coherente con una comprensión mecanicista de la transformación social: como un proceso predefinido, ordenado, gradualista y dirigido por profesionales. Bajo esta lógica, el fracaso de los levantamientos de este siglo se explica por la ausencia de mejores dirigentes, de una “vanguardia” que concientice a la masa ignorante desde fuera, una revalidación izquierdista del mito del “buen salvaje”.            

A esta comprensión simplista se le escapa el carácter necesariamente contradictorio de los levantamientos y, más precisamente, de quiénes se levantan como portadores vivos de esas contradicciones. Las masas se rebelan no porque hayan tomado conciencia de la noche a la mañana, sino porque fuerzas históricas les empujan a hacerlo[6]. Por el contrario a quienes esperan la llegada de un sujeto revolucionario ideal y ya consciente, las luchas de este siglo se han caracterizado por la ausencia de un sujeto revolucionario único: la composición de clase de los disturbios es contradictoria y desborda cualquier conceptualización sociológica. Esto permite que quienes compongan los actuales y futuros estallidos espontáneos de disturbios callejeros, no sean únicamente sectores politizados de izquierda, organizaciones militantes, ni mucho menos los clásicos obreros de fábricas, sino por el contrario, sectores de lo más variado ideológica, racial y socialmente[7]. No dar cuenta de aquello ignora que la construcción colectiva de una sociedad nueva implica un carácter de totalidad que incluye incluso a quienes quisieron excluirse; no es la emancipación de un grupo identitario en particular, sino el de la especie en su conjunto.

Esto supone un problema fundamental en la estrategia adoptada por la izquierda simultáneamente al rechazo de las movilizaciones, en la medida en que esta se basa en la espera paciente por “condiciones materiales favorables”[8], ya que el estudio de estas condiciones materiales se reduce a criterios estadístico-cuantitativos que verifican el apoyo ciudadano[9] y consigo, la legitimidad social requerida para involucrarse o no en la protesta espontánea. Pero estas protestas y el descontento social que las fundamenta no son reducibles a los parámetros por los que se desarrolla la política liberal, por ende, la legitimidad o no de estas, no puede ser acreditada realmente, más que a través de la propia experiencia y el curso contradictorio de la protesta.

Un factor importante es que el apoyo popular de los anteriores ciclos de lucha se construyó precisamente a través de la reanudación de la protesta social en condiciones históricas desfavorables. Estos ejercicios de acción colectiva abren un proceso necesario de reaprendizaje por el que el movimiento de protesta recupera y reinventa formas de lucha y organización. Los cacerolazos, mítines, manifestaciones callejeras y ollas comunes son momentos necesarios por los que la protesta da un salto cualitativo a una revuelta propiamente tal. Es por medio de este proceso simultáneo de lucha y aprendizaje que la consciencia es producida desde el interior del movimiento de revuelta. No como una precondición al levantamiento, sino cómo algo que se va haciendo camino entremedio de este.

“No agli specialisti della rivolta, sì ai rivoltosi della specie” (“No a los especialistas de la revuelta, sí a los revoltosos de la especie”).

b. La construcción del pueblo y la moralidad burguesa.

Junto a la supuesta posición pragmática de parte de la izquierda, —cuyo planteamiento resulta más elaborado en comparación— se suma una serie de discursos individualistas que han alcanzado cierta viralidad en redes sociales. Desde el ya típico “disfruten lo votado”, a consignas que instan a no salir a la calle porque no valdría la pena arriesgarse para defender los derechos de un “pueblo” que aparentemente se inclinó hacia la derecha. La posición moralmente superior con las que el discurso progresista se instala esconde una indiferencia con la coyuntura social que es completamente coherente con los llamados desde arriba a la desmovilización y la prudencia. Ambos fundadas en la no afectación personal de las medidas económicas y la autocomprensión de sí mismos como individuos y grupos separados del “pueblo” (o hasta sobre él). ¿Pero cuánto hay de verdad en la supuesta deriva autoritaria del pueblo? ¿Cómo es que el mismo pueblo que salió a la calle en 2019 permitió el triunfó de la ultraderecha?

Hay algo profundamente erróneo en esta comprensión. Si bien, la gente que participó de la revuelta y la que votó a Kast puede o no ser la misma, si es que hay o hubo un “pueblo” como tal, este no es el mismo. O más bien, este ya no existe. Cuando en 2019 se invocaba al “pueblo”, este no era un “pueblo que habría previamente existido, al contrario, es el que previamente faltaba”[10]. El movimiento de revuelta, lo que hacía, era llenar el vacío de un cuerpo social que había sido forzado a desaparecer cómo precondición para la instalación de una nueva fase de acumulación del capital. No es de extrañar que el último ciclo de luchas en Chile estuviera directamente conectado con la memoria del golpe del Estado, en el sentido de que la revuelta actuó en buena medida como una reanudación de las posibilidades de transformación social anuladas con la dictadura[11]. De esta manera, la revuelta producía una nueva forma de cuerpo social, —lo que en ocasiones se denomina pueblo— a partir de este proceso de reconstrucción del tejido comunitario y una superación momentánea de las formas de fragmentación social[12].

Sin embargo, la existencia de este cuerpo social era necesariamente temporal, al estar determinada su duración a la de la revuelta. La insistencia del populismo de izquierda por la categoría ideológica de “pueblo” carece de fundamento posterior a la extinción del levantamiento. El único pueblo como tal, que existe en condiciones distintas a las de la revuelta, es la noción de un pueblo-nación indivisible del Estado, es decir, la de una falsa comunidad dentro de la cual caben tanto explotados y explotadores, burguesía, campesinos y obreros. Una categoría reaccionaria bajo la cual la lucha de clases es extirpada para afirmarse la ficción de una sociedad ideológica y socialmente homogénea[13]. En este sentido, “el populismo —como sostiene Comité Invisible— “no es solamente el síntoma escandaloso de la desaparición del pueblo, es un intento desesperado de conservar lo asustadizo y confundido que queda de él”[14].                                  

2. La protesta como ritual.                         

El plantear una crítica a la desmovilización, no implica una reivindicación acrítica de toda protesta. Al mismo tiempo que vemos un fenómeno desmovilizador por parte del izquierdismo más institucionalizado, en sectores ajenos a este podemos ver una tendencia a ver las movilizaciones, sea marcha o acción directa, como un fin en sí mismo. Para estos, la satisfacción se halla en la propia acción inmediata, en la repetición ritualista de la protesta y la lucha callejera. Cercenando al proyecto emancipatorio de los medios para llevarlo a cabo.

Este componente expresa la otra cara de la desmovilización, una suerte de movilización permanente, que recae, muchas veces en la reivindicación de acciones sin importar el contenido de estas. Ejemplo de ello, podemos verlo en el ciclo post revuelta, dónde cual misa del día domingo, todos los viernes se conglomeraba un grupo de personas a manifestarse en los alrededores de la hoy “Plaza Baquedano”, ex “Plaza Dignidad”, ex “Plaza Italia”. A suerte de intentos infructuoso por replicar artificialmente la euforia y las potencialidades que despertó alguna vez la revuelta.

Esta movilización permanente vacía los espacios de participación de otras índoles, como lo sean organizativas, reflexivas, ideológicas, comunitarias, etc., al crear un sentimiento de “ya cumplí mi parte” por el hecho de marchar o llevar a cabo una acción directa que muchas veces sólo busca satisfacer un deseo individual. Se olvida que la movilización no es la finalidad, sino tan sólo uno de varios medios. Esta espiral autoflagelante de movilización masiva, constante y sin objetivo, arrastra al movimiento de protesta a una guerra de desgaste, donde el movimiento tiene todas la de perder, al ser incapaz de extender la protesta en el largo plazo. La protesta callejera es un primer momento de la revuelta, los siguientes deben necesariamente ir más allá de los rituales de protesta, reinventando formas de acción colectivas más complejas y coordinadas.

Esta fetichización lleva necesariamente hacia una pérdida de su carácter radical, por el que la protesta puede ser expresión de una potencia de transformación social, para en cambio, enaltecer un componente ritualista por el que la protesta se acopla a la rutina diaria. Pierde, por consiguiente, su carácter disruptivo, —a modo de una suspensión del continuo de la vida bajo el neoliberalismo, con el que era capaz de sorprender, interesar e invitar al resto de la población a la participación y multiplicación de los actos que componen la protesta. Los llamados de activistas a manifestarse que surgieron en cuanto asumió el nuevo gobierno o a la repetición de la Revuelta de Octubre tienen mucha relación con este fenómeno, al no comprender las condiciones por las que la revuelta social emerge en antagonismo con la sociedad capitalista, como también, de la forma por la que el carácter contradictorio de la revuelta determinó su fracaso y la manera por el que este ocurrió. Cómo lxs compañerxs de Colapso y Desvió sostienen con anterioridad a nosotrxs:

“La revuelta no fue capaz de manifestar libremente su potencia, no tanto por el enfrentamiento y persecución de las fuerzas represivas o el gradual desviamiento de la protesta hacia tendencias y consignas reformistas e históricamente desgastadas, sino por la incapacidad del movimiento real de superar sus contradicciones interiores y los obstáculos que interrumpen su paso en el exterior”[15].                                                                                                    

En la medida en que se desconozcan los motivos que llevaron a nuestra derrota en 2019, ningún intento de replicación acrítica de la revuelta podrá tener un desenlace distinto al de un burdo fracaso. De ahí que, si existe un rol para las minorías prorevolucionarias en el presente, este sea, en buena parte, el de generar las condiciones para una ruptura al interior de las luchas coyunturales, condiciones que permitan a la protesta social desbordar las formas en las que hoy se expresa.

Esto debe de hacerse no desde el exterior al movimiento de protesta, sino desde su interior, no esperar por condiciones favorables, sino que asistir a generarlas. Los sectores prorevolucionarios deben involucrarse en las formas espontáneas por las que se expresa la lucha de clases en el presente, de una manera distinta a las que han actuado históricamente los viejos vanguardismos y el activismo ciudadanista[16]. Es decir: contribuyendo a un proceso teórico-práctico que haga posible la autoconciencia de los movimientos de protesta acerca de sus contradicciones, sus límites y sus potencialidades.

[Imagen de archivo Octubre 2019, vía Frente Fotográfico].

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Notas.

[1]Flood the zone with shit” (Inundar la zona con mierda), decía la frase textual de Banon.

[2] Esto se ve en un recorte general del 3% a cada ministerio, sin importar cada partida presupuestaria, la cancelación de becas Chile para el extranjero, la limitación de la gratuidad a mayores de 30 años, la persecución hacia deudores del CAE. Todo enmarcado en el “Plan de Reconstrucción Nacional”.

[3] La reducción de impuestos a los más ricos (impuesto a la ganancia del capital) costaría 1.2 Billones de pesos al Estado chileno según predicciones moderadas emanadas, incluso, por diarios de derecha como El Mercurio.

[4] A través de las promesas de indultos a los violadores de dd.hh de la dictadura (presos en Punta Peuco) y a Carabineros y Militares condenados por tortura y homicidio durante la revuelta.

[5] Se empleará el término “espontáneo” en el sentido de que ocurre sin restricciones externas, que se realiza libremente y de manera disruptiva. No lo empleamos para referirnos a un acto automático, sin organización o compulsivo cómo se le suele asociar. La espontaneidad no necesariamente carece de organización, sino de una dirección profesional, ejemplo de aquello son las huelgas salvajes, disturbios y la autoorganización en general. Véase: Endnotes, Espontaneidad, mediación y ruptura, 2013.

[6] “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado”. K. Marx, Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte.

[7] Respecto a la composición de los levantamientos, destaca el protagonismo de una población fuertemente informalizada e inmigrante. Lo que se ha denominado cómo la población excedente del capital, excluido de los circuitos de producción.

[8] Ya sean condiciones favorables para retomar el trabajo electoral, como sucede con la izquierda institucional o para la lucha de clases, para las sectas leninistas.

[9] Esto se expresa en una obsesión en torno a la masividad de la protesta, cómo si este fuera un gran hito democrático per se. Los efectos y causas de la protesta son secundarios frente a la cantidad de participantes en la protesta y consigo, el grado de validez que tiene esta. Sin embargo, ¿de que sirvió una manifestación de más de 1 millón de personas, cuándo no se es capaz de desmantelar el sistema? El éxito y validez de la protesta no puede regirse en base a número de personas en las calles, sino en su contenido y efecto.

[10] Comité Invisible, A nuestros amigos, 2014. p. 46.

[11] De ahí que en el comienzo de la revuelta la consigna de los 30 pesos no haya tardado en actualizarse para incluir la legitimización de la dictadura por medio de los gobiernos de transición. “¡No son 30 pesos, son 30 años!”

[12] Al respecto, nos resulta esclarecedora la comprensión de la noción de pueblo según el Manifiesto de Los Pueblos Quieren: “La revolución destruye el concepto de pueblo creado y solidificado por los relatos nacionales, las ideologías fascistas o el activismo dogmático. Mediante estos llamados a la unidad, los márgenes insurrectos reinventan al pueblo de acuerdo a sus propias realidades”.

[13] Esta ficción de pueblo es la que inspira el ideario fascista y los populismo de izquierda campista.

[14] Comité Invisible, Ahora, 2017. p. 16.

[15] Colapso y Desvió, “18 de octubre: fractura de la relación social capitalista” en Tratado para las juventudes en sublevación, ed. Sapos y Culebras, 2023. p. 55.

[16] Por activismo entendemos una comprensión gradualista y voluntarista de la transformación social, que pone en el centro de esta transformación al trabajo militante de activistas individuales a la cabeza del movimiento. Por tanto, la revolución (o bien la reformación de la sociedad, según quién lo diga) depende de la inteligencia de estos activistas, las correctas decisiones de sus organizaciones y de sus alianzas en frentes únicos con otros activistas. Cómo llegó a sostener Bordiga el “activismo es una enfermedad del movimiento obrero que requiere un tratamiento permanente” (Battaglia Comunista n° 6, 1952).

Autor: colapsoydesvio

ig: https://www.instagram.com/colapsoydesvio/

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